Cuando era chiquito, me acuerdo mucho que no oía, no hablaba... Cuando estaba niño despertaba, mi mamá no me decía nada, no recuerdo nada, me dolía mi cabeza, mis oídos; ahí fue donde quedé sordo. Me hablaba mi mamá y ya no la oía; después me hablaba, yo no le entendía. Poco a poco mi voz tampoco me salía

La situación de discapacidad con la que viven algunos sectores de la población en México moldea sus trayectorias en diversas situaciones y contextos de integración e inclusión, como los de la familia, la escuela, el laboral y el social (Caballero, 2007).[1]

El objetivo de este texto es la exposición de las experiencias educativas de un joven con discapacidad auditiva y cómo se enlazan dichas prácticas con la educación informal adquirida en el seno familiar. Importante también es analizar la percepción de su discapacidad, a partir de la cual fue estableciendo estrategias para integrarse en los diferentes núcleos.

En términos metodológicos, es fundamental recurrir al enfoque de la historia oral, a través de la cual se recuperan las experiencias y prácticas educativas desde la visión de los sujetos. Dichas vivencias se distinguen en el testimonio visual y oral del joven Iván a quien entrevistamos en enero de 2014 dos investigadores mediante el lenguaje de señas con el apoyo de su madre. Sobresale el reto metodológico del estudio que queda plasmado en el discurso y narrativas particulares del texto presente.[2] Las preguntas de la entrevista fueron formuladas de acuerdo con aspectos que aluden a la infancia, la escuela y la familia de Iván, para lograr un itinerario de vida y uno escolar.

Iván nació en el mes de marzo de 1986. Compartió el vientre de su madre con su hermano cuate y cada uno de ellos se formó y creció en placentas separadas. Ninguno de los dos bebés presentó problemas al nacer, de acuerdo a lo relatado por su madre. En los primeros meses de vida, Iván enfermó de "catarro" y en el Centro de Salud en donde fue atendido descubrieron que había adquirido un virus que afectó la región interna del oído. Dicha enfermedad le provocaría la sordera y, a la larga, la pérdida del habla.

Al tratar el tema de su infancia, Iván relata sus experiencias en el seno familiar y escolar, cuando descubre que no oía ni hablaba, lo que hace que se perciba diferente con respecto a su hermano y a los demás. Ingresa a un kínder regular y, posteriormente, sus padres deciden inscribirlo a una escuela especial a la edad de 8 años. Al principio, Iván resiente el cambio, aunque es donde coincidió con niños y niñas sordos como él. Esto constituyó un momento especial en su vida: descubrió el lenguaje de señas, que acompañó a partir de entonces con un discurso visual.

Su primer aprendizaje fue afrontar un contexto que le provocaba temor, en el que también debió aprender a convivir cotidianamente con sus compañeros.

En sus narraciones encontramos una reelaboración desde el presente de sus experiencias con su discapacidad y lo arduo que fue el aprendizaje del lenguaje de señas, punto de partida para entender las particularidades de su trayectoria escolar (Franco, 2007, p. 40)[3]. En este proceso descubrió la importancia de las manos, de la vista, de las caras, destacando la importancia de sus propios pensamientos, a partir de los que estructura el recuerdo y sus relatos.

El problema del aprendizaje se debe fundamentalmente a la existencia de diversos lenguajes de señas, con diferentes símbolos y códigos; por ejemplo, en la primaria el lenguaje era de una forma, en la secundaria de otra con diferente estructura. Aunque los maestros le enseñaban el lenguaje de señas de forma cotidiana, mediante la palabra y la seña correspondiente, al pasar a un nuevo curso escolar o al darse un cambio de maestro, los códigos cambiaban, por lo que Iván debía volver a aprender desde el principio; incluso se dificultaba la comprensión de todas las señas con las que se comunicaban entre sí sus compañeros sordos. No guarda buenos recuerdos de sus maestros: ellos eran oyentes y, de acuerdo a su experiencia, cuando no entendía algo los maestros se enojaban y no ayudaban.

Iván aprendió a leer y escribir con la ayuda de su mamá, quien, como ya mencionamos, debió aprender uno de los lenguajes de señas.

Es importante observar que la decisión de sus padres, al inscribirlo primero en una escuela regular y después en otra especial, en principio obedeció a su expectativa por oralizar y normalizar a su hijo; pero, con el paso del tiempo, significó una influencia importante no solo en su trayectoria escolar, sino también en su itinerario laboral posterior, lo que le permitirá desempeñar diferentes trabajos: en una empacadora de pan, en una farmacia y en una fábrica de utensilios de la cocina. Así pues, no debe perderse de vista que la percepción de la discapacidad que construye Iván al acudir al aprendizaje especial le permite activar estrategias para integrarse en los diversos ámbitos, por lo que resulta fundamental para su inclusión social.


[1] Caballero, M. y García P. (2007). Género, Cultura y Sociedad. en Serie de investigaciones del PIEM. Curso de vida y trayectoria de mujeres profesionistas. México: El Colegio de México.

[2] Entrevista con Mario Iván Padilla, realizada por Antonio Padilla y Concepción Martínez, Tepojaco, Cuautitlán, Estado de México, 26 de enero de 2014. Traducción de Socorro Orozco.

[3] Franco, M y Levín, F. (2007) El pasado cercano en clave historiográfica, en M. Franco y F. Levín. Historia reciente. Perspectivas y desafíos para un campo en construcción, México, Buenos Aires: Paidós.

María Concepción Martínez Omaña es Profesora investigadora en el Instituto Mora, adscrita al área de territorio y Medio Ambiente, pertenece al SNI. Sus líneas de investigación son: Representaciones de la infancia y olítica y cultura del agua en México, ambas en el siglo XX. Autora de artículos y capítulos de libros como el que publicó en la obra de Antonio Padilla (coord.) Arquetipos, memorias y narrativas en el espejo. Infancia anormal y educación especial en los siglos XIX y XX (2012).


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