Salvando al Godín de haberse atragantado las uvas en vano

Apenas van 5 días del 2019, y por todos lados se lee: "Año Nuevo, Vida Nueva", "Una meta para cada día del año", "365 oportunidades", y cuántas más se les puedan ocurrir. No sólo eso, también ya empezaron a salir los propósitos de año nuevo de la gente, y no nos hagamos patos, que todos empezamos con al menos un propósito cada año. Ya si es el mismo propósito que llevamos arrastrando los últimos años, o no, es cosa de cada quién, y algo hay ahí de por qué no lo hemos podido lograr.

Bueno ¿y de quién es la culpa de empezar el año con propósitos para cumplir en 52 semanas? En ese caso, tenemos que hablar seriamente con los Babilonios de hace 4,000 años. Celebraran el año nuevo en marzo haciéndole promesas a los dioses para que les fuera bien el año entrante. Y la tradición pasó a celebrarse en enero cuando, en 1582, el papa Gregorio XIII dijo que no, que en marzo siempre no, que en enero empezaba el año.

Después de este breviario cultural, tomemos nuestra lista de propósitos de año nuevo, los que sean (salud, dinero, amor, trabajo, qué se yo). Y revisémosla... Ya, de cuates. ¿Qué tan seguros estamos de poder cumplir TODO lo que nos propusimos? ¿Seguros? Bueno, vamos a hacer como que nos creemos. Ahora bien, ¿ya sabemos cómo le vamos a hacer para cumplirlo? ¿A verdad? Aquí ya no estamos tan seguros. ¿Y por qué será? Tal vez, porque llevamos varios años con los mismos propósitos y no los hemos logrado del todo. Sí claro, empieza enero y le damos con todo, pero luego empieza febrero y ahí va masomenos, y entonces llega marzo y de los propósitos, ni quién se acuerde.

Pongámonos nuestros guantes de látex y bata de laboratorio, y empecemos a diseccionar esos propósitos que tanto se nos han resistido. (A los que sí los cumplen y cada año tienen propósitos nuevos, felicidades, pueden seguir leyendo sin molestar a sus compañeros)

Son muy ambiciosos y poco realistas

Nos ponemos la meta, sí, pero no sabemos ni cómo, ni cuánto, ni dónde, ni nada. Nomás la tenemos ahí porque ni modo de atragantarnos 12 uvas a lo bestia, ¿no?

Entonces, queremos bajar de peso, pero ¿cuántos kilos? ¿En cuánto tiempo? ¿Vamos a ir a rebanarnos el extra del recalentado o cómo? También queremos llegar temprano a la oficina, ¿tenemos que sacrificar los 10 o 15 minutos más de sueño? ¿Vamos a dormirnos temprano en lugar de ver series? O, queremos ahorrar, pero ¿cómo están nuestras finanzas? ¿Cuánto podemos o queremos ahorrar? ¿Tengo que sacrificar mi cafecito diario?

Pero las metas ahí están. Sí, claaaaaaaaaaaro.

No tienen un por qué claro

(Prepárense una tacita de té, una chela o pastito vacilador, cada quién lo que más le guste)

Es momento de reflexionar un poco. ¿Por qué quiero bajar de peso? ¿Para tener un cuerpatzo y ser la envidia de mis ex? ¿Para poder abrir las tapas de los frascos sin pedir ayuda? O, ¿por qué quiero ahorrar? ¿Para irme de viaje o pagar una deuda? ¿Para invertir y tener más dinero?

Tómense el tiempo necesario, y no importa si empiezan sus propósitos hasta febrero. Es importante tener claro el por qué queremos hacer algo, eso facilita mucho las cosas más adelante, porque nuestro cerebro al estar consciente que es algo que realmente queremos, pone mucho menos resistencia a las tareas difíciles (adiós taco de carnitas, hola ensalada).

Queremos lograrlos todos a la vez, de la noche a la mañana

Y es ahí donde la puerca torció el rabo.

A ver, (honestidad, ante todo). Levante la mano quién, después de haber tomado muchas decisiones en el día (no contestarle feo al jefe en la junta, ayudarle a los niños con su tarea, decirle al novio o novia que dónde quiere comer y terminar decidiendo uno, etcétera), todavía tiene la energía mental necesaria para seguir tomando decisiones como ¿ir al gym o a descansar?

¡Exacto! Na-die (dije nadie, bajen las manos ustedes los de atrás).

Todos los días nos estresamos, y es algo muy natural de la vida y de nuestro día a día. Pero, si sometemos a nuestro cerebro a más estrés del que estamos acostumbrados, disminuye nuestra energía mental y con ella, nuestra fuerza de voluntad para tomar decisiones, entre ellas, las que involucran a nuestros propósitos de año nuevo, porque (ver el punto 1) no vamos a bajar 20 kilos de recalentado en una semana. Y tampoco vamos a dejar de fumar 1 cajetilla de hoy para mañana. Y mucho menos vamos a sacrificar esos 15 minutos más de sueño por llegar temprano a la oficina.

Y que conste que no lo digo yo, lo dice la ciencia (lo del cerebro y las decisiones, aclaro).

Pasos de bebé para lograr al menos uno

Ya diseccionamos el por qué no hemos logrado nuestros propósitos, y poco a poco vamos viendo la luz para no quedarnos en el alto porcentaje (92% aprox) de gente que no cumple y se queda con una tonelada de culpa y sigue reciclando los pronósticos año con año.

Sí, hay que tener objetivos realistas. No sólo querer bajar de peso, si no, cuánto queremos bajar y para cuándo. También hay que tener claro el por qué. Queremos bajar de peso para lucirnos en la playa y comer garnachas sin culpa. Y no hay que querer hacer todo a la vez, tenemos que tener claras nuestras limitaciones y trabajar desde ahí. Tal vez no podamos ir al gimnasio todos los días, pero podemos restringir la comida chatarra a los fines de semana.

Y el último paso, es de los más importantes: el cómo lo vamos a hacer. Muchas veces estamos tan concentrados en no perder la meta final de vista, que olvidamos el camino que tenemos que seguir para lograrla. Y es ese mismo camino el que nos va a mantener motivados, aunque no veamos resultados de la noche a la mañana, lo importante es continuar con el proceso hasta lograr ver resultados, tal vez no los finales, pero algo es algo.

Como dice el buen Denzel Washington en la película de El Justiciero (2014): "Progreso, no perfección".

Salvando al Godín del Fin del Mundo

@Ancoren | @OpinionLSR | @lasillarota





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