Opinión

La manipulación emocional

Un vínculo asfixiante con un hombre que no paraba de exigir. | María Teresa Priego

  • 27/03/2019
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Sofía logró separarse de Juan después de tres años de relación. Escribo, “logró”, porque es el verbo que ella utiliza para referirse a una casi huida. Un vínculo asfixiante con un hombre que no paraba de exigirle. “Actuaba como si yo le debiera algo, como si hubiera estado obligada a resolverle todo tipo de problemas: emocionales, económicos, laborales”. Pero la historia no comenzó así. Con tan sólo mirarla, Juan cayó transido de amor. Eso decía. A los tres días había encontrado a la mujer de su vida, quería casarse con ella, jamás había visto a nadie tan maravilloso. Él estaba dispuesto a ofrecerle “todo”. A cambio de ese imaginario “todo” y de montañas de promesas, el romántico de Juan se aseguraba de que Sofía le resolviera lo más posible en su vida cotidiana.

Juan hablaba mucho de generosidad, ética, amor, lealtad. Juan hablaba mucho. En general los temas se repetían: el mundo malo que lo había orillado a la desgracia, las grandezas que le correspondían a un ser tan excepcional como él, la interminable hilera de traiciones de las que había sido víctima. Sofía le creía. ¿Cómo no creerle? La miraba con sus ojos llenos de melancolía, dejaba resbalar una lágrima. Varias veces lloró con él, por él. Aunque no dejaba de parecerle un poco extraño que en cada historia que contaba había una constante: él era una víctima. No se dio cuenta en qué momento, Juan comenzó a callarla cuando hablaba. Primero en privado, luego en público. Bastaba que ella diera su opinión para que él manifestara su rechazo.

El rechazo se fue filtrando muy pronto en la relación: “¿Estás segura de que sabes algo del tema? ¿no te parece que te ríes demasiado fuerte? Has subido demasiado de peso”. A la descalificación le seguían grandes abrazos y declaraciones de amor. Sofía no entiende qué sucedió, ni cómo poco a poco renunció a manifestar su incomodidad o su desacuerdo. Era imposible hablar con él. Cualquier comentario sobre sus dudas acerca de la relación y la manera en la que se sentía tratada desataban una marea de palabras. El tema se ahogaba en el (casi ritual) “Ah, sí, pues tú igual. Tú también”. O, “lo que pasa es que te defiendes para no comprometerte”. Esas mandíbulas apretadas. Esa mirada de odio. Esa continua violencia soterrada. “Un ser tóxico, como dicen”. Sofía se levantaba de la cama y se decía que era muy probable que ella estuviera imaginando de más.

“Yo no sabía que era violencia, pensaba que era su sufrimiento, su dolor, intentaba comprenderlo”. Entre más intentaba comprenderlo, más cedía su propio espacio. Juan la callaba en las reuniones con sus amigos, los de ella, él no tenía amigos. Un día le pidió que pagara una cuenta, y luego otra. Eran sólo “préstamos”, cuando él hiciera esa empresa millonaria de la cual durante años vivió casi al borde, no sólo le regresaría su dinero, sino que la llevaría a viajar por el mundo. Tan felices y tan libres. Sofía soñaba con conocer Europa. Él la llevaría de viaje, la boda sería en Roma. Mientras tanto se mudó a la casa de Sofía. Dispuso de su tiempo, de sus espacios, de su alacena, de su carro. Intentó –sin demasiado éxito, por suerte para ella- aprovechar cada una de sus relaciones.

“Era como si todo lo mío tuviera que estar a su disposición, lo daba por hecho, lo exigía”. “¿Cómo te convenció?” Porque la cuestionaba cada vez. La tachaba de egoísta. Hablaba de la generosidad indispensable al amor, de cómo él ofrecía ese “todo” tan imaginario y llevado y traído. “¿Cuándo comenzaste a dudar?” “Me fui hartando de su rollo de víctima, era la gran víctima y los demás tenían que responder a sus exigencias. Se decía tan bueno y era un oportunista. Es una ridiculez cómo lo descubrí, cuando leí ese artículo de la estafa nigeriana, en mi caso él sí existía, pero era muy parecido y a los tres años, por una casualidad conocí en una fiesta a una mujer con quien tuvo una relación breve”.  Reconoció el nombre, se acercó, le pidió conversar. Sofía para entonces se preguntaba si no estaba loca. Dudaba de sus propias emociones, de su percepción del mundo. “Es un manipulador, nadie existe para él, nadie, todo lo que dice que siente son mentiras”. ¿Se cree sus mentiras? Puede ser. Es muy probable que no conozca nada más.

Esta parte de la narración me dejó pasmada: Sofía se sentó en ese sofá y le preguntó a la ex amiga de su novio: “¿por qué lo dejaste tan rápido?”. La noche fue larga y le permitió liberarse. No, no se había imaginado nada. Ni el abuso, ni los delirios de grandeza, ni el utilitarismo, ni el chantaje continuo. El chantaje es  la “fuerza” de Juan. “Me sentía culpable, me escribía cartas insultantes en donde me acusaba. Fue mucho tiempo y me había contado que esa mujer lo había engañado y traicionado y yo le creía”. Sofía se lo dijo a su amiga reciente y ella le prometió buscar las cartas que conservaba. Se las mandó. Eran casi una calca de las que le enviaba a ella: rabia, reproches, chantajes y un último párrafo en donde juraba su amor eterno y su deseo ardiente de una vida maravillosa juntos. Pero, claro, ella tenía que “cooperar”, porque sus “traumatismos” (los de ella) no se lo permitían.

Para entonces ya sabía que Juan revisaba sus documentos, había entrado a sus cuentas de mail, Facebook. “Un día entré rápido y estaba revisando mis estados de cuenta”, “¿A qué atribuyes tu dificultad para correrlo de tu casa y de tu vida?” “A cuando lo conocí. Estaba yo muy frágil, dudaba de mí por mi divorcio y perdí a mi mamá. En dos meses se descarriló la vida y llegó como salvador, me decía que era yo lo máximo”. “¿Qué te sorprendía más de sus entramados?” “Su falta de contacto con la realidad”. “¿Como si sus deseos decretaran la realidad y no pudiera ver a nadie más?” “Ajá, no ve a nadie más, por eso le va tan mal”.

“Pero al día siguiente ponía en duda cada palabra que decías”. “Sí”. Las insinuaciones, las frases indirectas, las exigencias que la iban cercando sin que la demanda –clarísima- nunca fuera especificada. Sofía tenía que ofrecerle lo que él estaba esperando, sin que él se comprometiera a pedirlo. “Porque si pides tienes que negociar, decir por favor y gracias, no, él no pide, te asfixia y quiere arrebatar. Se incrustó en la casa sin obligaciones, porque no se habló de nada, se fue incrustando, esa es su táctica, a la mujer con la que hablé le quiso hacer igual, pero no se lo permitió”. Conmoverla, abusarla. Discutir sin darle la menor posibilidad de ser escuchada, porque a como fuera, Juan tenía que ganar. Con los argumentos más arbitrarios, más absurdos, no importaba.

“Concluimos su ex amiga y yo que hace mucho él decidió que a través de una mujer iba a lograr lo que quería, pues fracasa, ¿no? Se cuelga un tiempo de una, vive en su casa, se sube en su red y luego lo echan por manipulador y abusivo, y se queda sin nada. Es bien triste lo que le pasa”. “¿Te hizo daño?” “Me quedé insegura, destrozada, pero, ¿cómo le creí a un mentiroso? No me había sucedido sentirme usada, no creía que fuera posible, patético”. “Cruel y patético”. “Pues las dos cosas, sí. ¿Ves las denuncias ahora? Ella y yo lo hicimos en esa fiesta. Fue hasta divertido”. “¿Qué?” “Desenmascararlo, muy sanador para mí, recuperar mi casa, mi tranquilidad, mi confianza en mí misma. Muy sanador”. “Seguro que ya está perdido de pasión por su nuevo amor para toda la vida”, “seguro que sí, como dijiste: un vampiro emocional”.

El tabaco y esa zona de silencio

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