Opinión

¿Qué es el conservadurismo en México actualmente?

El conservadurismo está siendo replanteando, ya no como una opción ideológica, sino como una antítesis de lo que propone el presidente. | Paris Padilla*

  • 09/06/2019
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De un tiempo para acá, el calificativo “conservador” se ha puesto de moda en la opinión pública, en buena medida porque reiteradamente el presidente lo utiliza para referirse a sus adversarios políticos. Pero ¿A quiénes o a qué se hace referencia cuando se habla de los “conservadores”? ¿Pueden los adversarios políticos del presidente circunscribirse a una corriente ideológica o un grupo específico? En todo caso ¿Qué es “el conservadurismo”?

Creo que todo aquel que esté interesado en la política de nuestro país se debería detener primero a hacerse semejantes cuestionamientos a profundidad antes de lanzarse a cazar brujas.

A mi parecer, en la actualidad el conservadurismo en México no es un grupo delineado de gente o una ideología política claramente asumida, sino todo lo que no quiere representar Andrés Manuel López Obrador. Es decir, más que un sector específico o un grupo de ideales, el término conservador es una valoración que discursivamente se está tratando de configurar en el ideario mexicano desde arriba.

En pocas palabras, el consenso teórico es que ser conservador significa defender el orden establecido, la libertad individual sobre el colectivismo, las jerarquías y la tradición. En México esto tiene sus bemoles y se debe al propio desarrollo histórico del país, particularmente a la lucha entre liberales y conservadores de mediados del siglo XIX, cuyo resultado ocasionó que, a diferencia de, por ejemplo, los Estados Unidos, asumirse como conservador se volviera inclinarse por un proyecto de nación que se convirtió en “lo que queríamos dejar atrás”, en oponerse a los liberales vencedores, ser “mocho” o “cangrejo”.

Antes de que el conservadurismo quedara sepultado por la historia mexicana, los conservadores se habían asumido como un grupo que buscaba erigir un gobierno basado en la herencia colonial y en la tradición, lo cual encontró su cauce en la defensa de los privilegios de la iglesia católica. Su adherencia no se hacía tímidamente: Había un partido conservador, periódicos e ideólogos que se asumían como conservadores y caudillos perfectamente ubicables dentro de esta corriente. Tenían preferencia hacia la monarquía como forma de gobierno y en lo económico defendían la gran propiedad, algo soportado por el hecho de que los mismos miembros de las familias más ricas coqueteaban con el conservadurismo. Todavía no había aparecido un verdadero debate en cuanto a qué hacer con los pobres, pero podría apreciarse que los conservadores querían mantener y encauzar una especie de estructura de vasallaje remanente de la colonia.

El conservadurismo era, pues, una corriente específica y aceptada como tal, pero en la última presidencia de Santa Anna comenzó a derivar en expresiones descaradas de opulencia, ceremonialismo, derroche y corrupción, mismas que apuntaban a la acuñación de la idea de que a la élite, por el mero hecho de haber nacido privilegiada o haberse congraciado con el poder, se le podía permitir todo. Esto fue criticado por los opositores al régimen en aquel entonces, en su mayoría liberales, sin embargo, fue la derrota por las armas, primero a finales de 1860 con la culminación de la guerra de reforma y luego en 1867 con la caída del Imperio de Maximiliano de Habsburgo, lo que hizo a los conservadores agachar la cabeza y mantenerla así en las épocas venideras.

No por lo anterior dejó de existir una corriente política impregnada de religión en todos estos años, sin embargo, con el paso del tiempo, ha sido evidente el peso de la derrota en la época de reforma y el papel de “retrógradas” que la historia oficial les adjudicó a los adversarios de los liberales decimonónicos para que el calificativo “conservador” no sea hoy en día tan apropiado. Con excepción de algunas apariciones notorias como la creación del Partido Católico Nacional a principios del siglo XX, el levantamiento cristero y el surgimiento de los Camisas Doradas, la derecha ha sido tímida ideológicamente y ha preferido presentarse más como defensora de la democracia y la libre empresa.

Pero el conservadurismo siempre ha estado presente en México y en la actualidad está siendo replanteando, ya no como una opción ideológica, sino como una antítesis de lo que propone el presidente, quien cuando alude al conservadurismo parece referirse precisamente a la solapa de la pomposidad, el ceremonialismo, el elitismo de clase, la corrupción y el derroche del periodo santanista; como si hubiera habido cierta continuidad, herencia o eco del pasado que en los sexenios anteriores se hubiera apoderado de la vida política e hiciera falta volver a desterrar.

En ese sentido, el conservadurismo comprendería actualmente lo contrario a la integridad, a la austeridad republicana y a la igualdad de clase, y no un grupo ideológico que se asume como tal, pues aunque de vez en cuando se dejan ver abiertamente algunos prejuicios de clase por parte de “juniors”, “ladies” o “lords”, estos obedecen más bien a la imprudencia o la ignorancia que a la aceptación pública de una ideología apoyada en el derecho de nacimiento o la cercanía con el poder.

Es en cierta medida el trasfondo de lo que actualmente significa el conservadurismo la razón de que en México la derecha como opositora parezca estar difuminada y no consiga posicionar un proyecto claro y creíble de nación, pues primero tendrán que demostrar que ellos no enarbolan aquellos antivalores santanistas, es decir, que ellos no son esos conservadores a los que se refiere el presidente.

*Paris Padilla

Autor del libro “El Sueño de una Generación: una historia de negocios en torno a la construcción del primer ferrocarril en México, 1857-1876”. Es especialista en Historia Económica por la UNAM y Maestro en Historia Moderna y Contemporánea por el Instituto Mora. Es asesor político y de instituciones de gobierno y ha colaborado en medios como revista Bicentenario y Huffington Post, entre otros.

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