Opinión

Perseguir la noche

El último tomo de la trilogía del dolor y la nostalgia escrita por Rafael Pérez Gay. | María Teresa Priego

  • 02/04/2019
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“Los enfermos de cáncer confunden el tratamiento con la enfermedad. No fui la excepción… hay un momento en que el enfermo con dolor considera con absoluta seriedad que ha perdido la razón”, Rafael Pérez Gay.

Perseguir la noche es el último tomo de la trilogía del dolor y la nostalgia escrita por Rafael Pérez Gay. La trilogía de los túneles, las oscuridades, las pérdidas. Su homenaje al amor, a la infancia, a la adolescencia, a la familia de los orígenes. A los espacios extraviados. Al léxico familiar. Nos acompañan los muertos, El cerebro de mi hermano y Perseguir la noche. Leo el último. Reencuentro las pasiones de Rafa: esa mezcla de los tiempos. El hombre del presente acercándose a las esquinas que doblan los personajes del pasado. La memoria de los espacios. La literatura. La erudición de Rafael. Su sentido del humor oscuro que hace que lo que le duele, nos duela más. Su familia disparatada y entrañable. Casi siento que conocí, sobre todo, a su mamá. Nos daba por llenar ceniceros juntas.

¿Quién persigue a quién entre la noche y él? Depende de las páginas. Sucedió hace diez años. Rafa de golpe, dejó de fumar. Estaba enfermo, tuvo que hacerlo. Nos describe una noche como todas: el ruido del videojuego del su hijo, el examen de su hija al día siguiente. Delia, su compañera, leía a Tabucchi. La cotidianidad. Esa noche, nos dice, orinó sangre. El miedo. Pero no le duele nada. Aún no. El médico. El consultorio en Las Lomas es un viaje al pasado, no al siglo XIX como en las calles del centro, sino a su infancia. Rafael declara su odio remoto y rotundo a esa colonia a la que acompañaba a su madre para visitar a su hermana.

Mis fragmentos preferidos en la escritura de Rafael son esos en los que habla de su familia durante su infancia. Me conmuevo y a veces, me río, una se pregunta, ¿cómo puedo reírme? Porque él escribe así. La madre visitaba a la hermana quien le recomendaba cada vez que dejara al padre. El niño escuchaba. Jugaba con su primo. Era divertido. También heredaba la ropa de ese primo, porque su familia vivía de una desventura económica a la otra narrada por Rafael en sus tres libros de una manera dramático-hilarante. En medio se nos atraviesan los amores (también) desventurados de don Ignacio Manuel Altamirano: Adelaida Ristori lo ignora. Casi diría que pobrecito, si no fuera porque él a su vez ignoraba a su esposa. La cadenita del ignoradero, que le dicen. Rafa recrea la desgracia de sus otros literarios: la humillación del pobre Altamirano que murió en San Remo. Solitico. Le gustan las realidades improbables, las ironías de la vida, una cierta maledicencia cultivada.

La ciudad. Rafael y sus errancias. Un flâneur a la manera de Benjamin. Atontar el dolor físico del tratamiento para curar el cáncer. La ciudad antigua. Las emociones antiguas. Esa casa que debería estar en esa esquina y ya no está. Sentir miedo y deslizarse en una anécdota inimaginable: “Los políticos, los masones, los periodistas, los amigos de Zarco que vieron descender el ataúd a la fosa en el panteón de San Fernando sólo vieron un cajón vacío”. Su amigo Felipe Sánchez Solís tuvo a bien embalsamarlo y dejarlo sentadito frente a una mesa, como si estuviera escribiendo, para llegar y sentarse frente a él a acompañarlo. ¿No es dulce? Seis meses después entregó el cuerpo de su amigo.

Un alma en pena, (imagino que esa es una de esas frases que circulaba por la sala de la casa de los Pérez Gay), que nos narra su pena y las penas de los otros, los escritores muertos. Sus excesos. En la familia Pérez Gay crecieron dos escritores: Rafael y Chema. Apenas ahora en Perseguir la noche, se me ocurre a qué punto la familia de Rafael amaba las palabras. Las respetaba. Podría hasta escribir: las reverenciaba, cuando leo las frases que marcaron sus vidas. Las que repetían su madre y su padre. Los refranes como desahucio o como mantras. Una especie de relación supersticiosa con las palabras, como si tuvieran poderes en ellas mismas.

Miren, el léxico familiar: “En casa, la mentira tenía la forma de un semanario taurino. Se llamaba El Redondel… Muchos años después conocí el agobio que acechaba a papá los domingos al atardecer. Entonces se reconocía en el espejo y le decía al pleno de la casa: ‘Voy por El Redondel’… Volvía tarde, al borde del primer minuto del lunes… La verdad aciaga de los domingos es un veneno mortal. Pequeño problema: el papá entregaba al resto de la familia a los fantasmas, a la legión y sus acechos mientras él se evadía. Cuando ocurre una evasión, alguien queda preso a cambio de esa libertad”.

Las palabras saltan de debajo de las camas, salen de los armarios y convocan a la felicidad o la desgracia. Digamos que esa familia, a como Rafael la describe, tendía un tantito más a imaginar la desgracia. La cita del médico que le pregunta sorprendido por qué toma diario una Cafiaspirina, ¿cómo que por qué? Porque la madre así lo dijo. Y punto. “No escribiré aquí del calentador de gas, pero sin duda es un peligro, y de los grandes: flamazos, incluso explosiones, quemaduras de segundo y tercer grado”. Me río mucho porque Rafa es un gran fóbico, y yo también, así que me lo permito. Recuerdo escenas deliciosas de los anuncios de catástrofes en Nos acompañan los muertos, mi libro preferido de su trilogía.

Esta vez, la catástrofe es real: “Primer escenario: ochenta por ciento de posibilidades de que el cáncer sea tratable. Veinte por ciento de que exista una metástasis agresiva”. Delia, dice: ““No voy a llorar. De momento no voy a llorar”. Luego Rafael nos cuenta como a su tía Nina la persigue el globero. “Sólo con eróticos fines muy serios”, y ella para protegerse de ese acoso “indeseable”, pero persistente en su imaginación, se escondió adentro de un tinaco, como es lógico y natural. “Mayo sangriento, título de dos pesos para mi nueva vida. El mes de mi cumpleaños me había traído la enfermedad y el miedo. La idea de que tenía cáncer empezó a ser real en la madrugada”.

Rafa “se va por el redondel”: aparece la historia de la casa de citas de Madame Lara. Irrumpe acompañado de Ruelas, Tablada, Leduc y Couto. Existe una habitación invisible en donde se practica “la asfixia inducida”. Se habla del dolor, el deseo, la muerte”. Me quedo inquieta, ellos no se asfixian, sólo ellas. ¿Les gustará realmente a esas señoras? Los misterios habitan las noches. Rafael narra dolores físicos espantosos, el baño cuya cercanía se vuelve indispensable. Lee mucho. Investiga los opiáceos. “Todas las vidas tienen ventanas por las cuales alguna vez se lanzan los sueños al vacío”. Esa cercanía de la muerte que nos confronta a nuestros “pendientes”, por intentar decirlo con ligereza.

Es un francófilo desatado, lo sabemos, el niñito ya grande con la infancia de “los pantalones rotos”. La sífilis de Daudet, nos enteramos de cómo la contrajo. Lista de sifilíticos decimonónicos. Llegan los últimos días de Balzac muy enfermo llamando a un personaje que fue su invento: “traigan a Bianchon, él puede curarme”, Y Rafael agrega: “un día, todos desearemos que venga a curarnos Bianchon”. Es cierto. Me pasa convocar a un señor que sí existió: “Ay, Charcot, ¿qué me pasa que ando tan histérica”? Lo malo es que no contestan. Sus padres son ya personas mayores, les oculta que está enfermo. “Mi mundo se caía a pedazos. Mis padres se encontrarían pronto con la muerte, yo intentaba salir con vida de las trampas del cáncer, mi hermano mayor enfermó de algo que la neurología nunca pudo diagnosticar con certeza y los bandos de la política reventaron a la familia”. Su hermano, cuando Rafa era niño, le leía Platero y yo.

Una mujer murió asfixiada en la habitación del hotel La Española. Le decían La Malagueña. Apretaron demasiado la cinta alrededor de su cuello, en aquel “juego erótico” de la “asfixia inducida”. Le pagaban por hacerlo. “El primero en darse cuenta fue Ruelas”, escribe Rafael. “No respira”. Madame Lara se deshizo del cadáver. Sucedió por las calles del centro. “Algunos de los personajes reales que aparecen en este informe nocturno acudieron a estas páginas por el camino de la ficción…Una parte de mí cree que el encuentro con estos artistas me salvó la vida”. Después, nos narra lo qué sucedió con los escritores de aquella noche. Cada uno huyó a como pudo. Sí es realidad, pero quizá es ficción, pero quién sabe… ¿Sería posible –Rafa– otro final para La Malagueña?

Como que se subió en un barco, por ejemplo. Y fue vecina de Rubén Darío y Amado Nervo en Montmartre. Como que el doctor Bianchon llegó a salvarla en el último momento. Ella también merecía una segunda oportunidad. Me imagino lo siniestra que habrá sido la primera. Amó y fue amada y escribió sus memorias. Esos segundos de mirarla pasar, como si apenas existiera. Una se encariña con ella. Gracias por tu libro, Rafa, como cada vez. ¿Nos podrías regresar a La Malagueña?

La manipulación emocional

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