Opinión

Una madre en fuga

Una relación desesperada y lúdica entre una adulta que carece de las herramientas emocionales para serlo y una niña obligada a maternarla. | María Teresa Priego

  • 25/09/2018
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El desamparo. Los senderos de una autodestrucción que la protagonista no logra contener. Una madre joven que vive en estado de fuga permanente, encarnada por la actriz Marion Cotillard. Su hija Elli tiene ocho años. Viven juntas en una ciudad frente al mar. La niña adora a su madre y la madre ama a su hija, a como puede. Una relación desesperada y lúdica entre una adulta que carece de las herramientas emocionales para serlo y una niña obligada a maternarla. Y a maternarse. Tan desamparadas la una como la otra. Tan solas la una como la otra. Cara de ángel, (Gueule d'ange), es el primer largometraje de Vanessa Filho, seleccionado en la categoría Un certain regard en el Festival de Cannes e incluido en El tour de cine francés en México.

Hay una primera ausencia que tiene que ver con el alcoholismo de la madre, con su dolor profundo, con su desarraigo. Un desamor originario que Marlene arrastra cuando abraza a su hija, cuando olvida cocinar, cuando frecuenta los centros nocturnos, cuando hace fracasar su matrimonio el día mismo de la boda porque se olvida del amor y de las promesas y del novio, y se desliza hacia un cuarto del salón de fiestas a vivir un romance de minutos con un invitado. El marido tan reciente irrumpe en la escena. La niña y su madre vuelven a su departamento. El abismo.

Solas de nuevo. Sin nada sino el abrazo de Elli para intentar contener el extravío de Marlene. La pequeña silenciosa. La pequeña colocada -como tantos hijos de la angustia y el desasosiego- en el lugar de la "salvadora". La que quiere jugar para que su madre se libere de las brumas, cantar para que la mire, acariciarla para llamarla a la vida. Vanessa Filho explicó en una entrevista: "A través de esta relación peculiar entre madre e hija, quería expresar los sentimientos que unen o separan a mis dos protagonistas, su desdicha, su forma de enfrentarse al mundo, sin puntos de referencia, sin nada a lo que aferrarse, las armas que no poseen y que deben inventar, burdamente, hasta llegar a la dependencia y la adicción".

Una noche la madre va a un centro nocturno con su hija y sus amigas. Conoce a un hombre. Sube a su hija a un taxi y la envía a su casa sola en la madrugada. La madre desaparece. Por días y días. Apenas un mensaje en la contestadora del teléfono: todo está bien, ya regresará. Antes entendimos que madre e hija esquivan a la trabajadora social a la que llaman "la policía de los niños". Si la primera parte de la película se trata -sobre todo- del extravío que habita a la madre, su depresión, sus arranques de euforia, la segunda es el descenso de la niña hacia la tierra de nadie. Ayline Akroy-Etaix es un prodigio en su papel de Elli. Una revelación. La pequeña asiste a la escuela. Padece hambre. Escucha una y otra vez el mensaje de voz de Marlene. Se rocía su perfume y se abraza a sí misma en el olor de su madre.

Una pequeña transformada en vagabunda. Soñadora, inteligente, sensible. Una pequeña con una riqueza interior que la sostiene. Y el alcohol. Los sorbos en la casa. Los sorbos robados a las copas en las mesas vacías de las terrazas. La botella de perfume de la madre. Beberse el olor de la madre. Conoce a un hombre que se llama Julio y lo elige como su padre. Lo persigue. Intenta instalarse en su carromato del que él la expulsa. Hay dos momentos muy perturbadores en la historia de esta niña que no tiene manera de entender que es ser niña y qué es ser adulta: cuando baila bajo las luces de colores de la discoteca y cuando le dice a Julio: "te hice de cenar". Son segundos. La fugacidad de una amenaza que se insinúa, pero en la que la directora elige no detenerse. La amenaza no gana.

Elli pierde la esperanza de que su madre regrese. Está aterrada y furiosa. Julio era clavadista. Admirador de los artistas de la quebrada de Acapulco. Un día tiene que renunciar por un problema cardiaco. Si salta una vez más "le estallaría el corazón". Y sin embargo, salta en la casi escena final y rescata a Elli de las aguas. La madre ya está allí, pero la niña no lo sabe. La mira saltar. He leído opiniones que critican la irrealidad de esa y otras escenas. ¿Cómo sobrevivió sola tantos días? ¿cómo nadie se dio cuenta de su abandono? ¿por qué nadie intervino? Siento en este contexto que la irrealidad no importa.

Son los días del soliloquio y del abandono. Esos en los que una personita intenta echar mano -para sobrevivir- de todas las reservas de amor acumuladas en su vida. Y en la realidad así sucede. Tantas veces. Más allá de la anécdota.

La escena final bien puede ser una metáfora. Un tercero salva a la niña de ese caos que es el mar. En francés, mar (mer) y madre (mère) se pronuncian de la misma manera. Un tercero irrumpe en la relación madre-hija, y salva a la niña. Hay una ruptura. Un corte. Una esperanza. La madre camina -desesperada- con su hija rescatada en brazos. ¿Será posible el amor esta vez? Sabemos ya que el corazón de Julio no estalló cuando su cuerpo chocó contra las olas. Hay tanto de terrible y de final casi de cuento de hadas en esta última secuencia. Vanessa Filho dice: "toda la humanidad que caracteriza a Marion (Cotillard) en la vida la puso al servicio de su actuación, convirtió a Marlene en un ser increíblemente conmovedor". Sí. Una entiende su fuga. Una entiende su desapego. Una entiende su intenso y contrariado anhelo de amar. ¿Cómo aprender lo que no le enseñaron?

Si pueden, no se la pierdan Cara de ángel

La escritora Irène Némirovsky y su madre

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