YOSOITU

Sentimentalismo navideño

Entre tanto movimiento, trabajo y discusiones políticas y politiqueras, ni siquiera me había fijado que estamos a unos días para la Navidad y otros cuantos para empezar el 2014. 

  • VICTORIA VITAL
  • 23/12/2013
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No lo había notado hasta ayer que me di una vuelta por la Grande Epicerie de Paris: imagínate un supermercado donde el agua se vende en botellas de vidrio con piedritas incrustadas, los chocolates en cajas de latón ultradecoradas con temas navideños, la champagne en estuches de lujo para regalar, y el jamón se degusta con una copa de vino y pan recién horneado. Así se vende la elegancia en París, con envolturas de papel de china color pastel, moños dorados y bolsas de papel brillosas... Y es que el lujo del norte global (parisino) se vende así: inalcanzable, polarizado y arrogante. No basta con comprar el mandado, il faut avoir du style.
Justo a un lado se encuentra Le Bon Marché, un mall subido de tono, es decir, los regalos navideños los venden Gucci, Louis Vuitton, Cartier y los grandes diseñadores del mundo; ropa y accesorios con precios de dos mil euros pa´rriba. “Cuando te conviertas en líder de algún sindicato mexicano, venimos”, me dijo la vocecita que me acompañaba, mientras veía a los pequeños niños franceses embelesados con las grandes vitrinas de los centros comerciales. Todos sonríen y se sacan fotos, mientras pienso en los niños de mi país, para quienes la Navidad no existe como tal. Las nuevas generaciones de acá, serán distintas a las de allá. Mientras unas trabajarán allá, otras disfrutarán de su trabajo mal pagado acá. Y es que aunque el sur global sigue ganando terreno, el norte global sigue imponiéndose con sus brillos inalcanzables. Puse una cara de tristeza y hasta de  enojo. “Pero qué tal acaban de vender nuestro petróleo, wey” me dijo otra vez la vocecita que me acompañaba. Y si no lo hubieran “vendido”, ¿hubieran cambiado las cosas? Tampoco lo sé... Lázaro lo expropió y ¿a quién le hizo justicia? A nadie, pienso. Los más de 50 millones de pobres quedan. Otros millones más de otras naciones se suman a la lista de los que nada tienen, mientras los ricos se hacen más ricos. “Entonces wey, sigues adorando a tu partido tricolor y a tu presidente ¿o qué? ¡están cabrones!”, volvió a reprocharme mi vocecita. No lo sé, en verdad ya no lo sé... Tampoco sé si sea  suficiente dejar mis estudios y unirme a los plantones y las marchas. ¿Para qué? ¿Quiénes son los líderes de esa “resistencia”? Los mismos que casi te hacen chillar con sus discursos cargados de sentimentalismo petrolero pero que bien cobrarán su ‘aguinaldote’ y su súper bono navideño. No sé qué decir, no sé qué hacer... ¿Será que es cierto que la rebeldía se corre entre las arrugas de la edad y el cinismo se acumula con los kilitos en las caderas? Sólo sé que duele y que da rabia observar la gran brecha entre la riqueza desfachatada que come, bebe y compra, y la pobreza ensordecida e invisibilizada.
 
A veces me pregunto ¿qué nos queda? Supongo que la fe. No la palabra que se imprime en tarjetas navideñas y adorna la publicidad de la temporada. Tampoco me refiero a la fe en el sentido religioso. Más bien, en el sentido de que cada año representa una nueva oportunidad para todos, para reflexionar hacia dónde vamos y qué queremos. Sí, la fe y la confianza en que las mentadas reformas estructurales  funcionarán, porque por eso les di mi voto, para mover a México. Sin embargo, sé que la fe no lo es todo y que me toca una parte de responsabilidad en este proceso de transformación. Los franceses pagan muchos impuestos, sí e incluso demasiados. Se quejan mucho, sí... ¡también demasiado! Pero saben, tienen buena educación pública y excelentes servicios de salud. Cuesta y duele pero vale la pena. Cierto, no voy a salir a las marchas y plantones, pero pagaré esos impuestos extras que vienen los años siguientes para que las generaciones venideras tengan un mejor futuro. Estamos en una encrucijada, es ahora o nunca.

Mover a México nos va a doler a todos, pero estoy segura de que será en favor de los que menos tienen y de los que vienen. Esa es mi apuesta, en eso confío, y en eso tengo fe.