Opinión

El amor por los libros

Hemos 'culpado' a la televisión del 'abandono' de la lectura | Teresa Priego

  • 06/02/2018
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“Lo imaginario se aloja entre el libro y la lámpara”, Ricardo Piglia.

            Para una niña, para un niño, las palabras son fascinantes. Hay algo que un bebé comprende muy pronto: los otros le hablan. Percibe las modulaciones de la voz, los tonos. Percibe – sobre todo - el deseo de establecer un vínculo con él/ella, que se expresa a través de los cuidados y de las palabras. Muy pronto entiende que él/ella también es capaz de generar sonidos. Un día adquiere y comparte su primera palabra. Luego llega la frase completa. El “yo”, el “tú”, que la antecede. La familia escucha y festeja, responden a esas solicitudes que ya pueden ser verbalizadas. Un inmenso territorio se abre en esa nueva forma de comunicarse. Dice: “mamá”, “papá”. Dice: “agua”, “leche”. Sabe que es nombrado y a su vez, comienza a nombrar. La fuerza de la palabra es toda suya.

            Esa descubierta se traduce en un profundo interés por escuchar historias. Iniciar a los niños en el gusto por escucharlas y contarlas es como deslizarse en un tobogán. Todo momento de convivencia es bueno: en el parque, a la hora del desayuno, en el transporte, antes de ir a dormir. Los niños desde muy pequeños son felices ante sus capacidades de imaginar. Una mira sus caritas atónitas, sus ojitos risueños: “¿El pelícano se llama Teodosio y es tu amigo?”. “Ajá”. “Me saludó cuando estaba en la playa con mis abuelitos”. “¿Qué te dijo?”.  Los niños se lanzan en narraciones interesantísimas de sus aventuras con los personajes que una/o les presenta y muy pronto van creando los suyos.

Amor por las historias

El amor por las historias es el principio del amor por la lectura. Crear una historia les permite no sólo “divertirse”, sino descubrir a qué punto la imaginación es una herramienta para habitar otros mundos y para transmitir sus emociones. “Inventan” personajes en los que con frecuencia proyectan lo que están viviendo:  “El osito llegó a la escuela y unos niños lo molestaron”, “Juanito está contento porque tiene una hermanita, pero quiere que su hermanita se pierda en el bosque porque ya su mamá no tiene tiempo de jugar con él”. No hay juicio alguno que hacer (esto es muy importante), ante las emociones que un/una niña/o nos transmita. Son suyas. En la infancia existen el miedo, los celos, el enojo, la tristeza. Toda la gama de las emociones humanas está ya allí, y también el derecho a verbalizarlas. Narrar el enojo, no es actuarlo. Compartirlo permite aprehenderlo de una manera distinta. Podríamos decir: civilizarlo.

            En la familia y en la escuela llega la lectura, un gran logro en el proceso de autonomía de un ser humano: la descubierta de la palabra escrita. Mundos. Viajes. Aventuras. Ahora puede conquistar a solas con su libro, las historias que antes le eran narradas. Ahora puede leer su cuento antes de dormir. Puede atravesar los mares, subirse a una nave espacial, pasearse entre personajes con experiencias cotidianas ajenas a las suyas y con los que muchas veces irá construyendo identificaciones.

La lectura es un logro tan importante, que una tendería a suponer que lo “espontáneo” en los seres humanos (como consecuencia de la importancia de las palabras), sería la pasión por la lectura cuando se tiene la posibilidad de acceder a los libros y no se vive en una cultura de sólo tradición oral.


            Algo pasa en el camino. Hemos “culpado” a la televisión, ahora a los distintos aparatos tecnológicos del “abandono” de la lectura. Pero esa realidad estaba presente desde mucho antes. ¿Por qué? Me ha dado la impresión a lo largo de los años de que el parteaguas entre el amor por las historias escritas y la indiferencia ante ellas, puede tener que ver con que en algún momento pasamos del gusto, de la curiosidad, del anhelo, a la obligación. “Tienes que leer”. “¿Por qué no lees?” He llegado a escuchar que se intenta forzar a los niños a sus “dos horas diarias de lectura”. Dicho así, leer ya no es convertirse en una pequeña exploradora que se interna más allá de las fronteras de su realidad para aprender otras realidades. Leer ya no es un placer, una experiencia lúdica. Leer se convierte en una exigencia que viene del exterior. En una monserga. Si leer es una monserga, mejor ver la televisión.

Los Aluxes

            Hay una lamparita sobre el buró junto a la cama del niño. Al lado está su libro. “¿Qué has leído?”, podemos preguntarle. “¿Eso le pasó al personaje? Es muy interesante”. Los integrantes de la familia comparten sus lecturas. Comentan. Se arman debates. Oliver Twist habita la casa. “¿Comía sólo un mendrugo de pan?” “Sí, ¿sabes por qué es importante ponerte atrás en la cola y que te toque el fondo de la sopa?” “¿Por qué?”. Recuerdo las fascinantes historias de mi padre cuando era niña. Los Aluxes (duendes mayas), eran sus personajes preferidos. En las carreteras mientras manejaba de regreso del campo, de la playa, los cuatro hermanos nos arrebatábamos la palabra para abundar en: “Las tan tremendas aventuras de los Aluxes, seres fantásticos que no son de este mundo”. Mi padre hacía un silencio solemne y nos decía: “Y sin embargo, lo habitan”. Enunciada esa introducción, siempre la misma, nos tocaba ir hilando las historias.

            Hay un vínculo íntimo y hondo entre el amor a las palabras y el amor a la lectura. Un vínculo que se construye en distintos niveles.

Para amar las palabras un/una niña/niño tiene que saber que tiene derecho a expresarse con ellas.


No son vacías, no son vanas: significan. Tiene que saber que los juegos de su imaginación encuentran un espacio de escucha. Los libros con bellos contenidos son objetos bellos. Tiene que saber que su imaginación, sus sueños despierto y dormido encuentran espacios de acogida. ¿Quién que vive la lectura como un deseo propio y no como un imperativo externo, podría no apreciar la lectura. La imaginación. La posibilidad de crear. “Los Aluxes son seres que no son de este mundo. Y sin embargo, lo habitan”.

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