Opinión

¿Normalizar el insulto?

El insulto bloquea el diálogo, la convivencia civilizada y, a final de cuentas, califica mal a quien lo utiliza. | José Antonio Sosa Plata

  • 10/11/2021
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La ofensa, la descalificación sistemática, el improperio, la injuria o las palabras soeces son violencia verbal. Desafortunadamente, su uso se está extendiendo en varios países democráticos hasta formar parte de una perversa realidad en la que se “normalizan” las conversaciones públicas, sin darse cuenta tal vez de que este tipo de actitudes son el preámbulo de la violencia física.

No se puede hablar de una auténtica transformación cuando el insulto se normaliza y pretende sustituir —sin ningún límite— al diálogo o el debate. El lenguaje en democracia debe ser uno de los instrumentos principales de la estabilidad y convivencia civilizada de quienes formamos parte de la diversidad, en un marco de respeto absoluto a la libertad de expresión.

Para algunos, no hay motivo de preocupación. La violencia verbal y las malas palabras siempre han existido y forman parte de nuestra vida cotidiana. Aún más. El lenguaje sencillo, incluso el que utiliza las llamadas malas palabras, no debería tener cortapisas porque favorece la claridad, la precisión y la contundencia. En el mismo sentido, dicen, es preferible expresarse así porque se evita la hipocresía, el doble lenguaje y hasta la manipulación de las palabras.

Por si no lo leíste: Seis horas de insultos de Morena a Lorenzo Córdova.

Hablar de frente, directo y sin cortapisas es una virtud, aunque no siempre sea lo más conveniente en la actividad política. Cierto. Pero agredir verbalmente a un oponente, dicen otros, termina siendo contraproducente, pues se proyecta una imagen negativa de la persona que insulta. En contraste, mucha gente no considera que todas las groserías sean ofensivas o incluso un mal hábito. También pueden ser positivas y hasta facilitar las relaciones.

De hecho, en el nuevo espacio público ya no hay tantas restricciones, señalamientos o sanciones para quienes utilizan algunas malas palabras. El sentido liberador y a veces humorístico de quienes recurren a éstas es apreciado por parte importante de las audiencias, o por lo menos les resulta normal o indiferente. Incluso se considera que estamos frente a un avance significativo en el respeto a algunos de nuestros derechos humanos.

Los medios de comunicación que cuentan con una Defensoría no han considerado a las malas palabras como un motivo de preocupación, salvo cuando se ha concluido que se ha faltado al respeto, discriminado, difamado, dañado el honor o la reputación, incitado al odio o a la violencia, o cuando los dichos se han tipificado como violencia de género o violencia política. En todos estos casos, la legislación es clara, aunque aún se puede mejorar.

Te recomendamos: José Miguel Contreras y Eva Baroja. El insoportable auge del insulto infoLibre, 16 Abril 2021.

Para algunos medios de comunicación, la transmisión de diversas expresiones que antes estaban prohibidas son necesarias porque tienen una carga noticiosa y forman parte del interés público. En ciertas circunstancias, se ocultan con un bip o se transcriben incompletas o con símbolos cuando se recurre a los subtítulos. Sin embargo, no siempre está presente el cumplimiento de una misión informativa, la cual es legítima y necesaria. También se utilizan para desviar la atención de lo sustantivo o para responder a ciertos intereses políticos.

Cuando se analiza el insulto en la actividad política, es indispensable cuestionar el alto impacto que se genera en contra de las mujeres. El machismo y la misoginia presentes en la mayoría de las ofensas o improperios pasan inadvertidos para la gran mayoría. No sorprenden. No indignan. No provocan reacciones en favor de la discriminación y desigualdad que esconden las palabras, salvo ciertas excepciones en las que se involucra a la madre.

Consulta: Ana Cecilia Terrazas Valdés (Compiladora). Introducción a los derechos de las audiencias y a sus defensorías en México. México: Defensoría de las Audiencias de Radio Educación; Cátedra UNESCO en Comunicación y Sociedad; Instituto de Investigación y Estudios en Cultura de Derechos Humanos, CULTURA DH; Asociación Mexicana de Defensorías de las Audiencias, AMDA; Asociación Mundial de Radios Comunitarias capítulo México, AMARC, 2021

Aunque cada día son más las voces que denuncian la violencia de género que está detrás de éstos, los insultos a las mujeres siguen predominando en los medios de comunicación y ahora en las redes sociales. Además, se han exacerbado los insultos homofóbicos. Están presentes en infinidad de programas, series y películas. Las ofensas no siempre son verbales. Su expresión es multifacética. Lo malo es que ya no sorprenden. Lo peor es que son muy pocos los espacios en los que se plantea una reflexión pública.

Desde hace más de dos décadas la violencia de todo tipo se ha normalizado en nuestro ecosistema de comunicación. La nota roja dejó de ser exclusiva de un diario llamado Alarma!, que tuvo gran éxito en México durante la segunda mitad del siglo XX. La creciente e imparable inseguridad que vivimos en el país se ve reflejada hora por hora, minuto por minuto, en la mayoría de los medios de comunicación. Y la violencia verbal parece seguir la misma tendencia.

Lee más: ¿Cuándo puede hablarse de violencia política contra las mujeres en razón de género? Instituto Nacional Electoral (INE).

Ninguna persona debería sorprenderse por la expansión de límites que ha tenido en años recientes la libertad de expresión… y las groserías que la acompañan. La crítica abierta, directa y bien sustentada es válida en un país plural, diverso y democrático. Los insultos, no. La violencia verbal, tampoco. Mucho menos las expresiones ofensivas y discriminatorias contra las mujeres. Para eso hay leyes y códigos de ética en algunos medios, pero no son suficientes.  

El lenguaje evoluciona. Es lo apropiado. Es lo normal. Sin embargo, la evolución del lenguaje no tendría por qué derivar en degradación, mucho menos en violencia. Cierto es —como lo afirma Emma Byrne— que las malas palabras ayudan a desahogarse, a reducir el dolor, a disminuir la ansiedad e incluso, en ciertas circunstancias, a prevenir o inhibir la violencia física. Desde esta perspectiva, podría contribuir a mitigar algunos efectos de las diversas crisis que hoy enfrentamos.

También puedes ver: Machismo en política: ¿qué insultos o comentarios despectivos escuchan las diputadas?, en RTVE.es

Lo que no es cierto es que el insulto sea una eficaz herramienta verbal en el marco de una estrategia de comunicación política. En ningún sentido. En ningún escenario. En ninguna circunstancia. El lenguaje agresivo obstaculiza el debate civilizado, refleja la pobreza de argumentos para defender una posición, califica mal a quienes lo utilizan y, en ocasiones, genera apoyo y simpatía en la persona ofendida. 

Por supuesto que es posible y factible utilizar palabras duras o fuertes. Y si, a final de cuentas queremos utilizar malas palabras, vale el esfuerzo parafrasear y considerar el consejo que nos da Emma Byrne: hay que saber qué groserías decimos, cuándo, con quién, en qué medio y hacer un cálculo de las reacciones que podríamos provocar. 

Recomendación editorial: Emma Byrne. Mentar madres te hace bien. México: Editorial Paidós, 2020.

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