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Zabbaleen, los herederos de "La Ciudad de la Basura"

En El Cairo, Egipto, se ubica uno de los asentamientos marginales más grandes del mundo con los desechos como su fuente de ingreso

  • REDACCIÓN
  • 28/07/2018
  • 00:00 hrs
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Zabbaleen, los herederos de La Ciudad de la Basura
Zabbaleen, los herederos de "La Ciudad de la Basura" (Foto Especial)

Manshiyat Nasser, o como se le conoce más popularmente, la ciudad de la basura, "es un asentamiento de barrios marginales con una población de alrededor de 60 mil habitantes en las afueras de las colinas de Moqattam, dentro del extenso área metropolitana de El Cairo.

El pueblo se destaca por tener casi todos los espacios cubiertos de basura, incluidas las calles y los tejados del asentamiento. Estas pilas de basura son el resultado de que el área metropolitana de El Cairo nunca ha establecido un sistema eficiente de recolección de basura, a pesar de tener una población de casi 20 millones de personas.

Los habitantes de Manshiyat Nasser, en su mayoría cristianos coptos, han llenado este vacío durante los últimos 70 años. Estos recolectores de basura informales, llamados Zabbaleen o "personas de basura", recogen la basura de los residentes de El Cairo en un servicio puerta a puerta por una pequeña tarifa y luego la transportan en carros tirados por burros o camionetas hasta sus casas en Manshiyat Nasser.

Una vez en casa, clasifican la basura en busca de material reciclable. La recolección de la basura es tradicionalmente el trabajo de los hombres, mientras que las mujeres y los niños clasifican la basura.

Los zabbaleen viven casi exclusivamente de la venta de los desechos reciclados. Cada material se somete a un proceso industrial diferente en los hornos y prensas especializadas distribuidos por el barrio.

De ahí sale materia prima que abastece a las fábricas egipcias e incluso extranjeras. Por ejemplo, después de convertir en polvo el PVC de las botellas de agua y refrescos, lo exportan a China. Además, con el material que no pueden transformar, realizan objetos de artesanía.

La comunidad Zabbaleen forma una especie de gran familia, con una clara división del trabajo. Todo el mundo participa en el reciclaje. Al amanecer, los chicos jóvenes pasan casa por casa a recoger la basura; las mujeres y niños la separan en una docena de materiales diferentes; y los hombres, en los talleres, la transforman en materia prima.

“En la escuela, mis hijos no dicen dónde viven. Para ellos es un estigma. Un día me dijeron que haber nacido aquí es un pecado que no se puede purgar en vida”, cuenta con dolor Mariana, de 35 años y madre de tres hijos.

A pesar de que su labor es imprescindible para una megalópolis como El Cairo, las instituciones públicas no les abonan ni un céntimo. Y las comunidades de vecinos, tan sólo una cifra simbólica: unos 50 céntimos de euro al mes por edificio. Actualmente, se calcula que los zabbaleen recogen más de la mitad de los residuos de la capital egipcia.

Desde 2003, del resto se encargan tres multinacionales extranjeras, una de ellas la española Urbaser.

La voluntad del Gobierno de imitar el modelo occidental, y de hacer desaparecer a los zabbaleen de algunas zonas de la capital, le cuesta al erario público unos 40 millones de euros anuales.

Los contratos expiran en 2017, y la experiencia cala con dificultad. Los vecinos prefieren a los zabbaleen, que recogen la basura a domicilio, a las empresas, que les obligan a depositar la basura en contenedores.

La comunidad de Zabbaleen (basureros) está formada por cristianos llegados hace siete décadas del Alto Egipto.

JERARQUÍAS

Los sueldos los decide la comunidad y varían en función del puesto que cada uno ocupa en la cadena de producción. Los adolescentes, que deben cargar en sus espaldas sacos más voluminosos que sus propios cuerpos, ganan unas 800 libras al mes (100 euros), una remuneración parecida a la de las mujeres.

El trabajador de un horno se saca unas 1,100 libras al mes (135 euros), una cantidad sensiblemente inferior a las 1,500 libras de sueldo medio de un obrero no cualificado en una fábrica.

“A pesar de que me levanto cada día a las cinco de la madrugada y mi jornada es de unas 12 horas, apenas me da para vivir y para mantener a mis cuatro hermanos pequeños. Los otros siete ya están casados y son autosuficientes”, cuenta Camille, un hombre de 38 años. Su empleo consiste en fundir latas para convertirlas en moldes de aluminio, y su horno es un solar cercado por unas paredes descuajeringadas.

Su empleo consiste en fundir latas para convertirlas en moldes de aluminio, y su horno es un solar cercado por unas paredes descuajeringadas.

Dentro, los envases de refrescos se amontonan por el suelo desordenadamente, formando pequeñas pilas. Cerca de la puerta, Youssef remueve el fuego con un palo. “Lo peor es el verano. Aquí superamos los 50 grados”, exclama.

La media docena de operarios no lleva ningún tipo de protección, más allá de camisetas ennegrecidas, tejanos gastados y chancletas. Cualquier normativa de protección laboral aquí suena a quimera.

En los callejones estrechos y sin asfaltar, apenas penetra el sol. Haciendo gala de su apodo, la basura es ubicua, ya sea esparcida por las calles o apilada en enormes sacos de más de dos metros de largo.

Como un vecino más, pequeñas manadas de cabras pasean tranquilamente por las calles sin otra guía que su instinto en la búsqueda de desechos orgánicos entre las bolsas rotas.

Completan la fauna del lugar gallinas, algún cerdo bien escondido y moscas. Millones de moscas. Ante falta de espacio, animales y seres humanos comparten a menudo un mismo techo.

Además, muchos edificios han convertido sus tejados en granjas. Se calcula que en el barrio viven hacinadas cerca de un millón de personas.

El principal eje de la vida social del barrio es la catedral de San Simón el Curtidor, considerada la mayor de Oriente Próximo.

Para romper la triste bicromía del cemento y el rojizo de los ladrillos sucios, algunos vecinos han decorado sus balcones con coloridas representaciones de Jesucristo, la Virgen y el patriarca copto.

Y es que el 90% de los zabbaleen son devotos cristianos llegados hace siete décadas del Alto Egipto huyendo de la pobreza rural. Sin educación ni dinero, no les quedó más remedio que dedicarse a la recogida de la basura, un servicio mal cubierto en una ciudad en plena explosión demográfica.

Los signos de su religiosidad son omnipresentes, en los pósteres descoloridos de Jesucristo que adornan portales y cafés, en las maquetas de iglesias colgadas de las ventanas o incluso en la piel.

El principal eje de la vida social del barrio es la catedral de San Simón el Curtidor. Con aforo para unos 20,000 fieles, está considerada la mayor iglesia de Oriente Próximo.

Situada a los pies de la Mukatam, una colina convertida en refugio urbano de familias de clase media-alta huyendo del caos y el ruido de El Cairo, la Ciudad de la basura constituye una vergüenza para muchos cairotas. Una especie de cloaca al aire libre de una capital orgullosa de su pasado.

Aunque no es una zona insegura, es difícil encontrar un taxista que quiera adentrarse en el abigarrado vecindario. A pesar de sus acuciantes necesidades, los servicios públicos brillan por su ausencia en la zona.

Aquí no hay conflictos entre cristianos y musulmanes. Todos tenemos los mismos problemas, la misma miseria”.

SALIR DE LA CIUDAD DE LA BASURA

“Una de nuestras principales peticiones al Gobierno es un instituto de secundaria para chicas. Es peligroso que tengan que desplazarse lejos, sobre todo en invierno, cuando cae la noche”, asegura Greis, un anciano tocado con un turbante gris. Los zabbaleen conceden mucha importancia a la educación de los hijos, pues confían en que así podrán escapar de la pobreza.

“Sin embargo, la tasa de escolarización ha caído durante los últimos años, como consecuencia del deterioro de su situación económica”, declara Mohamed Ismail, de la ONG Spirit of Youth, muy activa en el barrio. A pesar del enorme riesgo de incendios, no hay ninguna estación de bomberos. Tampoco ningún hospital público.

“Una clínica nos hace mucha falta. La gente, y sobre todo las criaturas, cae enferma muy a menudo entre tanta porquería y virus”, se queja Morice, un anciano. Sentado a su lado, Greis añade: “Hay una pequeña clínica que abrió una monja belga hace más de treinta años. Se llamaba Manuela. Pero el servicio es malo, y encima tenemos que pagar”.

Además de las bacterias, también son habituales las enfermedades en los pulmones provocadas por la polución. El aire que se respira en el arrabal no sólo es pestilente, sino también muy denso. Por si las condiciones de higiene no fueran ya de por sí paupérrimas, en el barrio no hay agua corriente. “Para nosotras, las mujeres, la falta de agua es una pesadilla.

Sin perspectivas de futuro, los que pueden piensan en emigrar a Occidente. Dos de los tres hijos de Eyad han hecho varias entrevistas en la Embajada de EE UU para conseguir un visado. En cambio, Camille no considera que la solución pase por abandonar Egipto: “No queremos marcharnos, y tampoco sería práctico. ¿Acaso nos van a aceptar a todos? ¿Y qué pasa con los que se quedan?”.