Opinión

Farewell Don Fernando del Paso

Lo miro desde la ventana del segundo piso de la casa de México. Fue un otoño muy frío. Era un hombre en sus cincuentas. | María Teresa Priego

  • 20/11/2018
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La segunda mitad de los años ochenta, Fernando Del Paso, su esposa Socorro y su hija Paulina habitaban un departamento de la Casa de México en la Cité Universitaire de París. Su escritura. Mirarlo caminar por la vereda con sus trajes y sus corbatas extravagantes. “Allá va el medium de Carlota”. El escritor de José Trigo, Palinuro de México, Noticias del imperio. Ese escritor que supo aprehender a la mujer y a la emperatriz en toda la dimensión de su “destino” trágico: apasionada, dolida, ambiciosa, entrañable, fuerte, desamparada; rebotando entre las paredes de sus memorias y de esos castillos en los que fue hecha prisionera por su familia: Miramar, Tervuren, Bouchout.

 

Abandonada y traicionada por todos. ¿Quién la querría cerca? A ella y a la catástrofe que su persona representaba. La caída de un imperio. Un marido fusilado tras juicio sumario en el cerro de un país exótico y remoto al que en sus distintas maneras ambos amaron. ¿Acaso delira, Carlota? Ya casi nadie quiere escucharla. Don Fernando se deslizó –con meticulosidad– en el túnel del tiempo y fue por ella. Carlota habla sola. La “demencia” le fue diagnosticada. Su largo monólogo interior entrelazados con los capítulos de narrativa histórica. Lo público. Lo íntimo. Un emperador que viaja por México. Caza mariposas. Una princesa belga que hace el oficio de Regenta.

El Palacio de Chapultepec. Los sueños. “Los mexicanos” solicitan a Maximiliano que venga a “salvarlos”. Aquel puñado de mexicanos. Y sin embargo, el archiduque escuchó que lo solicitaba, anhelaba su presencia: “el pueblo de México”. Ese inolvidable comienzo de una de las más bellas novelas históricas de la lengua castellana:

 

Yo soy María Carlota de Bélgica, Emperatriz de México y de América. Yo soy María Carlota Amelia, prima de la Reina Victoria de Inglaterra, Gran Maestre de la Cruz de San Carlos y Virreina de las provincias del Lombardovéneto acogidas por la piedad y la clemencia austriacas bajo las alas del águila bicéfala de la Casa de Habsburgo. Yo soy María Carlota Amelia Victoria, hija de Leopoldo Príncipe de Sajonia-Coburgo y Rey de Bélgica… Yo soy María Carlota Amelia Clementina, hija de Luisa María de Orleáns, la reina santa de los ojos azules y la nariz borbona que murió de consunción y de tristeza por el exilio y la muerte de Luis Felipe, mi abuelo, que cuando todavía era Rey de Francia me llenaba el regazo de castañas y la cara de besos en los jardines de la Tullerías… Yo soy Carlota Amelia, mujer de Fernando Maximiliano José, Archiduque de Austria, Príncipe de Hungría y de Bohemia, Conde de Habsburgo, Príncipe de Lorena, Emperador de México y Rey del mundo, que nació en el Palacio de Schönbrunn… y que mandó construir para mí a la orilla del Adriático un palacio blanco que miraba al mar y otro día me llevó a México a :vivir a un castillo gris que miraba al valle y a los volcanes cubiertos de nieve, y que una mañana de junio de hace muchos años murió fusilado en la ciudad de Querétaro. … Tengo ochenta y seis años de edad y sesenta de beber, loca de sed, en las fuentes de Roma.

Leerlo. Releerlo. Descubrir Palinuro de México. La fiesta del lenguaje. La imaginación desbocada. Hay quien afirme que Fernando Del Paso es: “el Joyce Latinoamericano”. Del Paso contaba que la primera vez que escuchó que su escritura era joyciana, no había leído a Joyce. ¿Qué tendrían en común? Esa escritura –también– desbocada que estalla los márgenes en su lenguaje y en sus contenidos. Una manera de relacionarse con las palabras. La libertad de re-crearlas. Descabelladas. Ciertos tintes de eso que nos da por llamar: “obsceno”. Los monólogos interiores. Fernando Del Paso se declaraba un “médico frustrado”. Palinuro era estudiante de medicina. Y hacía el amor de tantas, tantas maneras con su prima Estefanía.

Aquellos años remotos: la feria del libro en un pueblito en Francia que se llama Barcelonette. Sobre una mesa de venta de libros de segunda mano, Palinuro de México en su traducción al francés dedicada por el Maestro a la biblioteca. Había sido leído por cuatro personas, según constaba en las fichas pegadas a la solapa. Un dictamen –escrito por una bibliotecaria austera– explicaba por qué el libro no podía permanecer en el acervo de la biblioteca: “una novela pornográfica cuyo acceso es poco recomendable para los jóvenes lectores”.

Recuerdo a la bibliotecaria de Barcelonette y esa edición que compré para

regresársela al Maestro. Nunca se la di. Me la imagino estremeciéndose página a página, ¿qué mejor homenaje que el estremecimiento? Los excesos de Palinuro y Estefanía. Del paso (citado en Nexos por Mary Carmen Sánchez Ambriz): En Palinuro de México lo erótico es más bien obscenidad, pero una obscenidad empleada como instrumento de la caricatura; las formas en que hacen el amor Palinuro y Estefanía son tan exageradas que resultan antieróticas. Hay quizás sensualidad, pero ejemplo, cuando Palinuro le dice a Estefanía que le lame los pechos porque le saben a melocotón.

Fernando Del Paso nació en la Ciudad de México en 1935. Premio Xavier Villaurrutia, Premio Rómulo Gallegos, Premio Cervantes. Cada una de sus novelas le tomó diez años de investigación y de escritura. Lo miro desde la ventana del segundo piso de la casa de México. Fue un otoño muy frío. Era un hombre en sus cincuentas. Caminaba firme junto a su esposa Socorro. Tengo la impresión de que siempre, siempre caminaban juntos. Vuelan las hojas. Las suyas que tantos nos bebimos y seguiremos bebiendo. Las de aquel otoño. Buen viaje Maestro. Lo leemos.

Y de cómo hacían el amor Estefanía y Palinuro.


Hacíamos el amor compulsivamente. Lo hacíamos deliberadamente. Lo hacíamos espontáneamente. Pero sobre todo, hacíamos el amor diariamente. O en otras palabras, los lunes, los martes y los miércoles, hacíamos el amor invariablemente. Los jueves, los viernes y los sábados, hacíamos el amor igualmente. Por último los domingos hacíamos el amor religiosamente. O bien hacíamos el amor por compatibilidad de caracteres, por favor, por supuesto, por teléfono, de primera intención y en última instancia, por no dejar y por si acaso, como primera medida y como último recurso.

Hicimos el amor por ósmosis y por simbiosis: a eso le llamábamos hacer el amor científicamente. Pero también hacíamos el amor yo a ella y ella a mí: es decir recíprocamente.

Y cuando ella se quedaba a la mitad de un orgasmo y yo, con el miembro convertido en un músculo fláccido no podía llenarla, entonces hacíamos el amor lastimosamente. Lo cual no tiene nada que ver con las veces en que yo me imaginaba que no iba a poder, y no podía, y ella pensaba que no iba a sentir, y no sentía, o bien estábamos tan cansados y tan preocupados que ninguno de los dos alcanzaba el orgasmo. Decíamos, entonces, que habíamos hecho el amor aproximadamente. O bien a Estefanía le daba por recordar las ardillas que el tío Esteban le trajo de Wisconsin, y yo por mi parte recordaba la sala de la casa de los abuelos, con sus sillas vienesas y sus macetas de rosasté esperando la eclosión de las cuatro de la tarde, y así era como hacíamos el amor nostálgicamente, viniéndonos mientras nos íbamos tras viejos recuerdos.

Muchas veces hicimos el amor contra natura, a favor de natura, ignorando a natura. O de noche con la luz encendida, mientras los zancudos ejecutaban una danza cenital alrededor del foco. O de día con los ojos cerrados. O con el cuerpo limpio y la conciencia sucia. O viceversa. Contentos, felices, dolientes, amargados. Con remordimiento y sin sentido. Con sueño y con frío.

Y cuando estábamos conscientes de lo absurdo de la vida, y de que un día nos olvidaríamos el uno del otro, entonces hacíamos el amor inútilmente. Para envidia de nuestros amigos y enemigos, hacíamos el amor ilimitadamente, magistralmente, legendariamente. Para honra de nuestros padres, hacíamos el amor moralmente. Para escándalo de la sociedad, hacíamos el amor ilegalmente.

Para alegría de los psiquiatras, hacíamos el amor sintomáticamente. Y, sobre todo hacíamos el amor físicamente.

También lo hicimos de pie y cantando, de rodillas y rezando, acostados y soñando. Y, sobre todo y por simple razón de que yo lo quería así y ella también, hacíamos el amor voluntariamente.

El duelo y los laberintos de los espejos

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