Opinión

Groenlandia: la estrella fugaz

Si Trump quiere explotar los recursos de Groenlandia tendrá que hacerlo a través de tratados internacionales con el gobierno de este país y Dinamarca. | Alicia Fuentes

  • 20/08/2019
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La semana pasada, en varios medios de comunicación se difundió el comentario de Donald Trump sobre comprar Groenlandia, y aunque parezca una broma digna de burlas, la idea de adquirir la isla más grande del mundo no es tan absurda si se toma en cuenta el contexto estadounidense en dos sentidos: la urgente necesidad de controlar valiosos recursos geoestratégicos y la tensión comercial con China.

A simple vista, pareciera que Trump se sacó el comentario de la manga; sin embargo, recordemos que el proyecto para extraer petróleo y gas del Ártico por parte de la administración Trump arrancó en abril de 2018, mes en el que se redactó la primera evaluación ambiental en la Llanura Costera del Ártico ubicada en Alaska. Es cierto, el lector dirá: pero la porción del Ártico en Alaska es parte de Estados Unidos ¿qué tiene que ver con Groenlandia?

Por su ubicación en el Ártico, se cree que Groenlandia es rica en hierro, plomo, zinc, diamantes, oro, elementos de tierras raras, uranio y petróleo, recursos a los que debido al acelerado derretimiento de hielo provocado por el calentamiento global se podrá tener acceso en las próximas décadas. Pero también, a medida que el hielo retrocede, el Océano Ártico se vuelve cada vez más navegable, lo que hace que la Ruta Marítima del Norte se convierta en un atajo y una alternativa al canal de Suez para el intercambio comercial entre Asia y Europa.

En este contexto, toda la región del Ártico es cada vez más estratégica en el mundo. No en vano la soberanía sobre la navegación y algunas islas, aún bajo el hielo, ya son motivo de discordancia entre Canadá y Dinamarca. Incluso, el territorio de Groenlandia históricamente ha sido de suma importancia para cuestiones militares y de inteligencia, de ahí que durante la Segunda Guerra Mundial Estados Unidos estableciera la Base Aérea de Thule, en coordinación con la OTAN y con el consentimiento de Dinamarca, pues esta última mantiene la soberanía sobre la totalidad de Groenlandia a pesar de que la isla tiene una considerable autonomía política.

No cabe duda de que el cambio climático ha convertido a Groenlandia en un actor emergente para los intereses extranjeros occidentales y de China, quien no ha perdido tiempo en lo que ya es una revolución en las industrias extractivas. Por ejemplo, en el proyecto Kvanefjeld con el que se extrae, procesa y comercializa uranio y tierras raras, China tiene una participación del 12.5%; una empresa de Hong Kong posee los derechos mineros de un depósito de hierro en Isua; en el aérea de combustibles fósiles, China ya se beneficia de los contratos de las empresas rusas Novatek y Yamal LNG, así como dos empresas petroleras chinas ya levantaron la mano para explotar bloques de petróleo y gas en el oeste de Groenlandia, cuyas consultas se realizarán en 2021.

Por otra parte, China ya tiene puesto el ojo en todo el Ártico, de hecho el Océano Ártico figura como una de las tres rutas comerciales en la “Visión para la Cooperación Marítima” en el proyecto de la Ruta de la Seda; además, el coloso asiático está expandiendo rápidamente su colaboración con los países escandinavos, por ejemplo, con Islandia alcanzó un acuerdo de libre comercio en 2014 y con Noruega está en pláticas, mientras que con Finlandia negocia el establecimiento de un centro de investigación conjunto del Ártico y la instalación de un cable submarino de telecomunicaciones. Es importante destacar que todos los intereses económicos y políticos de los países árticos y no árticos, son puestos en la mesa del Consejo del Ártico cuya importancia seguramente se expandirá en los próximos años. Pero mientras China se ha vinculado abiertamente en este foro internacional del que es miembro observador desde 2013, la administración Trump ha complicado el trabajo del Consejo del Ártico con su constante negación al cambio climático, tema en torno al cual gira la mayor parte de la labor del Consejo.

Dado su riqueza en recursos de todo tipo, su potencial estratégico, al avance de China y al pretexto de que ya hay presencia militar estadounidense, no es extraño que Donald Trump piense en adquirir Groenlandia. Pero tristemente para el empresario de la Casa Blanca una transacción comercial por la isla es prácticamente imposible en términos legales y políticos.

El impedimento legal más importante es el principio de que los pueblos y naciones tienen derecho a la libre determinación conforme a la Carta de las Naciones Unidas, y que la misma Corte Internacional de Justicia reconoce como parte del derecho internacional. La autodeterminación de los pueblos complica las prácticas de antaño como el intercambio de territorios poblados entre Estados, como las ofertas que los estadounidenses hicieron a Dinamarca para comprar Groenlandia en las décadas de 1860 y 1940, por cierto, sin ningún éxito. La Ley de Autonomía de Groenlandia de 2009 reconoce que “el pueblo de Groenlandia es un pueblo de conformidad con el derecho internacional con derecho a la libre determinación” y le concede control sobre muchas actividades al gobierno local, entre ellas los asuntos exteriores, establece requisitos de consulta para cualquier acuerdo internacional que Dinamarca desee realizar que involucre a Groenlandia y dispone de un proceso para su independencia.

Aún si Estados Unidos no reconoce el derecho a la autodeterminación del pueblo de Groenlandia y la testarudez de Donald Trump lo hace insistir en comprarla, políticamente es inviable para los groelandeses, tal como lo dejó claro el Ministerio de Relaciones Exteriores de Groenlandia vía tweet. En todo caso, si Trump quiere explotar los recursos de Groenlandia tendrá que hacerlo a través de tratados internacionales con Dinamarca y con el gobierno de Groenlandia, o bien podría persuadir a Groenlandia de buscar su independencia y posteriormente establecer un vínculo más formal con la isla, como en el caso del territorio no incorporado de Puerto Rico.

Lamentablemente, el mismo Trump ha sepultado cualquier posibilidad de que la gente de Groenlandia analice ser parte de Estados Unidos, pues sus políticas, ideas y negaciones no encajan con las necesidades y desafíos que enfrenta hoy en día Groenlandia, siendo el más apremiante el cambio climático, pero también está el precedente que dejó Donald Trump con la poca ayuda que su administración brindó a Puerto Rico después de que el huracán María azotara la isla boricua en 2017.

La idea de comprar Groenlandia, si bien en principio responde a su gran riqueza en recursos y capacidades estratégicas, obedece más a la obsesión de Trump de pasar a la historia como el presidente de Estados Unidos que le dio a la bandera de su país una estrella más, pero en el caso de Groenlandia es posible que sólo sea una estrella fugaz en el firmamento del gran ego de Donald Trump.