YOSOITU

La escritura de "El Amante"

“Nunca he escrito creyendo hacerlo. Nunca he amado creyendo amar, nunca he hecho nada sino esperar ante una puerta cerrada”, Duras.

  • MARÍA TERESA PRIEGO-BROCA
  • 08/04/2014
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La escritura de El Amante

A cien años de su nacimiento. 

 

                                  Esa escritura intimista de Duras, esa búsqueda continua de una femineidad a la que indaga como en estado hipnótico. El poético impudor de su escritura hecha de sugerencias, murmullos, frases cortas indispensables. “El amante” – su novela más leída- es la historia de amor entre una adolescente blanca y un hombre chino. Sucede en Saigón, en tiempos de la Indochina francesa. Una historia de sensualidades, iniciaciones afortunadas y placeres transgresores. Esos encuentros secretos tan logrados en la película de Jacques Annaud.
          La adolescente mantiene relaciones con un hombre mayor, el título del libro podría hacernos pensar que ese hombre, es el centro de la historia. Pero el único amante que le era posible concebir a la adolescente–no con el cuerpo, sino con su entera inversión emocional- no era ese hombre oriental de mano mágicas, que nos dejó suspirando a todas; el amante de Marguerite adolescente era su clan. Lo escribe en este libro: “Estoy aún en esta familia, es allí donde habito en exclusión de cualquier otro espacio”, como lo había ya escrito treinta años antes en “Una barrera contra el Pacífico”.
La verdadera caricia anhelada, indispensable para Marguerite, dormía en las manos de la madre. La madre absorta, ahogada en su desgracia, extraviada en su obsesión por su hijo mayor. El amante chino intentó hacerse amar por esa adolescente aparentemente libre, que atravesaba sola el Mekong, con su vestido de seda raída y un sombrero masculino.
           Pero la adolescente del sombrero vivía atrapada. No por las convenciones del mundito de extranjeros habitantes de Saigón, al que los Donnadieu pertenecían porque eran europeos, pero en el cual no tenían lugar, “eran pobres y huérfanos de padre”. La prisión de Marguerite era esa demanda totalitaria de amor  que encerraba a la familia Donnadieu por imposición de la madre. Salvajes, dolidos, aislados del mundo, flotando en un barco siempre al borde del naufragio. Fascinados los unos por los otros. Hipnotizados por el hecho mismo de ese vivir al borde de la antepenúltima desgracia, que definía la única forma de amar que conocían.
          La gran historia de amor de Duras por su madre la escribió en “Una barrera contra el Pacífico”: cuando no se deprime, la madre sueña, decide comprar tierras para sembrar arroz. De las mejores  junto al Pacífico. En esta aventura invierte veinte años de ahorros. Siembran. Durante la temporada de lluvias el agua del Pacífico se traga los sueños. La engañó la administración francesa vendiéndole tierras incultivables. Marie desesperada, intenta contruir barreras que detengan al mar.
                     
 
El torrente regresa cada vez. Marie aúlla de dolor y de ira. En la narración de esta lucha entre su madre y el océano, Duras crea el más maravilloso homenaje a una madre desquiciada. En francés, la madre y el mar (la mère y la mer) se pronuncian igual. El mar inundaba las tierras de la madre, y Marie inundaba, con  su desesperanza absoluta, los territorios de vida y escritura de su hija. Marguerite la detesta y la compadece. La admira y la desdeña. La “desgracia” queda sellada para siempre. “La familia de patanes blancos no tiene derecho a la esperanza”. La madre se paseó por años con la escritura del catastro guardada en su bolsa remendada. Era jefa de una banda de seres sufrientes, y no les permitía olvidarlo.
                      “El amante” nace de un proyecto de Jean, hijo de Duras: un álbum que narre en fotos la vida de su madre. Marguerite escribe el prólogo, mira las fotografías y descubre que falta una. Esa que nadie tomó, la de la adolescente de quince años que atraviesa el Mekong en 1930. Esa foto a la que llamó “la imagen absoluta”. Cuando presenta su “prólogo” , le sugieren que escriba una novela. Duras retoma los personajes de “Una barrera contra el Pacífico”. Escribió “El amante” en tres meses, ganó el Goncourt, en menos de un mes se agotaron cien mil ejemplares. Al momento de la publicación, Duras dijo: “Es una obra de ficción”, después cambió. En “Apostrophes” de Bernard Pivot, confirmó la autenticidad de la historia: “Nada en ‘El amante’ es inventado, ni siquiera una coma”. Surgieron investigadores espontáneos: El chino se llamaba Huynh Thoai Le. Paris-Match publicó su foto. El cineasta Annaud llegó al extremo de encontrar su tumba.
                      “El ha eclipsado a los otros amores de mi vida, los amores declarados y aún los desposados, él tiene algo de inagotable en la emoción”, contaba Duras, ante el asombro de quienes la frecuentaron por años. “Ni sus maridos, ni sus amantes, ni sus amigos, la escucharon hablar antes de ese gran amor de su vida”, escribió F. Lebelley.
                      Si bien la adolescente se “deshonraba” porque tenía un amante chino, los Donnadieu tenían problemas prácticos que resolver. En “El amante”, como “En una barrera…” el clan decide que Marguerite tiene un precio. El chino acepta. Marguerite se siente a la vez halagada y usada. Sólo muchos años después percibirá la verdadera densidad de su humillación. Adler escribe en su biografía de Duras: “Con ‘El amante’ Marguerite se vengó. De una historia siniestra hizo un cuento erótico”.
                     “De pronto no se qué he evitado decir, qué he dicho, creo haber hablado del amor que le portábamos a nuestra madre, pero no se si he dicho el odio que también le portábamos, y el amor que nos teníamos los unos a los otros, y el odio también, terrible, en esta historia común de ruina y de muerte que era la de nuestra familia”. Me atrapa la frase de O. Mannoni: “La escritura es el deseo imposible de escribir sobre el deseo imposible”. En imposibles, Marguerite es una experta, sabe extraerle a la lengua, sus palabras más exactas. Sus obsesiones son su madre, el amor,  esos dos personajes femeninos que atraviesan su obra: la mendiga y la aristócrata.
                      “Nuestra madre no previó eso en lo que nos convertimos a partir del espectáculo de su desesperación”.  El placer fue el primer punto de ruptura entre Marguerite y  su madre. El segundo fue la escritura. En medio existió o no, un amante chino. Duras: “Todo amor, toda pasión… aunque extranjera al incesto, tiende a eso, a la reconstrucción, al reencuentro de ese bien original, que es un bien absoluto”.
                       A la Muerte de Duras, Adler, consultó documentos inéditos, existe un diario no fechado, escrito según los analistas durante la guerra. Duras escribió la historia del encuentro con el amante a quien llama Léo: “Tenía una Léon Bollée de 9 mil piastras… pensé que así podía codearme con las hijas de los altos funcionarios de Indochina…desgraciadamente Léo era anamita…Desde que conocimos el monto de su fortuna se decidió que atendría que pagar … si la capacidad de avergonzarse tuviera un punto de agotamiento, yo la hubiera agotado con Léo”. Recuerdo cuando en “El amante”, la adolescente mira a su compañero y percibe en él: “Un estado de amor abominable”. El dinero que la hija recibe se lo entrega a la madre.
                       Marguerite llegó a París a estudiar Derecho a los 18 años. Sola. Muchos años después su madre regresó a Francia. “Era demasiado tarde para re- encontrarse”, afirmó Duras en una entrevista. “Ya no la quería” y termina con esta frase: “Sucedió de pronto… así, como se desama a un amante”.
 
@Marteresapriego