Opinión

Edomex: según el sapo, es la pedrada

El voto a Zepeda sólo benefició al PRI.

  • 12/06/2017
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Recordarán los lectores mi columna previa a la jornada electoral del 4 de junio, en la que indicaba que Delfina conseguiría llevarse la gubernatura mexiquense si las redes clientelares priistas se debilitaban y la posibilidad cierta de desalojar a un gobierno corrupto e incapaz animaba a los perredistas a decantarse por el voto útil en vez de desperdiciar su papeleta para apuntalar al PRI. Fui demasiado optimista.

En primer lugar, porque el PRI, a pesar de contar con un gobierno que alimentó algunos de los peores resultados de toda la república en seguridad y pobreza, fue muy consciente de que perder el Edomex supondría la implosión de su red clientelar, convenientemente engrasada con el botín de más de 250 mil millones de pesos que maneja el gobierno del Estado (y esto sin contar la lluvia de recursos federales y todo lo que se sacan vía contratos con empresas privadas como la española OHL, cuyas acciones subieron un 7 por ciento al conocerse la victoria priista).

Yo creo que nunca se había visto en la etapa democrática reciente del país una elección en la que un contendiente abusara de forma tan obscena de los recursos públicos y se jactara de ganar con quizás el porcentaje de apoyo popular más bajo recibido por un gobernador constitucional (34 por ciento del voto). De igual forma, ¿alguien ha escuchado a algún insigne priista congraciarse porque la victoria en el Edomex era consecuencia de sus mejores programas o propuestas? Para qué. El priismo sabe que las redes clientelares funcionan en contextos de alta pobreza y baja participación, porque es en ellos donde el dinero público hace la diferencia. Como en esta ocasión se jugaban la supervivencia, el cañonazo monetario fue tan ruidoso que anticipo decenas de trabajos académicos y periodísticos que esta vez sí podrán seguir el visible rastro del dinero.

Pero había una segunda condición necesaria para que se diera la alternancia: que los votantes perredistas prefirieran dar su voto al único candidato de izquierdas con opciones de victoria (Delfina) frente al riesgo de ayudar a la victoria del PRI si votaban por su primera preferencia (Zepeda). En la jerga matemática, esto se conoce como tener un orden de preferencias transitivo, por el cual si el votante es de izquierdas y tiende a identificarse con el PRD, preferirá obviamente a Zepeda sobre Delfina, y a esta sobre Del Mazo y Josefina. Pero si la elección es de mayoría relativa (gana el candidato con más votos sin segunda vuelta), y el votante sabe que su candidato va tercero o cuarto en las encuestas, entonces debería preferir el voto útil a favor del candidato de izquierdas mejor posicionado en las encuestas porque si no, corre el riesgo de acabar con un peor resultado, como es el gobierno de la derecha.

Habrá que esperar a los análisis de transferencias de votos entre partidos, pero todo parece indicar que las transferencias dentro de la derecha (del PAN al PRI) pudieron ser más relevantes que las transferencias entre los partidos de izquierdas. Catapultado por una buena campaña mediática y por el músculo organizativo del PRD en sus reductos del oriente, Zepeda acabó con un impensable 18 por ciento de votos, casi el mismo millón de votantes que eligió la papeleta de Alejandro Encinas en 2011. Hay que reconocer el esfuerzo numantino del PRD en el Edomex para seguir resistiendo como organización, sobre todo en Ciudad Neza, en cuyos distritos el PRD únicamente pudo batir a Morena. Pero ese esfuerzo inútil ha ayudado a garantizar seis años más de peñanietismo, y no está claro que les sirva para resistir al crecimiento de su rival en la izquierda. A medio plazo, el PRD mexiquense o busca la fusión, o quedará como un partido local alimentado por el presupuesto priista.  

Habrá quien piense que tanta culpa (o más) tiene AMLO de que no saliera la alianza de izquierdas en el Edomex y seguramente tiene parte de razón. AMLO, al igual que Zepeda (si bien este por otras razones), estaba más pensando en 2018 que en derrotar al priismo mexiquense. El gran éxito del tercer intento de AMLO por conquistar la presidencia yace por ahora en su capacidad y clarividencia para romper con el PRD en un momento crítico (el del Pacto por México) y crear de la nada un nuevo instituto político que en menos de tres años se ha convertido en el candidato a batir. Fue precisamente ese esfuerzo por caminar solo, sin aliarse con partidos “contaminados”, lo que ha apuntalado su imagen como referente ejemplar de la izquierda, sin ataduras con las famosas tribus que pueblan el menguante espacio perredista. Sin buscar alianzas, MORENA ha conseguido ser cada vez más competitivo en elecciones para gobernador. Por ejemplo, mientras que en 2016, los candidatos del partido sólo igualaron (o mejoraron) en Veracruz y Zacatecas los números de AMLO en la presidencial de 2012, en las recientes elecciones tanto Coahuila como el Edomex han ofrecido apoyos a MORENA muy por encima de lo conseguido en 2012. Esto quiere decir que incluso en elecciones donde MORENA no se encuentra entre los punteros, está arrastrando el voto tradicional del PRD y movilizando ciudadanos que tradicionalmente no votaban.  

Y este es el gran dilema de AMLO: si caminar solo y arriesgarse a ganar la elección sin alianzas pero sin que le acusen de asumir la herencia perredista; o si negociar con un maltrecho PRD para romper el techo histórico de la izquierda, pero con la pesada losa de la mala reputación de ese partido. Si lo primero, AMLO cree que con la combinación de cargadas individuales y movilización de nuevos votantes (sobre todo en zonas de alta concentración poblacional) le alcanzará para el 35 por ciento, que parece suficiente para llevarse la próxima elección. Si lo segundo, AMLO tendría que reconocer que su candidatura no es capaz de arrastrar a todos los votantes de otros partidos de izquierdas si sus dirigencias no la apoyan, y en consecuencia para maximizar las probabilidades de victoria le tocaría diluir sus proclamas ejemplarizantes. A día de hoy, AMLO prefiere la primera opción, sobre todo hasta que se resuelvan los líos internos en el PAN y el PRD. Pero quién sabe si en un hipotético escenario con un puntero concertado por PRI y PAN, no necesite los votos del PRD para evitar otra dulce derrota como la vivida el 4 de junio en el Estado de México.