Opinión

¿Amor o felicidad?

El “amor” en política no significa nada más que un simple recurso retórico. | José Antonio Sosa Plata

  • 14/02/2019
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En años recientes, la palabra “amor” ha incursionado con fuerza en las narrativas y mensajes de algunos personajes políticos. Primero lo utilizó Luiz Inácio Lula da Silva, en su campaña electoral de 2002. Luego Ollanta Humala, en Perú, durante su campaña de 2011. Y después el presidente de Uruguay, José Mujica, entre 2010 y 2015.

¿Cómo olvidar la República Amorosa que nos ofreció el presidente Andrés Manuel López Obrador? ¿Cómo olvidar el consejo que le dieron “sus asesores” en la campaña de 2018 para que evitara caer en provocaciones? ¿O quién se olvida de su propuesta para que en México tengamos una Constitución moral, “sustentada en el amor para alcanzar la verdadera felicidad”?

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Dicen que en la política y el amor, todo se vale. Sin embargo, cuando un personaje político le dice a su pueblo que lo ama, no hay motivos para creerle. Y cuando un ciudadano o ciudadana dice que ama a su presidente, tampoco. Bueno, con seguridad la excepción serían sus familiares más cercanos, como su pareja, sus padres o hijos.

En política, lo que verdaderamente importa son los intereses. Y aunque en las relaciones amorosas existe siempre una constante lucha por el poder, lo cierto es que los parámetros son muy diferentes. Las “leyes del querer” nada tienen que ver con las leyes civiles. A pesar de todo, el “amor” en el espacio público no puede ser interpretado más que como un simple —a veces muy efectivo— recurso retórico.

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Desde tiempos ancestrales, la #ComunicaciónPolítica ha demostrado mayor efectividad cuando apela en forma directa a las emociones y sentimientos. La gestión de estos recursos conceptuales ha demostrado su efectividad para que el mensaje capte la atención de un mayor número de personas, para lograr mejores niveles de empatía con las audiencias y para impulsar un mayor debate en los temas más sensibles para la sociedad.

En cualquier caso, lo importante es tener la capacidad y sensibilidad para administrar su uso. La clave principal del éxito está en no perder la perspectiva de lo que la gente en verdad espera de una relación política: cumplimiento de palabra, transparencia y resultados. La razón es obvia y de la mayor importancia. Si no cumples lo que me prometiste, “el amor acaba”. O bien: “Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor se va por la ventana”.

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Por otra parte, la historia también ha demostrado que la actividad política no puede llevarse en términos prácticos igual que una religión. A pesar de que ambas actividades comparten recursos técnicos y simbólicos en sus procesos de comunicación, no queda duda que siempre han fracasado los intentos de convertir un proyecto político en una religión. La mayoría de las dictaduras así lo han demostrado. Por lo tanto, la “religión civil” es imposible.

La diferencia principal con las democracias modernas está en que los líderes pueden recurrir a los sentimientos de amor y devoción que sin duda se tiene a la Patria. Pero de ahí a pretender que estos conceptos se trasladen a los líderes sería, francamente, un acto absurdo e irracional.

La gente puede amar a Dios o a cualquier otro ser divino, porque le da sentido a su existencia, le transmite paz interior o esperanza. No sucede lo mismo con los personajes políticos. A ellos les expresamos confianza, simpatía, agradecimiento, reconocimiento o aprobación por la labor que realizan. Y todo ello es cuantificable, medible y evaluable. Nada más.

Si de apelar a las emociones se trata, el concepto de “felicidad” representa, entonces, mayores ventajas para su uso en la #ComunicaciónPolítica. Como bien lo señala Martha Delgado, “las medidas del bienestar proveen indicadores globales de la calidad de vida” y, por lo tanto, de la felicidad de las personas. Uno de los mejores ejemplos de los estudios que se han realizado sobre el tema está en el Índice para una Vida Mejor que realiza la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE)

A partir de la pregunta, ¿es la riqueza lo único que importa o deberíamos considerar otros aspectos, como el equilibrio entre el trabajo y nuestra vida privada?, el índice que han propuesto pretende convertirse en una de las mejores aportaciones para el análisis y el desarrollo económico, político y social de las democracias modernas.

En otras palabras, la felicidad —y no el amor— es el concepto que se puede traducir en variables e indicadores concretos desde la perspectiva del diseño y operación de las políticas públicas. El objetivo es conocer la efectividad de las acciones de las instituciones y sus dirigentes, “sobre una base consistente y legítima”, para conocer los niveles de bienestar de la población.

Por lo tanto, ¿qué queremos en México? ¿Una República amorosa o un país en donde la gente viva verdaderamente feliz?

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¿Menos es más?

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