Opinión

Ya no quiero ser jefa de familia

La noción de “jefe de familia” implícitamente también promueve una división sexista de los roles dentro de la familia.

  • 15/02/2016
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Hace varios años me tocó abrir la puerta de mi casa para recibir al encuestador del INEGI en el levantamiento del Censo del Población y Vivienda. Casi inmediatamente llegamos a la pregunta sobre quién es el jefe de familia. Contesté que en mi familia no había un jefe, pero esta respuesta quedaba fuera de las instrucciones del encuestador, quien insistió en identificar a una persona como jefe. Entonces le pregunté cómo venía definido quién es el jefe y, de la manera más natural, me contestó que el jefe es quien gana más dinero.

 

Como no quise entrar en el análisis de quién entre mi esposo y yo hacía la mayor aportación económica al hogar y, como una toma de posición muy personal aunque insignificante e inconsecuente, señalé que la jefa de la familia era yo. Así que desde esa fecha, para fines estadísticos mi pequeña unidad económica está liderada por una jefa de familia. Pero esa es la estadística, no la realidad.

 

Afortunadamente en México las familias han evolucionado para adaptarse a distintas estructuras a partir de la igualdad jurídica entre los sexos, el reconocimiento de las parejas del mismo sexo, la recomposición familiar, etc., alejándose en los hechos de la construcción monolítica de la jerarquía patriarcal.

 

Sin embargo, el concepto de “jefe de familia” nos sigue anclando a esa noción autoritaria del núcleo familiar que no debería tener cabida en una sociedad como la mexicana, donde se reconoce la igualdad, la solidaridad y el deber de asistencia mutua entre los cónyuges, además de las relaciones de ayuda recíproca que se dan entre los miembros de las familias no tradicionales donde no necesariamente existe una pareja conyugal.

 

La noción de “jefe de familia” implícitamente también promueve una división sexista de los roles dentro de la familia, donde al principal sostén económico corresponde un lugar de predominio y, al resto, de subordinación. Como resulta que a capacidades iguales en nuestro país las mujeres siguen ganando menos que los hombres y que el trabajo en el hogar no es remunerado ni se le atribuye un valor económico, tenemos que generalmente la identidad del jefe de familia corresponde a un hombre, mientras que las jefas de familia surgen generalmente en hogares monoparentales.

 

Así, por un lado se subestima la aportación de las mujeres a la subsistencia de las familias, puesto que se deduce de esta clasificación que solamente los hogares que cuentan con una jefa de familia dependen del sostén económico de las mujeres, cuando en realidad en la estadística de jefes de familia hombres se incluye a hogares sostenidos con dos o más ingresos, aquellos donde los hombres aportan un sueldo pero las mujeres contribuyen con bienes de capital como puede ser la casa familiar y casos en los que el hombre no es el sostén económico, pero se considera el “jefe” por una tradición patriarcal.

 

Por otra parte, se refuerza una idea anacrónica de la distribución autoritaria del poder dentro de los hogares, que no abona al objetivo de lograr un funcionamiento más equitativo y democrático del núcleo básico de la sociedad. De hecho, se promueven así valores abiertamente contrarios al deber legal de solidaridad, ayuda y asistencia entre los cónyuges, así como al de igualdad entre los sexos.

 

Adicionalmente, se ha ido conformando y reforzando un nuevo estereotipo sexista en el que los hogares liderados por mujeres son vulnerables y necesitados de apoyo, mientras que los que dirigen los hombres son estables y autosuficientes.

 

Entre otros documentos, el manual de criterios e instrumentos para la evaluación y la incorporación de la perspectiva de género en las campañas del gobierno federal, “Publicidad con equidad”, publicado en 2011 por la SEGOB y el PNUD, reconoce que la denominación de “jefe de familia”, acuñada y consolidada en funcio´n de un sistema de base económica patriarcal, genera una comprensión estereotipada y errónea de la realidad social.

 

Llevamos ya varios años multiplicando iniciativas y esfuerzos por promover un lenguaje con perspectiva de género en el ámbito público pero, aunque hemos avanzado, lo cierto es que este objetivo sigue siendo una aspiración y todavía no una realidad.

 

Por estas razones me dio mucho gusto saber que el pasado 30 de diciembre el INEGI publicó en el Diario Oficial de la Federación los “Lineamientos para Incorporar la Perspectiva de Género en el Sistema Nacional de Información Estadística y Geográfica”, que prevén que todas las unidades del Estado que generen estadísticas incorporarán la perspectiva de género y el lenguaje incluyente, entendiendo éste como: la expresión que considera a las mujeres en el uso de palabras e imágenes y, además, identifica las acciones que mujeres y hombres realizan como partes equilibradas, sin predominio de alguna sobre la otra.

 

Como el buen juez por su casa empieza, la aplicación de estos lineamientos eventualmente deberá llevar al INEGI a eliminar ese anacronismo. Espero que el cambio se haga con la oportunidad suficiente para que el siguiente censo del año 2020pueda reflejar de una manera más fiel la contribución y responsabilidades de mujeres y hombres en sus hogares, donde el pater familias ha ido cediendo el lugar a formas más solidarias y democráticas de entender la vida en familia.

 

 

@elenaestavillo 

 

*Las opiniones expresadas son a título personal y no deben entenderse como una posición institucional.

 

 

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