Donald Trump llegó al poder queriendo mantenerse alejado del conflicto en Siria, incluso durante su campaña afirmó que permitiría a Rusia tratar con el Estado Islámico o, en todo caso, trabajar con los rusos para eliminar al ISIS. Sin embargo, hoy está totalmente involucrado en la guerra civil siria, cuya consecuencia más reciente fue el ataque al régimen de Bashar al-Assad, orquestado conjuntamente con Gran Bretaña y Francia el 14 de abril, alegando la agresión con armas químicas a población civil siria en Duma, que presuntamente fue realizado por el régimen de Assad del 7 de abril.

Trump acusa a Putin de ataque químico a Siria

La serie de acontecimientos ocurridos durante las últimas semanas muestran la falta de consistencia en la política exterior estadounidense respecto al conflicto sirio; desde la expulsión de 60 diplomáticos rusos de Estados Unidos por el envenenamiento con un agente nervioso de un exespía ruso en territorio británico; pasando por el discurso de la Representante de Estados Unidos en Naciones Unidas sobre mantener a raya a quien use armas químicas; la iniciativa de Trump por retirar las tropas norteamericanas de Siria; hasta el comunicado de la Casa Blanca indicando que el ejército estadounidense permanecerá en territorio sirio.

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Un hecho exógeno a Estados Unidos, pero que constituye un punto medular en la situación actual en Siria, es la reunión del 4 de abril entre Rusia, Irán y Turquía para acelerar el fin del conflicto y facilitar el retorno de los refugiados, que bien pudo percibirse en Washington como una señal de "triunfo" por parte de estos aliados en la zona.

Armas químicas

En este contexto, el ataque a Siria del 14 de abril proporciona elementos para un análisis desde el realismo político más puro. En principio parecería que la acción militar contra Siria forma parte de una estrategia de Occidente que atiende la prohibición internacional sobre el uso de armas químicas. Sin embargo, el hecho demuestra, mediante el uso de la fuerza militar sin un sustento en el derecho internacional, que Washington y sus aliados desean participar en el diseño de una futura paz en Levante y un desafío directo de Trump y sus aliados a la influencia de Putin en Siria y la zona adyacente.

Si bien los ataques químicos están prohibidos por el derecho internacional consuetudinario y por instrumentos como el Protocolo de Ginebra de 1925 y la Convención sobre Armas Químicas enmarcados en la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas, en Siria el uso de agentes químicos forman parte de una táctica utilizada para expulsar a los grupos de resistencia más fuertes de zonas en las que, por sus características físicas e importancia estratégica, resulta imposible implementar tácticas convencionales. Sin embargo, su recurrencia refleja también la ineficacia de la acción militar para disuadir al régimen sirio del uso de armas químicas para terminar el conflicto, como quedó demostrado con el ataque a la base Al Shayrat ordenado por Donald Trump en abril de 2017, lo que lamentablemente hace pensar que el ataque químico del 7 de abril pueda ser el último en el conflicto.  

Distintos intereses

En el asunto sirio se encuentran distintos actores internos a la región como Israel y Arabia Saudita, y externos a ella como Reino Unido y Francia, que pudiesen aprovechar la situación para promover sus intereses.

Por una parte, Theresa May está inmersa en una encrucijada de exigencias internas e internacionales, en la que resaltan un gobierno minoritario en un Reino Unido que se opone al uso de armas químicas y simultáneamente es escéptico de la intervención, y en donde May no ha querido que Francia sea el único aliado de Trump. Para Emmanuel Macron el ataque a Siria es un paso para consolidar el lugar de su país en Europa y el mundo, ahora atribuyéndose el mérito en el establecimiento de la Alianza Internacional contra la Impunidad en el Uso de Armas Químicas que entró en vigor el 23 de enero de 2018.

De Trump podemos decir que es iracundo e impulsivo, pero ha demostrado que ha aprendido paulatinamente su rol de líder internacional. Tras diversas advertencias, la semana pasada Trump declaró que castigaría a Bashar al-Assad militarmente, amenaza que tendría que cumplir o de lo contrario le habría costado credibilidad especialmente ante Rusia. A diferencia del bombardeo a la base militar de Al Shayrat en 2017, en la que actuó solo, en Duma encontró aliados en el Reino Unido y Francia, además de la incondicional Arabia Saudita, para dar a sus acciones un aire de "legalidad" internacional, aunque a la fecha no se ha referido ningún instrumento legal, incluyendo la Alianza propuesta por Macron que hoy cuenta con 35 países, incluidos Francia, Reino Unido y Estados Unidos. 

Ahora que Trump está nuevamente comprometido militarmente en la zona y tras el rechazo del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a la solicitud rusa para condenar el último bombardeo a Siria, los ataques solo pueden ser el medio para presionar a Putin a aceptar negociaciones serias sobre la transición política en Siria.

Las repercusiones inmediatas del ataque de Trump y sus aliados a Siria están dando inicio a una nueva etapa en el conflicto, que deja sin plazo la retirada de Trump, pues ahora demanda una campaña sostenida en la que lamentablemente la acción militar podría ser la constante en una estrategia política más amplia y de largo plazo. En esta nueva etapa, la complejidad de la crisis siria se enmarca en una lucha regional más extensa, en donde Rusia y Occidente están redefiniendo sus zonas de influencia, y cuyas expectativas de solución siguen estando aún sombrías.

Otra vez la militarización 

@alifur1 | @OpinionLSR | @lasillarota



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