¿El jefe siempre tiene la razón?

En México ha imperado una cultura de liderazgo basada en la subordinación y el sometimiento a las figuras de autoridad: al padre, a la madre, al padrino, al hermano mayor, al director, al jefe y, por supuesto, al presidente de la República. El problema principal de este modelo consiste, hoy, en que se contrapone a los principios y valores más importantes de la democracia.

El régimen que impuso el #PRI por más de 70 años tenía esa característica. Los presidentes —por el simple hecho de serlo— se convertían automáticamente en visionarios, las personas mejor informadas de la Nación, los mejor preparados, los más inteligentes, y hasta los más “admirados” por sus decisiones. A los ojos de sus subordinados, “nunca cometían errores”, aunque todas y todos sabíamos que muchas veces se simulaba.

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“¿Que hora es?” —La que usted diga, jefe. "¿Cómo me fue en la entrevista?” —Extraordinario, Señor. “¿Cómo estuvo mi informe de gobierno?” —Se vio usted como un gran estadista. “¿Que les pareció mi discurso?” —¡Soberbio, impecable, convincente! El pueblo supo elegir muy bien porque, no hay duda, ¡usted es el mejor!

Eran los tiempos del centralismo, el culto casi religioso a la personalidad de los líderes máximos y también del autoritarismo. Los dirigentes eran los jefes de jefes. Los jefazos. Los ínclitos. Los iluminados. Los súper poderosos. Los merecedores indiscutibles de la fotografía oficial atrás de los escritorios de los mandos medios y superiores de la burocracia.

Muchos piensan que con el proceso que apunta hacia una Cuarta Transformación, ese estilo sería cosa del pasado. Pero aún no ha sucedido el cambio anunciado. Nos dicen que ha pasado poco tiempo y que debemos tener paciencia. De acuerdo. Y aunque el modelo de liderazgo #AMLO tiene muchas cosas buenas, lo cierto es que no está exento de problemas y riesgos.

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Es innegable que el proyecto de nación del presidente ha sobresalido por la forma en que se comunica con la sociedad, lo que ha significado un cambio de paradigma. También por la cercanía que tiene con el pueblo. Para muchos analistas nacionales e internacionales el modelo —sin precedente, por cierto— ha sorprendido porque lo ha convertido en uno de los mandatarios mejor evaluados en el mundo. Sin embargo, para otros existen dudas razonables de que el esquema se pueda mantener por mucho tiempo.

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Los argumentos principales del cuestionamiento son: Uno, el presidente no siempre puede marcar agenda todo el tiempo ni saberlo todo, todo el tiempo. Dos, la atención cotidiana sobre su figura impide que las y los integrantes de su gabinete contribuyan a la transparencia y al cumplimiento del #DerechoALaInformación a los que están obligados por ley. Y tres, hay un riesgo real de desgaste por la sobre exposición a la que se está sometiendo.

Las conferencias “mañaneras” son el recurso más poderoso del proyecto comunicacional del gobierno federal y eje principal de la estrategia de imagen del presidente. A casi tres meses de haber iniciado, los resultados son muy positivos. Se han convertido en uno de los instrumentos que han catapultado su imagen tanto a nivel nacional como internacional.

La pregunta ahora es: ¿Por cuánto tiempo mantendrán su eficacia?

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Los buenos resultados en cuanto a imagen y reputación no son excepcionales. Recordemos que desde los tiempos del ex presidente Carlos Salinas, cada mandatario en la transición política de México ha tenido sus momentos “de gloria”. La popularidad les sonrió y tocó a sus puertas, con calificaciones muy altas e incluso por períodos prolongados. Pero el tiempo y la “necia” realidad no les permitió, a ninguno, pasar a la historia como uno de los mejores presidentes del país.

En la lucha por el poder, lo más importante es cumplir con objetivos y metas, independientemente de si las decisiones que toman dejan o no satisfechos a todos. En cada decisión siempre hay afectados e inconformes. En cada acción siempre o casi siempre hay reacciones adversas o daños colaterales, porque no se puede tener la razón todo el tiempo ni quedar siempre bien con todos. Está demostrado que eso es imposible.

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En el trabajo de #ConsultoríaPolítica hemos confirmado que el cliente y el jefe no siempre tienen la razón. Los líderes son seres humanos que actúan orientados por sus emociones y creencias y que, por lo tanto, también se equivocan. No son súper héroes ni personajes “iluminados” por una gracia divina. Las actitudes subordinadas, serviles, sumisas, indecisas y temerosas de decir la verdad por parte de quienes con ellos colaboran son, por tanto, lo que menos les conviene.

Claro que han existido casos excepcionales. Pero se caracterizan por un comportamiento de liderazgo también excepcional. El buen líder es el que sabe escuchar y atender las sugerencias de sus asesores y colaboradores, cuando hay razón y están bien fundamentadas. El que no impone su criterio a costa de lo que sea y pasando por encima de quien sea. El que procura contar con un buen diagnóstico para cada problema o situación que enfrenta y el que cumple las leyes.

El buen líder identifica y lucha contra sus adversarios, más no lo es quien ve como enemigos a todos los que lo cuestionan o critican. En síntesis, el buen líder rectifica cuando es necesario y ofrece una explicación clara y convincente si la realidad cambia el sentido de lo que ha ofrecido. Y lo más importante: el buen líder evita que sus decisiones se confundan con necedad, imposición autoritaria o intransigencia.

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