Edomex: llegó la hora del cambio

Si un impoluto marciano se aterrizara entre nosotros mañana mismo, e interesado por la próxima elección de gobernador al Estado de México preguntara por los pronósticos demoscópicos, seguramente se quedaría ojiplático al saber que todavía hay alrededor de un 30 por ciento de ciudadanos que manifiestan abiertamente estar dispuestos a dar su voto al candidato del partido que ha generado unos niveles escandalosos de corrupción, inseguridad (con el dudoso honor de encabezar la lista de feminicidios) y pobreza relativa. Tras décadas del gobierno priista en el Estado, el PRI lejos de intentar la carta reformista que infructuosamente empleó hace seis años con el entonces alcalde de Toluca, Eruviel Ávila, esta vez ha optado por un abanderado cuya principal divisa es “que nadie nos toque el botín”, y cuyo principal activo político es su genealogía. En esas condiciones, preguntaría el amigo marciano, ¿cómo es posible que el candidato genealógico tenga alguna posibilidad de vencer? La respuesta es sencilla: por el clientelismo a todo meter y por la división de la izquierda. Vamos por partes.

Es el ABC del estudio de la política que aquellos gobiernos que tienen mala gestión han de ser penalizados en las urnas por los votantes insatisfechos. En sistemas presidencialistas, esto es relativamente sencillo, porque los partidos apenas tienen que negociar con otras fuerzas para sacar adelante sus programas políticos. En el caso del Edomex, el PRI junto con sus satélites cuenta con una cómoda mayoría en el congreso local. Así, la atribución de responsabilidad por el desastre priista en el estado debería caer en la cuenta de resultados de Del Mazo Tercero.

Admitamos que hay algunas excepciones a este argumento general. En primer lugar, es posible que el candidato oficialista traiga buenas ideas y a su vez los candidatos alternativos sean pésimos. Creo que sólo los más fanáticos priistas estarían dispuestos a reconocer que este es el caso de la elección en el Edomex: con dos rivales como Juan Zepeda (Ciudad Neza) y Delfina Gómez (Texcoco) no sólo reconocidos por su buena gestión sino también por tener biografías comunes alejadas del circuito endogámico de los hijos del privilegio, no hay duda de que el currículo del candidato priista palidece ante el de sus opositores.

En segundo lugar, se suele decir aquello de “más vale el malo conocido que el bueno por conocer” para evitar un cambio incierto. Las derrotas estatales del PRI suelen generar crisis de deuda y seguridad, como estamos viendo en Veracruz y Chihuahua. Pero es difícil imaginarse que Delfina adopte medidas que atemoricen al electorado durante los meses que restan hasta la elección federal de 2018, cuando se renovará el congreso local ahora controlado por el priismo. Cabe imaginar que el priismo del Edomex aguante hasta el 2018 sin romperse, a la espera de mantener el control del presupuesto local. Pero si pierden su mayoría, sin el gobierno del estado ni la presidencia, el PRI acabará colapsando y habrá cargada hacia Morena (los que sean de izquierdas) y PAN (los que estén con el prianismo).

La excepción final que podría explicar cómo un partido con unos resultados tan pobres aspira a ganar la elección es el reparto de bienes clientelares (tinacos, monederos, refrigeradores, etc.) a cambio del voto de mexiquenses con pocos recursos, así como el uso del censo de beneficiarios de programas públicos para amenazarles con ser retirados del mismo si el candidato oficialista no gana con holgura en su mesa electoral. A pesar de que son prácticas habituales, no está de más recordar que la única forma de acabar con ese círculo vicioso de pobreza y clientelismo es sacando del gobierno a los que abiertamente lo preconizan (imagínense la gestión que Del Mazo Tercero daría al supuesto “salario rosa para amas de casa”, auténtico artefacto clientelar). No es seguro que Delfina pueda zafarse de esta trampa. Pero al menos habrá sido elegida para ello, para mejorar la educación y la sanidad públicas, y para crear programas universales cuya membrecía no dependa de las exigencias clientelares de los partidos. Para eso y para introducir una dosis (incluso si fuera pequeña superaría fácilmente lo presente) de moralidad en la política del Estado de México.

La segunda ventaja del PRI es la división de la izquierda. A estas alturas de la campaña, la izquierda tendría una más que cómoda ventaja si todos los candidatos de partidos que se identifican como tal hubieran declinado a favor del abanderado mejor colocado en las encuestas. Pero esto no ha ocurrido. Tan sólo el minúsculo PT ha pedido el voto para Delfina, y quién sabe si el dos por ciento de votos que mueve este partido no será decisivo para el resultado final. El PRD optó por posicionar a un joven exalcalde de Ciudad Nezahualcóyotl que aparentemente no trae cola y está obteniendo magníficos resultados durante la campaña. Zepeda podría haber soñado con la gubernatura si Anaya hubiera logrado la indecorosa declinación de Josefina (y a cambio aquel habría podido evitar el triunfo de Delfina), pero tras caerse esa alianza, Zepeda parece empecinado a cumplir el objetivo de los que le promovieron, que no es otro que evitar el triunfo de Delfina (o dicha de otra forma: ayudar a la supervivencia del sol azteca y de rebote, del tricolor).

Es esta una jugada arriesgada. Si el PRI vence la elección, el PRD tendrá oxígeno presupuestario para sobrevivir una elección más en el Estado y quizás Zepeda pueda entrar en la pelea por la candidatura presidencial de su partido. Pero si Morena se apunta el Edomex, la posición de Zepeda será muy débil y tendrá que adelantarse a la cargada si quiere que le toque un buen huesito. AMLO, por su parte, tampoco lo ha puesto fácil, ya que quiere declinaciones gratuitas ahora, a cambio de ventajas futuras si logra la presidencia. Largo me lo fiáis, amigo AMLO. Quizás Delfina habría demostrado más pantalones si hubiera ofrecido por su cuenta a Zepeda declinar a cambio de una posición relevante en su gabinete. Sin ese atrevimiento, todas sus expectativas están en que funcione la estrategia del patrón de “o conmigo o con la mafia”.

Queda menos de una semana para la crucial elección a gobernador en el Edomex. El PRI tiene a su favor el dinero público y la división de la izquierda, mientras que Delfina cuenta con el hastío generalizado frente al nuevo priismo y la ilusión generada, sobre todo entre las capas más populares, por un proyecto que pone el acento fuertemente sobre la honestidad y la ejemplaridad públicas. A nuestro marciano impoluto le quedó claro: llegó la hora del cambio. 




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