La buena imagen que alcanzó el gobierno del Presidente Peña Nieto durante poco menos de dos años, y que algunos medios de comunicación internacionales llegaron a calificar como el "mexican moment", sufrió una transformación radical a partir de los lamentables acontecimientos de Iguala con la desaparición de 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, así como del escándalo al darse a conocer la famosa "casa blanca" de la esposa de Peña Nieto, esto a finales de 2014.

Desde entonces, los niveles de aprobación de la administración priista se desplomaron y la ciudadanía fue asumiendo una posición cada vez más crítica, que han tratado de atenuar infructuosamente con un incremento exorbitante en la propaganda gubernamental y la campaña "lo bueno casi no se cuenta, pero cuenta mucho" que impulsaron con motivo del IV Informe del Presidente, quien reiteradamente ha pedido que se valoren los logros de su gobierno e, incluso, en la desesperación, ha hecho comentarios sumamente desafortunados.

Ya sé que no aplauden

Cómo olvidar esa frase al término de un evento en el que anunció la designación de Virgilio Andrade como responsable de investigar el conflicto de interés en la compra de la casa blanca; el reclamo a organizaciones sociales por hacer bullying a las instituciones después que María Elena Morera hiciera una severa crítica ante la situación de inseguridad y violencia del país; la afirmación de que la crisis solo existe en la mente de algunos mexicanos, o apenas hace un par de días en que calificó como irracional el enojo social.

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Parece que el Presidente y sus colaboradores no se percataron que la indignación de la sociedad no se reduce tan solo a un asunto de percepción o de imagen y que sus raíces son mucho más profundas, que la fórmula que llevó a Peña Nieto a la presidencia con el apoyo de las televisoras ya no funciona, y que aún y cuando cuentan con un margen importante para influir en los medios de comunicación tradicionales, no se puede controlar a las redes sociales por lo que actualmente es prácticamente imposible ocultar la realidad.

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Se antoja sumamente difícil pretender una opinión positiva de su gobierno cuando los niveles de pobreza y desigualdad han crecido, cuando los muertos y desparecidos se cuentan por miles, cuando todas las calificaciones internacionales relativas a violaciones a derechos humanos, transparencia, justicia, corrupción e impunidad son reprobatorias, cuando buena parte de quienes conforman la clase política se enriquecen sin ningún pudor.

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Cuesta trabajo creer que a pesar de este panorama, el Presidente se muestre convencido de que hay una enorme injusticia o ingratitud al no reconocer los avances de su administración y a la menor provocación haga patente su molestia. Se percibe una gran frustración que probablemente se incrementará conforme se acerque la elección y se vaya quedando cada vez más solo, pues además del rechazo ciudadano, es evidente que Peña Nieto se ha convertido en un pesado lastre para la campaña del partido oficial y la única oportunidad para que su candidato pueda repuntar, pasa necesariamente por deslindarse de él y asumir una posición autocrítica. Habrá que esperar los resultados finales, pero por lo pronto, parece que Peña Nieto vive en una realidad alterna, y siente que no lo comprendemos.

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