Opinión

La escritora Irène Némirovsky y su madre

Como tantas veces sucede entre madre e hija en la realidad, esa madre consideraba que la única mujer posible, era ella. | María Teresa Priego

  • 18/09/2018
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Una madre implacable. La que consideró que el universo era demasiado angosto para que dos femineidades cohabitaran: la de su hija y la suya. Una hija que escribió de ella: su desamor, su frialdad, su egocentrismo, su vanidad excesiva. La impostura de ese vínculo con una madre que nunca deseó serlo y por complacer a su esposo aceptó embarazarse. Fanny Némirovsky tenía horror de envejecer, que su hija dejara de ser niña era para ella el señalamiento continuo de su edad. Trató de infantilizarla lo más posible: en su casa no había espacio para dos mujeres. Como en los cuentos de la "terrible madrastra", como tantas veces sucede entre madre e hija en la realidad, esa madre consideraba que la única mujer posible, era ella. La madre de la que Némirovsky escribe en El enemigo, en Jezabel y en El baile.


Mientras la escritora (judía) y su familia huían de los nazis, mientras ella y su esposo eran detenidos en Francia y deportados al centro de exterminio de Auschwitz, la millonaria madre de Irène tomaba el sol en la Costa Azul. Con protección del gobierno colaboracionista de Vichy, ¿de qué otra manera podría haber sucedido? Se hacía pasar por una refugiada letona. Anfitriona en un mundo en el que su inmensa fortuna le permitió atravesar la guerra. A ella. No a su hija y no a su yerno. Némirovsky (nacida en 1903 en Kiev), murió en Auschwitz en 1942. Su esposo Michel Epstein se quedó con sus dos hijas Denise y Elizabeth hasta que él también fue detenido y deportado. Las niñas sobrevivieron con nombres falsos en un internado de religiosas católicas.

Las niñas conservaron objetos de sus padres en un pequeño baúl, entre ellos, un cuaderno con las iniciales de su madre. Ese cuaderno era el manuscrito de La suite francesa, la fascinante novela inconclusa de Némirovsky, publicada en Francia en el año 2004 y llevada al cine por Saúl Dibb. La que sesenta año después regresó a su lugar de honor a una escritora que estaba casi olvidada. Es muy impresionante el prólogo de Myriam Anissimov a la novela de Irène Némirovsky. Cuenta fragmentos de su historia y de la de sus hijas. Ambas acudían a los centros de acogida de los deportados, ¿quizá su madre y su padre regresarían?


Myriam escribe: "Tras haber perdido la esperanza de ver regresar a sus padres después de la guerra, buscaron la ayuda de su abuela, que había pasado aquellos años en Niza rodeada de las mayores comodidades. Pero ésta se negó a abrirles la puerta y desde el otro lado les gritó que si sus padres habían muerto debían dirigirse a un orfanato. Murió a la edad de 102 años en su gran piso de la avenida Président- Wilson". Casi imposible de creer. Fanny Némirovsky tan idéntica a ella misma de principio a fin. Aún ante la deportación de su hija. Aún ante su muerte en circunstancias brutales.


En su novela breve El baile, narra la historia de los Kampf, una familia de judíos con una gran fortuna que llega a vivir a París y decide ofrecer una fiesta para doscientas personas. El gran sueño sobre todo de la madre: pertenecer a la "alta sociedad" en su país de acogida. Es muy cruel con su hija. Su rechazo la coloca en un estado de insuficienia permanente. La hija la mira ir y venir, organizar. Cubrirse de joyas. A ella, a pesar de sus ya 14 años le prohibe asistir a su baile.

En una narración cruel y exquisita Irène nos deja ver la desesperación de la protagonista cuando el tiempo pasa y los invitados no llegan. Como si los sueños de pertenencia se derribaran sobre la cabeza de la madre como un inmenso candelabro. El reloj de la casa. El reloj de la iglesia. El timbre que no suena. No llega nadie. La persona encargada de repartir las invitaciones le pidió a la hija que lo hiciera. La hija se limitó a deshacerse de ellas: hizo cachitos los sobres y los arrojó al Sena. Al parecer se quedó un rato a contemplarlos flotar.


Al final, la madre desata su furia contra los "indeseables" que no asistieron. La niña se acerca con su airecito compungido e ingenuo. La madre cruel por unos minutos baja las armas. Se siente humillada. Sola. "So´lo te tengo a ti, mi pobre nin~a... Estrecho´ a Antoinette entre sus brazos. Como la nin~a pego´ el rostro mudo contra las perlas, su madre no la vio sonrei´r. Dijo:

—Eres una buena hija, Antoinette...

Fue un segundo, un destello inaprensible mientras se cruzaban «en el camino de la vida»; una iba a llegar, y la otra a hundirse en la sombra. Pero ellas no lo sabi´an. Sin embargo, Antoinette repitio´ bajito:

—Pobre mama´.

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