Opinión

El duelo y los laberintos de espejos

Hay quien convierte su duelo en un laberinto de espejos y no entiende cómo su duelo se eterniza. | María Teresa Priego

  • 13/11/2018
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“La sublimación no es posible para quien desestime la muerte”.

“No hay temporalidad, mientras el sujeto esté atrapado en la pérdida”.

Octavio Chamizo.

Pareciera que nuestro inconsciente cree que somos inmortales y nos crea entonces un problema mayor: ¿cómo apreciar la vida si somos incapaces de aprehender ese dato duro de la muerte? No la de otros (con todo el dolor que signifique), sino la nuestra. ¿Cómo transitar ese pánico a desaparecer? Allí nos quedamos sin palabras. Ese indecible de nuestra propia muerte. Entre tantos otros indecibles. Así va la condición humana. Entre las promesas que llaman a la vida y el aprendizaje continuo de la pérdida. ¿Cómo vivimos la pérdida? ¿cómo transitamos los duelos? ¿somos cada vez capaces de transitarlos? ¿nos quedamos atrapados en ellos? Eros y Tánatos. La luz y la oscuridad. La esperanza y el abismo.

La pérdida nos regresa al “desamparo originario”. A nuestros límites. A la finitud. Una parte, nuestra parte con el objeto perdido. Ese dolor en el pecho. La intensidad de ese dolor. Hay alguien que ya no está vivo. O hay alguien que no nos quiso. Es más, quizá colocó el odio en el exacto lugar de la promesa del amor. Hay alguien a quien dirigimos esas preguntas insoportables: ¿cómo pudiste? ¿cómo? ¿de qué estás hecha/o? Algo sucede, como si el dolor nos expulsara del mundo conocido. Como si de golpe, fuéramos ajenos, mucho más ajenos a nosotros mismos. Somos de entrada sujetos divididos por dentro. Sí. Pero esa “extrañeza” se ahonda en el proceso de duelo. ¿En dónde y cómo reconocernos si esa persona que una es/fue junto a otra ya no existe?

Nos sumergimos en un tiempo otro. Un tiempo memorioso, un tiempo fantasmático. Nos vivimos deshabitados. El dolor es –también– una vivencia física. Nos acuerpamos con él. Podría hacernos ciegos y sordos. En el intento de rescatarnos sucede que olvidemos a los otros. Como si dejáramos los vínculos en suspenso. No podemos con la cotidianidad. Nos tropezamos con la vida. Tomamos el metrobús en la dirección contraria. Nos perdemos en el súper. Nos perdemos. Perdemos el tiempo. Hay algo parecido al miedo que se instala. En el duelo, sólo el amor nos salva. Justo en esos tiempos en donde resulta tan complejo acercarnos y escuchar, es, cuando más necesitamos acercarnos y escuchar. Salir de una/o misma/o y escuchar. Mirar alrededor nuestro. Mirar.

Hay quien convierte su duelo en un laberinto de espejos y no entiende cómo su duelo se eterniza. Eso que perdió, los otros se lo deben. Los otros tienen que estar allí para “salvarlo”, escucharlo, para convertirse en instrumentos de su recuperación. Sus contenedores, sus espejos. No hay, ni jamás ha habido dolor más grande que el suyo. Así anula la calidad de los vínculos. Instrumentalizar a los demás es la rotunda renuncia a una cercanía verdadera. No hay intimidad posible en los laberintos de espejos. Si un egoísmo excesivo se instala como forma de supervivencia, está ganando la fantasía de inmortalidad.

La fabulación es una herramienta de los duelos mal vividos. Como si disfrazar la realidad bastara para negar que los límites existen. Una especie de: “basta que enumere lo magnífica/o que soy, para que el dolor ante la realidad se disipe, o por lo menos, se atarante lo suficiente”. “Ante lo que me es insoportable, basta con que invente. Y todos me van a creer lo que digo, puesto que yo lo digo”. Esa omnipotencia podría ofrecer la fantasía –¿consciente? ¿inconsciente?– De estar protegido ante lo que se vive como un abismo. El abismo de “ya no ser”. Oponer a la amenaza de “ya no ser”, un Yo que estaríamos obligados a inflar todos los días, podría ser una trampa. No sólo para quienes nos aman, sino para una/o misma/o.

Inflar un Yo es una operación continua, desgastante y complicada. Se gasta cantidad de energía. Las palabras se distancian de la necesidad de transmitir contenidos, porque de lo que se trata, sobre todo, es de recrear –en el exceso– el narcisismo perdido. A como de lugar. A esa pérdida cuya intensidad se quiere evitar, se van sumando otras. ¿Por qué hay personas que se alejan? ¿por qué esa zozobra de nunca sentirse lo suficientemente apreciada/o, admirada/o a priori y de manera incondicional? ¿por qué los otros no le pagan lo que no le deben? ¿por qué continúa ese vértigo, esa sensación de caos, ese inmenso vacío? Quizá porque si el duelo nos devora extraviamos nuestra capacidad de amar. El claustro cierra sus puertas. Somos esclavos de una demanda desmedida dirigida a los otros.

El duelo que sí se transita sucede en el vínculo con los seres a quienes amamos. En la oferta de esa caricia, esa escucha, esa empatía que el dolor transforma: la hace más humilde, más cercana, más honda. Tiene que ver con estallar los espejos y buscar una manera bien distinta de amar. Sí, somos incompletos, fallados, mortales, incapaces de decir nuestros indecibles. Y sin embargo… estamos dispuestos a aprender. No sabemos, no, nunca terminaremos de saber, pero con el dolor a cuestas, cuando así sucede, estamos dispuestos a correr los riesgos que nos amenazan, los riesgos que nos salvan. El laberinto de espejos es lo que es: la repetición. La atemporalidad. La interminable chamba del galeote.

Los canallas

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