Redes sociales vs Impunidad

Las redes sociales se han convertido en México en un instrumento útil para la exposición pública de los abusos de poder perpetrados por algunos funcionarios públicos o sus familiares, así como para exhibir la prepotencia de algunos particulares.

MAURICIO FARAH GEBARA 07/06/2013 05:00 a.m.


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 La época digital que vivimos actualmente ha desterrado casi por completo el anonimato. En este mundo lleno de celulares con dispositivos de video y audio integrados, y donde también abundan las cámaras de vigilancia, las posibilidades de que poderosos sean captados cometiendo alguna arbitrariedad son cada vez más grandes.
 
Hoy, cualquier persona puede convertirse en reportero en cosa de segundos. La insolencia de algunos, aunada a la inmensa importancia que han venido adquiriendo las redes sociales en internet, provoca que puedan suscitarse video-escándalos prácticamente todos los días.
 
Obviamente, esto tiene también algunas consecuencias discutibles en lo que concierne al derecho a la privacidad de los particulares, pero también da lugar a que cualquier persona pueda exhibir a los políticos cuando se hacen evidentes extravagancias injustificables, cometidas al amparo del cargo público, forzándolos a enfrentar la responsabilidad por sus acciones.
 
Los recientes video-escándalos en nuestro país llamaron la atención del prestigioso semanario británico The Economist, que en su página web publicó un interesante comentario sobre la creciente penetración de las redes sociales en México. Nos informa esta revista que el incremento de usuarios de Twitter en nuestro país es proporcionalmente mayor al que registra Estados Unidos.
 
Asimismo, destaca que la denuncia pública de la prepotencia y de los excesos de personajes influyentes sugiere que algo positivo está pasando en México, una nación que, a pesar de algunas mejoras, todavía tiene una de las mayores brechas entre ricos y pobres en América Latina: “el público está cada vez más harto del retorcido sentido del derecho del que abusan algunos miembros de las clases privilegiadas”, comenta, y con razón, el artículo.

La sociedad cuenta hoy con más herramientas para combatir la impunidad y eso, sin duda, debemos festejarlo, pero sin dejar de hacer una reflexión sobre el impacto real que las redes sociales tienen sobre nuestro sistema de vida.
 
Muchos especialistas en el fenómeno de las redes sociales subrayan su potencial para contribuir al robustecimiento de los regímenes democráticos, al constituir espacios abiertos y muy incluyentes de deliberación y rendición de cuentas, y no sólo porque en ellas se hagan públicos atropellos y abusos. Llaman a las redes sociales “modernas ágoras de la democracia deliberativa posmoderna”.
 
Diversas experiencias internacionales como la de los indignados en España, la Primavera Árabe y ahora las manifestaciones en Turquía, confirman a las redes sociales como una nueva posibilidad de ejercer una política de participación directa, de impulsar el derecho de expresión y promocionar el acceso a la información.
 
En México, más allá de los escándalos de los Gentlemen y las Ladies, el activismo en redes sociales ha coadyuvado en casos de movilización social trascendentales como la promoción del voto nulo en la elección de 2009 o el incremento de la presión social para que no caigan en el olvido casos que han agraviado a la sociedad, como fue la tragedia en la guardería ABC de Hermosillo.
 
Sin embargo, no podemos cegarnos ante las posibles consecuencias negativas que puede tener el confiar excesivamente en la idea de que basta con el activismo en las redes sociales para perfeccionar a la democracia.
 
Muchos “cyber-utópicos” depositan sus esperanzas en la eficacia de los medios digitales para desafiar y obligar a abrirse al sistema político. Adjudican al Twitter y al Facebook cualidades casi mágicas, capaces de derrotar por sí mismas las marañas de intereses creados y resolver los problemas del país a base de subir un buen Hashtag, crear un trending topic o poner likes a diestra y siniestra.
 
La realidad es que el mero activismo digital crea lazos muy débiles y, por lo general, efímeros, carentes de capacidad real para alterar por sí mismas las relaciones de poder.
 
Las redes sociales no bastan para desarrollar los procesos de negociación y de consensos que precisa una toma de decisiones política genuinamente trascendente. Y en lo que respecta a la exhibición de arbitrariedades, cabe esperar que éstas no se queden únicamente en el desahogo y den paso a una crítica social y política de mayor alcance y consistencia.
 
Es cierto que el ciberespacio equivale hoy a la plaza pública virtual, en donde es posible socializar los problemas colectivos, pero por sí mismo, el Internet no favorece a los oprimidos ni constituye una comunidad democrática uniformada y homogénea.
 
Bien que exista y se multipliquen  las redes sociales, que abonen a la libertad de expresión, a un mayor acceso a la información y a combatir la impunidad. No hay que perder de vista, sin embargo, que dichas redes no son una alternativa a la intermediación entre gobernantes y gobernados.
                                                 
Twitter @mfarahg 

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