YOSOITU

Un hombre, una esposa, una amante

“Hombres y mujeres hablan, viven en un mundo de discurso, eso lo que es determinante. Las modalidades del amor son ultrasensibles a la cultura ambiente. Cada civilización se distingue por el modo en que estructura su relación entre los sexos”. Jacques Miller.

  • MARÍA TERESA PRIEGO-BROCA
  • 18/03/2014
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Un hombre, una esposa, una amante
El rutero escucha Tu gran señora de Jenny Rivera, imposible no escucharla hasta el último as(l)iento: “De mujer a mujer… tienes que entender, "lo que es mío es mío, y no voy a soltarlo”. ¿Habla del sofá, o de un vestido en rebaja? Creo que se trata de “amor”, podría jurar que el objeto en litigio es un hombre. La protagonista es “su señora y tiene  “honor”. La antagonista, “lo atarantó”, “se le acomoda”, una descerebrada con “cuerpo sin estrías”. 
Esposa legítima e institucional, amante  marginal y prohibida. La no tan bonita/la bonita. Inteligente/ frívola. Una es decente, la Otra trae alma de arrabal. Los atributos de una femineidad estereotipada, partida–con sutileza de cimitarra- se reparten. El hombre dispensa los bienes, único capaz de ofrecer vida humana a esas furias en pugna. Parecería que el ring se organiza en su honor. Quizá sólo “pareciera”.
 “La música gastronómica es un producto industrial que no persigue ninguna intención artística, sino la satisfacción de la demanda del mercado”, escribió Umberto Eco en “apocalípticos e integrados”. “Canción de consumo”. Emociones peladitas y en la boca, representaciones de femeninos/masculinos deshumanizados. La vertiente musical de la  Una y  la Otra, responde a un público, y genera un público. Participa en la creación de identidades, abona en eso que podríamos llamar: nuestra educación sentimental.
“La esposa y la estúpida”, de Rivera: “Eres su amante,  qué poco te valoras… no dejo de ser su esposa, porque tú como las golfas… y si a mí me dio su nombre… soy la dueña de ese hombre”.  Extraño nuestra párvula boca. Él no sale ni arañadito, junto a esos narcisismos femeninos diezmados, que intentan  resarcirse en el aniquilamiento simbólico de otra. 
 Los triángulos amorosos/sexuales existen, pero ¿qué hacemos con la realidad? ¿Cuáles son esos "papeles" envilecedores, que se imponen en el revolcadero hembrista? Querida socia, de Rivera: ”Compartimos las dos al mismo hombre, tu eres la noviecita, la recatadita, yo la amante sin nombre.. cómo ves si cerramos el trato y en la última cláusula le aumentamos tantito: tú le lavas la ropa, pero yo se la quito.”
Los seres humanos anhelamos ser elegidos, amados, pero en ciertos discursos el deseo de ser elegida constituye para una mujer un imperativo de vida o muerte. Vivir amenazadas: abandono, desamor, estrías. Si eres la recatadita, sigue la anorgasmia. Si eres la amante,  ardes innombrable. La femineidad alienada en su relación con el otro.
Vivimos fallados, es la condición humana, acá parecería que los hombres son completitos, y nosotras falladísimas. Dependemos de ellos, no por sin-razones de ternuras y amores, sino porque nacimos con el síndrome de la rémora. Portadoras del apellido paterno feminizado (en sentido peyorativo) a menos que alguien llegue a rescatarnos. En ese discurso de mujeres denigradas y virilidades rampantes, ¿qué mujer sería capaz de sustentar los contenidos simbólicos de un nombre propio? 
 Banquells: “Gata en celo tras él”. Pimpinela: “Vestida de princesa…que recoja tu mesa, lave tu ropa y todas tus miserias”. Rubio: “Una leona en celo…morir o matar”. María José: “tengo sus noches y su pasión…tu eres rutina…yo soy la otra… de ti ya está aburrido”. Ellas no se “aburren”. Qué curioso.
El desgreñadero, “liberadas”, y falócratas, como si no se nos ocurriera otra cosa. ¿El protagonista? Casi una víctima. “Perseguido”, “atrapado”, “atarantado”. “Su dueña”. Tantito más y estas mujeres se pelean por un muñeco cumplidor de funciones, bajo esa apariencia de completud hiper fálica. El triángulo de las Bermudas: desaparece la profundidad humana de cada una de las partes, y emergen en calidad de estampitas.
El amor se pelea a dentelladas. Él no elige, anda catatónico. Te casas, y a lavar  ropa convertida en leona letárgica, posees el título de propiedad de “tu” hombre, pero no el usufructo. Así de libre, esperanzador y romántico. En el fondo de la rivalidad, está el dolor, la calle de la amargura. El hembrismo re-crea al macho, ¿y qué es un macho sino un hombre avergonzado de su masculinidad? Esta canción de consumo atiza con todo la rivalidad entre mujeres, y  el malentendido entre los sexos. 
La misoginia entre mujeres es un boomerang. ¿Cuál es el imaginario objeto en tan feroz litigio? ¿Un hombre, o la inaprensible femineidad misma?  ¿Ganársela a la otra mujer? ¿Cómo para qué exactamente?.
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@Marteresapriego