Opinión

López Obrador, neoliberal

“Las flores tribales brotan y florecen en la tumba del Estado-Nación”, Zygmunt Bauman.

  • 22/02/2019
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A diferencia de las naciones europeas, que preceden en tanto organización e identidad al Estado, las latinoamericanas deben ser, aún hoy día, tarea de él.

La aseveración de Ernest Renan, en el sentido que la Nación es un “plebiscito a diario”, debemos leerla como advertencia, en riesgo de convertirse en sentencia: la organización social y política no es algo dado y para siempre, sino una voluntad que se construye y reafirma en la acción permanente.

No olvidemos que México es un crisol de contradicciones, tierra de volcanes y terremotos, de los que hemos aprendido a dormitar oteando en silencio por debajo del ala del sombrero, sentados a la sombra de un maguey, para hacer intempestiva erupción en furia y llamas, tan violenta y sanguinaria como nuestra prudencia y estoicismo ante abusos e injusticias. El México Bronco del que hablaba Reyes Heroles el viejo, no es una figura literaria, es una afirmación metafísica: es; dormido, indiferente y apático en la superficie; ígneo, explosivo e irreprimible en las entrañas. “Guerra en la sangre”, lo mentó Salvador Madariaga en una de sus grandes novelas.

Memoria


El México prehispánico fue de guerras ¡floridas! (nada más surrealista); el de la Colonia de “callar y obedecer”; el del XIX de enfrentamientos fratricidas, caudillos tropicales y emperadores de pacotilla; desmembramientos de soberanía y dictadura científica. El del XX fue de Revolución (cerca de dos millones de muertos) y de instituciones; solución inventada para “serenar” a las fuerzas centrifugas y movimientos armados postrevolucionarios. Solución, es cierto, impuesta desde el Estado, único actor capaz de hacerlo en aquellas aciagas circunstancias; solución que fue funcional hasta los setentas del siglo pasado y desde entonces se rehúsa a morir, sin mostrar arrestos de querer vivir, ni entender bien a bien los cambios globalizados del siglo XXI.

Lo que se juega en toda apuesta política no son cargos, honras ni pompas; es la subsistencia misma en tanto ente identitario, territorial y soberano: Nación.

La popularidad es una estatua de sal de ídolos fugaces. La política, señala Bauman, es el “arte de traducir problemas individuales en asuntos públicos, e intereses comunes en derechos y obligaciones individuales”; los Políticos, con P mayúscula, son una especie de traductores: “dan un nombre público (genérico) a problemas individuales, con lo que sientan las bases para un manejo colectivo de los problemas (…) Esbozan y promueven ideas de una buena sociedad, o de una sociedad mejor, de justicia social, o de una justicia más justa de la hasta aquí conocida, de una manera de vivir en comunión, o de una vida compartida más humana que la vida hasta este momento”.

En contrapartida, los populismos no tienen modelo alguno de buena sociedad, sólo ídolos que se ostentan, ellos, como modelos, pero que no señalan ningún camino a seguir, habida cuenta que todo da inicio y todo concluye en y con el ídolo. “La idolatría se condice, según Bauman, (…) con el carácter fragmentario de los proyectos de vida individual”, según estudio por él citado, Richard Sennett espera que un joven estadounidense con estudios mínimos de dos años de universidad “cambiara de empleo por lo menos once veces a lo largo de su vida laboral, y cambiará su base de capacitación por lo menos tres veces en cuarenta años de trabajo”. Para la juventud de ahora, la vida es una constante de “nuevos comienzos”; en esa inconsistencia se enmarca el culto a las celebridades, culto “hecho a la medida de esa inconsistencia”.

Populismo


Sostiene el mismo Bauman que “la notoriedad ha reemplazado a la fama”. Según Bourdieu, “cada vez más se acepta el mercado como fuente de legitimación”: se es popular porque se es popular. Pero quien se une al culto a la celebridad, nuevamente Bauman, “no abraza una causa”, no asume compromisos, no compromete su futuro; de allí que “la idolatría pierde en durabilidad lo que gana en intensidad. La idolatría condensa emociones que de otro modo se dispersarían en períodos más prolongados (…) el parámetro con el que se mide el valor de la experiencia tiende a ser su capacidad de producir entusiasmo, no la profundidad de sus huellas (…) un máximo impacto y a la inmediata obsolescencia”. Cualquier parecido con las mañaneras es la más puntual coincidencia.

Ivan Klima concluye: “más que ninguna otra cosa, los ídolos de hoy en día simbolizan la futilidad de los esfuerzos humanos y la certeza de que nos extinguimos sin dejar rastro”.

Bien, regresemos a la subsistencia de México. Vivimos un mundo de individuos monádicos, “aislados en la masa”, incomunicados bajo el bombardeo diario de información y discusión chatarra (cháchara), que ha convertido la deliberación pública en onanismo digital, porque “los vínculos que lo hacían formar parte de las ‘grandes totalidades’ se han ido desintegrando”. Hoy las comunidades son de Facebook, Instagram y Twitter, aunque sólo mantengan en común pareceres que no “likes” sin hacerlos actos, hechos, organización, Polis.

Margaret Thatcher inoculó en el imaginario social que “la sociedad no existe”, sólo el individuo, y Peter Drucker remató a la difunta sociedad con su: “la sociedad no salva”, por tanto, es inservible.

El individualismo presentado como autonomía desmembró el tejido de lazos sociales que amarraban la totalidad de las actividades humanas en algo propio y común, rompió el panal y desde entonces las abejas vuelan sin sentido, destino, reina, propósito y fruto.

La comunidad es expresión de la fragilidad individual. El hombre necesita del otro y en el otro encuentra comunicación, identidad, amistad y comunidad, eso que siendo de nadie pertenece a todos. La comunidad identifica en ideas, gustos y propósitos, organiza y permite la participación social y política. Sin comunidad no habría habla y posiblemente qué comunicar; definitivamente no habría razón de comunicar, ¿a quién en la soledad absoluta?

La comunidad identifica y organiza, y toda organización genera y despliega poder y es aquí donde los extremos se tocan. López Obrador en su lucha contra el neoliberalismo comparte con los más ortodoxos neoliberales la necesidad de suprimir todos los lazos comunitarios o societales; frente al Estado, para él, como frente al mercado, para los neoliberales de cuño, sólo puede haber el individuo aislado; cliente político, para uno, consumidor, para los otros.

Asistencialismo


Todo organismo intermedio, toda organización social, toda expresión comunitaria entre el gobierno y el individuo, no sólo es percibido corrupto y nefando por neoliberal López Obrador, sino como férreo obstáculo para el control político total. Guarderías, organizaciones campesinas, mafias científicas, sindicatos obreros y empresariales, partidos, iglesias, ONGs, organismos autónomos son para López Obrador kryptonita, en tanto significan poder, expresión, solidaridad, identidad, autonomía de colectivos plurales ante cualquier propósito de control político y clientelar, o cualesquier abuso de poder. Por ello no puede haber intermediarios entre su gobierno y la masa clientelar. A los organismos intermedios, a las organizaciones de comunidad los ve como rémoras y no como expresiones de la vida en sociedad, como Derecho Humano. Todo trato tiene que ser directo entre beneficiario final, incapacitado de identificar problemáticas y propósitos comunes, y menos de organizarse para hacerlos valer frente al poder, y su gobierno. Sólo una mano puede ser la benefactora, la controladora y, en su momento, la cobradora: la suya.

López Obrador no lo sabe, pero es más neoliberal que el que más en su odio jarocho tiene a los organismos societales intermedios. Para él sólo puede haber un presidente dador y su clientela beneficiaria. Él no ve ciudadanos, ve receptores de tarjetas de programas asistenciales; ve clientelas.

Los totalitarismos han mostrado que se puede romper con todo lazo societal, pero a costa de la humanidad misma del sometido, que de esa manera queda cosificado, como lo describió Primo Levi y analiza Hannah Arendt (Ver Somos alguien, no algo).

Romper el rico entramado comunitario del mexicano para aislarlo en receptor de asistencialismos clientelares, confinarlo en una soledad en masa frente al Estado, es quitar los pilares sobre el que se sustenta el propio Estado: el esqueleto, músculos y razón de ser del Leviatán. El Estado, dice Marx, no es más que la sociedad en movimiento, y la sociedad no se mueve en masa, sino bajo las organizaciones, identidades, propósitos y sueños tejidos en comunidades que la hacen ser ella, organizada, multifacética, impredecible.

Desarmar el entramado comunitario, uniformar todo en tarjetahabientes es regresar al hombre al Estado de Naturaleza, donde el hombre es lobo del hombre.

Hannah Arendt, hablando del totalitarismo, sentenció: la opción es entre la solidaridad de la humanidad común y la solidaridad de la mutua destrucción.

El espejo de los villanos

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