Opinión

¿Votar o no votar?

El voto sigue siendo el instrumento más poderoso con que cuenta la ciudadanía. | José Antonio Sosa Plata

  • 02/06/2021
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Desde hace mucho tiempo, las elecciones intermedias han registrado los niveles más altos de abstención. Es cierto que nunca han alcanzado los niveles de interés en la ciudadanía que el obtenido por las elecciones presidenciales. Sin embargo, y a pesar de que la pandemia sigue activa, es posible que el próximo domingo sea la excepción. Ojalá.

El escenario inédito provocado por el covid-19, el desempleo, la pérdida del poder adquisitivo, la polarización social, la inseguridad y la violencia electoral podrían sacar a las urnas a un porcentaje muy elevado de ciudadanas y ciudadanos. Es lo que anticipan algunas encuestas. Es lo que el descontento, el desencanto, la frustración y la decepción de muchos podrían lograr en favor de nuestro sistema político.

El próximo domingo tendremos varias sorpresas. Los analistas políticos están manejando un mayor número de posibilidades que las proyectadas en procesos electorales anteriores. Como no hay precedente de un escenario tan complejo como el actual, la incertidumbre abre el número de variables y, por lo tanto, de algunas acciones y sucesos que tal vez escapen al control de las estrategias de gobiernos y partidos.

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Se ha dicho que el voto es el instrumento de poder más importante de la democracia. Primero, porque votar produce una fuerza colectiva a nuestras decisiones sobre quiénes deben gobernar. Segundo, porque el voto es la expresión más acabada de la igualdad. Y tercero, porque el voto establece un vínculo entre nuestros intereses personales con las expectativas y demandas que tenemos como sociedad.

Cuando la tendencia del voto es mayoritaria, el triunfador tiene el derecho, la facultad y la legitimidad para gobernar. Cuando el respaldo es minoritario, puede operar en los mismos términos como oposición, siempre y cuando no rebase los límites que establece el marco jurídico. Así, ganadores y perdedores pueden seguir haciendo política en un marco de equilibrios y contrapesos con los demás poderes institucionales.

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Por supuesto que las y los ciudadanos pueden tomar la decisión de no votar. Si bien no existen sanciones por proceder así, está demostrado que la abstención —o incluso la acción de anular su voto— puede afectar a algunos partidos o beneficiar a otros, según el cristal con que se mire. Es un tema estadístico que se ha estudiado a profundidad desde hace varias décadas y al que no debemos permanecer ajenos.

Por eso es importante votar a conciencia y con la mejor información disponible. Con el voto se expresan como iguales todas las personas, de todos los sectores socioeconómicos, incluso las que permanecen calladas. El silencio también comunica. Así, con su voz o sin decir nada se expresa una voluntad que evalúa la gestión de los gobiernos y los congresos, y que decide si se mantiene o se corrige el rumbo de quienes gobiernan.

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Por tratarse de las elecciones más grandes de nuestra historia, asistimos hoy al proceso con el mayor número de candidatos y candidatas (más de 21 mil cargos) en todo el territorio nacional. Por lo tanto, elegir no será tarea fácil. La logística obligada por la pandemia lo convierte en un reto mayor. Sin embargo, no votar puede limitar nuestras oportunidades como país, afectar nuestros derechos colectivos e individuales y retroceder en nuestro sistema democrático. Por donde se le vea, entraríamos a un escenario adverso que a nadie conviene.

Pero no todos lo ven así. Aún hay quienes piensan que para ganar, lo mejor es inducir la abstención. La ecuación de la que parten puede ser correcta cuando pretenden mantenerse en el poder, pero éticamente es inaceptable. Los intereses particulares no pueden estar por encima de los de la nación. La polarización en la que entraron las campañas durante las últimas semanas convirtieron a la mayoría de las elecciones en un dilema entre apoyar o no “a ya sabes quién”, al que no podemos permanecer ajenos.

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Plebiscito o no, acudir a las urnas se mantiene como la mejor decisión. Si las y los ciudadanos enviamos un mensaje de fortaleza y civilidad, los riesgos de conflictos graves y violencia postelectoral disminuirán. El voto de la mayoría posible puede marcar la diferencia en muchos municipios, alcaldías, estados y distritos, aunque Morena se mantenga como el partido dominante a nivel nacional. 

Pero eso no es todo. A unos cuantos días de las elecciones, más del 15% de los encuestados aún no saben por quién votar. Este segmento será el factor determinante del resultado final en varios lugares. Lo más probable es que casi todos desconozcan o no les importen las propuestas que les han hecho las y los candidatos. Lo que no deberían es eludir la responsabilidad que tienen con el colectivo al que pertenecen.

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El voto es uno de los legados más apreciados que nos ha dejado la historia. Tenemos que cuidarlo, porque sin duda es el instrumento más poderoso que las y los ciudadanos tenemos a nuestra disposición para avanzar como países libres, de derechos y de oportunidades. Cuando acudimos a las urnas, iniciamos un nuevo proceso para que las cosas que nos interesan a todas y todos cambien, se corrijan o mantengan igual. Votar es un derecho, pero también es un privilegio que debemos mantener, porque en este radica —insisto— nuestro mayor poder.

Tampoco hay duda de que, mientras mayor sea el porcentaje de votación, mayor solidez tendrá nuestro sistema político y nuestra democracia. Si el país regresa a un modelo más equilibrado de pesos y contrapesos, mucho mejor. Por lo tanto, tengamos presente al momento de cruzar la boleta, que la pluralidad es otra de las virtudes de la democracia. Si cada voto cuenta, y cuenta bien, se convierte en la mejor manera de mantener y fortalecer a nuestras instituciones. Y cuando las instituciones están sólidas, el futuro se vislumbra mejor.

Recomendación editorial: Benito Taibo, Rosa Beltrán, Antonio Malpica y Jorge Vargas B. Uf, ¿Y para qué votar? México, Alfaguara, INE, 2018.

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