Opinión

Hemiciclo a Juárez. Recordatorio de laicidad

El paso de los años continúa y el hemiciclo permanece blancamente irradiante, aunque haya quienes se empeñen en opacarle | Leonardo Bastida

  • 24/03/2018
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Aparentemente inerte, inmóvil, brillante con la resolana de la primavera recién entrante; un halo de luz en medio del asfalto negrusco; el cielo semiazulado, tendiente al gris y contrastante con los tintes verdes de los árboles y vegetación de la Alameda Central de la Ciudad de México. El Hemiciclo a Juárez es testigo del paso de quienes a toda prisa desean llegar a su fuente de trabajo o a alguna cita; de quienes visitan la ciudad provenientes de otros lados, de otros países. Las niñas y niños que juegan alrededor de él o aprovechan lo liso de sus paredes y bancas para deslizarse antes de que algún policía les llame la atención y les arruine sus minutos de diversión.

Un hito histórico desde hace 108 años


El mismísimo Porfirio Díaz fue quien lo mandó edificar, a propósito del centenario de la Independencia de México, en honor a Benito Juárez; encargó la construcción del cenotafio al arquitecto Guillermo Heredia y las esculturas de leones, del águila y las del propio Juárez y la Patria, al italiano Lanzzaroni. El material utilizado fue mármol de Carrara, que por su fisonomía, da ese brillo.

El 18 de septiembre de 1910 se inauguró el majestuoso monumento en la Alameda Central, el primer parque público de América Latina, denominado así porque desde su apertura, a finales del siglo XVI, estuvo repleto de álamos. En un primer momento, la Alameda también fue escenario de algunos actos de la Santa Inquisición, posteriormente fue cercada y así permaneció por muchos años hasta finales del siglo XIX, cuando se derrumbó la barda que le circundaba, haciéndola accesible para todas las personas que desearan pasar por sus caminos.

Frente a él pasó Benito Juárez en julio de 1867 para anunciar en el Palacio de Minería que Maximiliano de Habsburgo había sido derrotado y que el gobierno mexicano había sido restablecido en su totalidad, y allí ofreció una comida de celebración, aunque, según crónicas de la época, esta se vio empañada por una fuerte lluvia que azotó a la capital mexicana aquella tarde.

Ese día salió del Castillo de Chapultepec y recorrió el hasta entonces llamado Paseo de la Emperatriz, denominado así por Carlota, la cónyuge de Maximiliano, en medio de vitores y alabanzas. Inmediatamente renombró dicha avenida como Paseo de la Reforma, en honor a quienes, como él, habían impulsado una serie de modificaciones a las leyes mexicanas para garantizar la separación entre la Iglesia y el Estado.

Él mismo impulsó y redactó algunas de las Leyes de Reforma, como la Ley Juárez, que ordenaba la supresión de tribunales especiales a cargo de militares o eclesiásticos, para dejar las tareas de justicia en manos de las autoridades gubernamentales o la nacionalización de los bienes del clero, que impedía a las órdenes religiosas tener propiedades privadas; primeros pasos para garantizar que la iglesia católica no influyera más en las decisiones gubernamentales. Espíritu que continuó en 1917 durante la redacción de la Constitución vigente actualmente que, entre otros logros, ha garantizado por más de 100 años que la educación sea laica y gratuita. Esa laicidad que, como señala Roberto Blancarte, es un “régimen social de convivencia, cuyas instituciones políticas están legitimadas principalmente por la soberanía popular, y (ya) no por elementos religiosos”.

De presidentes y otras causas


Por muchos decenios, el hemiciclo a Juárez recibía, cada 21 de marzo, al presidente de la República en turno, quien solía dejarle una corona de flores y rendirle un breve homenaje. A finales de la década de los 60 recibió a otro tipo de visitantes, a ciudadanas y ciudadanos pertenecientes a diferentes movimientos sociales. Allí se concentraron integrantes del movimiento estudiantil de 1968 para evitar las represalias policiacas que buscaban acabar con la movilización y los cuestionamientos enarbolados por miles de estudiantes hacia el gobierno mexicano.

Una década más tarde, el hemiciclo recibió a las primeras ciudadanas y ciudadanos congregados para mostrarle a la sociedad mexicana que la diversidad sexual era una realidad. Los primeros contingentes de hombres homosexuales y mujeres lesbianas tomaron el lugar como un espacio para culminar con una marcha que comenzaba en la Puerta de los Leones en el Bosque de Chapultepec y tras recorrer Paseo de la Reforma. Por 21 años, ese fue el recorrido tomado por una creciente marcha que, al paso del tiempo, ganó el usar al Zócalo capitalino como meta última de su recorrido.

En las dos décadas que se usó el espacio del monumento como punto final del trayecto, las demandas vertidas fueron el cese a las persecuciones policiacas, la erradicación del estigma hacia el VIH, el reconocimiento de los derechos de las personas lesbianas, gays, bisexuales, transexuales, transgéneros, travestis e intersexuales y las uniones civiles entre personas del mismo sexo. Un punto culminante de esta lucha fue cuando, a sus pies, se celebró, en 2010, una de las primeras ceremonias de matrimonios igualitarios, ampliamente fotografiada. La concepción tradicional se adaptaba a nuevos tiempos y nuevas necesidades sociales, dentro de un marco de derechos humanos basado en la laicidad del Estado.    

El 24 de abril de 2007 prestó su explanada para colocar las pantallas donde se transmitió la sesión de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal en la que se discutió la modificación a las leyes capitalinas para permitir la interrupción legal del embarazo hasta la semana 12 de gestación, un hito en México y en América Latina en materia de reconocimiento de los derechos de las mujeres. También allí tuvo lugar el festejo cuando la mayoría de asambleístas votó a favor de las reformas propuestas. Desde ese día, más de 170 mil mujeres han podido decidir sobre su cuerpo y sus vidas sin verse implicadas en problemas legales; una realidad producto de décadas de lucha en diferentes espacios y frente a diversos actores.

El paso de los años continúa y el hemiciclo permanece blancamente irradiante, aunque haya quienes se empeñen en opacarle. Podríamos pensar que cada vez es menos necesario usarlo como un espacio de protesta social debido a los avances legislativos en diferentes rubros. Sin embargo, hechos como el que la titular del Instituto Nacional de Desarrollo Social, Leticia Montemayor, haya recibido a integrantes del Frente Nacional por la Familia para dialogar sobre el apoyo a organizaciones de la sociedad civil para fomentar la salud sexual y reproductiva, y por ende, una interrupción del embarazo segura, y la posibilidad de quitar el apoyo a dicha causa, que legalmente solo es posible en la Ciudad de México; la realidad de que solo en ocho de las 32 entidades federativas de este país sea posible que las personas contraigan matrimonio con personas de su mismo sexo; la defensa de más de la mitad de los estados de la República del “derecho a la vida” en sus constituciones, sin importar que una mujer ponga en riesgo la suya cuando por alguna razón debe interrumpir su embarazo; la reunión de aspirantes del Partido Revolucionario Institucional a cargos públicos como la Presidencia o la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México con organizaciones a favor de un modelo único de familia; y que este 23 de marzo el Senado de la República haya aprobado una modificación a la Ley General de Salud a fin que los profesionales del rubro que consideren al aborto o a la eutanasia son “éticamente incorrectos”, no los practiquen, a pesar de que el marco legal de la entidad donde desarrollen su actividad profesional lo permita y lo garantice como derecho; demuestran que nuestro país aún no ha alcanzado ese marco social y cultural laico tan deseado desde hace siglo y medio que permita el reconocimiento pleno de los derechos de todas las personas, y por ende, la igualdad social.

La mujer fantástica

@leonardobastida | @OpinionLSR | @lasillarota

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