Opinión

"Yo a los hombres, los detesto", un libro de Pauline Harmange

La ironía es central en el libro, Pauline convoca a las mujeres a "Tener la confianza en sí mismas de un hombre”. | María Teresa Priego

  • 20/01/2021
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Pauline Harmange es una feminista francesa de 26 años, la publicación de su primer libro, ahora traducido al castellano:  "Yo a los hombres, los detesto", ("Moi les hommes, je les deteste") causó un gran escándalo el verano pasado en Francia. Todo comenzó con la ira que el título provocó en Ralph Zurmély, encargado de misión en el Ministerio de la Igualdad entre Mujeres y Hombres, quien lo calificó de ‘Manifiesto andrófobo’, sin haberlo leído, tal y como él mismo declaró en toda tranquilidad. Escribió a las editoras para que retiraran la publicación y amenazó con un juicio, alegando que "el llamado al odio entre los sexos es un delito penal". Y que del título se deduce "una oda a la misandria".

En esa cultura francesa tan leal al "Prohibido prohibir" del 68 y sus barricadas, la respuesta no se hizo esperar: el libro publicado en un tiraje de 400 ejemplares se agotó. La pequeña editorial Monstrograph, llegados los 2,500 ejemplares, se retiró para dar paso a las Éditions du Seuil, una de las grandes casas de edición. Un próximo tiraje de 15,000 ejemplares. “Yo a los hombres, los detesto" será traducido a 17 lenguas. Pero ¿Pauline convoca a odiar a los hombres? ¿llama a formar comandos de mujeres para atacarlos en las calles? ¿solicita que se les retiren sus derechos? ¿sugiere que sean relegados a una posición subalterna -bajo la bota hembrista- en todas las generaciones por venir? Ni remotamente. Pauline, quien se declara bisexual, mantiene una relación de pareja con un hombre desde los 17 años. "Nos hemos deconstruido juntos", dice. Cree en la igualdad. Y en el indispensable proceso de liberarse de la dependencia de la mirada masculina (en tanto que exigencia, abuso o censura), para construir espacios de mujeres solidarias entre sí. Dadoras de fuerza, entre sí. Nada que no se haya dicho cantidades de veces en los últimos cuarenta años. Nada que no haya sido dicho y escrito desde los feminismos separatistas, por ejemplo. 

La "pequeña" diferencia estriba en su explícita y sonora reivindicación de la "misandria" como necesidad y como estrategia. Una "misandria" más que atemperada, por supuesto. Porque lo que sus reflexiones intentan probar es que "detestar a los hombres", no se traduce, ni de lejos, en las violencias que trae consigo "detestar a las mujeres". "Hablaré de la misandria como un sentimiento negativo en reacción al grupo masculina en su conjunto. El sentimiento negativo en cuestión puede ser representado sobre la forma de un espectro que va de la simple desconfianza a la hostilidad… Y cuando digo 'en reacción al grupo masculino' englobo en ese término a todos los hombres cisgénero que fueron socializados como tales y que disfrutan de sus privilegios sin cuestionarlos". Nada nuevo bajo el sol. Nada de que arrancarse los cabellos.

Pauline vive en Lille y escribe un blog que se llama: "Un verano invencible" ("Un invincible été"), título tomado muy probablemente de la célebre frase de Albert Camus: "En medio del invierno, aprendía por fin que había en mí un verano invencible". O, sea, "la andrófoba" vive con un hombre y lee literatura escrita por hombres. Pauline trabaja en el colectivo "L'échappée", cuyos objetivos se explican en su portal en internet: "Luchar contra la violación intra o extrafamiliar y actuar contra todas las violencias y agresiones sexistas y sexuales. Dar la palabra a las personas víctimas de violencia y a su entorno a fin de romper el silencio... contribuir a una toma de consciencia colectiva de qué es la violación: un crimen cuyas raíces se encuentran en a persistencia de un sistema social fundado en a jerarquización de las personas en función del género que les es asignado".

Su reflexión va así: "La acusación de misandria es un mencanismo para silenciar: una manera de hacer callar la cólera, a veces violenta, pero siempre legítima de las/los oprimidas/os contra su opresor". Si hagan lo que hagan a las feministas se les acusa de "misándricas", ¿por qué no reivindicar la palabra, darle la vuelta, convertirla en una herramienta? "Podríamos yo creo, liberar un poder insospechado: el de, planeando muy lejos por encima de la mirada de los hombres y sus exigencias masculinas, revelarnos a nosotras mismas". Transformar las circunstancias que de maneras muy visibles o invisibilizadas sostienen la desigualdad: "No hay cosa más fatigante que ver a un hombre recoger laureles desproporcionados... No podemos permitirnos más ensalzar a los hombres por cosas tan tristemente banales como salir más temprano del trabajo para ir a buscar a su hijo a la escuela". 

Un título escandaloso, con contenido más bien moderado. En entrevista con la periodista Marine Bruneau declara: "La sororidad es parte de mi cotidianidad, pero todavía no había colocado las palabras que lo dicen, hasta hace poco. Por esencia soy radical, dado que mi objetivo es ir a la raíz del problema y abolir completamente el patriarcado. De manera general, soy anticapitalista, antiautoritaria y anarquista". En su libro escribe: "En los movimientos feministas tenemos la costumbre de decir que la misandria no existe. Primero, porque es verdad: no es un sistema organizado en todos los pisos para rebajar y constreñir a los hombres... ¿Y si la misandria fuera necesaria y saludable?"  

No hay odios desatados en el libro de Pauline, tampoco en su blog.  Su escritura llama, sobre todo, a la sororidad. A la deconstrucción de los mandatos culturales. Al sueño de la igualdad, que, desde su punto de vista, sólo podrá darse a partir de la toma de consciencia y el activismo de las mujeres, y de aquellos hombres que estén dispuestos cuestionar y trabajar los decretos y los privilegios de sus  masculinidades. En uno de sus textos cuenta como nunca soñó con el éxito que le llega: "¿Soy yo a quien esto le sucede, esta locura furiosa, esta improbable epopeya? Todavía no hay un detonador que ancle esta vivencia en alguna realidad... No estoy ya por debajo de ningún umbral de pobreza. Ya no soy pobre, respiro. Detuve la redacción comercial y el freelance. Comencé la escritura de una novela". 

El encargado de misión en el ministerio le hizo un enorme favor a su libro, en ese loco afán de censurarlo. La ironía es central en el libro, Pauline convoca a las mujeres a "Tener la confianza en sí mismas de un hombre mediocre".  Quizá dicho de otra manera: a renunciar al síndrome de la impostora, a la indefensión aprendida. 

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