Opinión

Volver al gobierno

Las transformaciones exigen mucha mística, dejar el corazón en el cargo. Hay mucho por hacer, hay buenas posibilidades. | Roberto Remes

  • 28/09/2021
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Este artículo no es sobre mí sino, a partir de mi propia experiencia, es sobre el quehacer público. Dejé el gobierno el 31 de diciembre de 2018. Ese día renuncié y a la vez desapareció la dependencia que dirigía, lo que implicó un mes, sin pago, de preparación de la entrega de documentación de alrededor de 40 oficinas. A lo largo de estos 2 años y 9 meses he experimentado muchos sentimientos y reflexiones sobre el significado de trabajar en el gobierno, a la vez que desde el púlpito oficial hemos escuchado un discurso de abnegación del servidor público, que no comparto porque aspiro a la profesionalización y a procesos repetibles.

Mi historia laboral en el sector público es más amplia de lo que imaginan quienes se refieren a mí como activista: suma más de tres lustros. A mis casi 50 años, habiendo comenzado a trabajar a los 17, sólo tengo cotizados, para efectos de jubilación, 9 años en el ISSSTE y 6 meses en el IMSS. Mi caso no es aislado, y en la generalidad debería representar un problema público, decenas de miles de ex servidores públicos no cuentan con cobertura de salud ni con plan de retiro porque las políticas de jubilación son distintas según el lugar en el que laboras.

Al salir del gobierno, uno tiene experiencia relacionada con la función que desempeñó. Su valor en el mercado laboral es justo ese. Cuando hay acceso a información confidencial, puede haber conflicto de interés al participar con el sector privado, pero si no hay acceso a información privilegiada o confidencial, o en los rubros donde no lo haya, no debería existir ninguna limitación para las personas que trabajaron en el gobierno, como se ha insistido en años recientes.

¿Cuál es el efecto de padecer incertidumbre en el mercado laboral cuando el currículum se  especializa en el sector público? Empleados complacientes. Tener alternativas de trabajo dignifica la función. Carecer de ellas alimenta la obediencia. En el despotismo actual ya hemos visto funcionarios que piden renuncias en el grupo de Whatsapp de la organización que dirigen y no hay consecuencias.

Los sistemas de salud, IMSS, ISSSTE, Pemex, etc. tienen una capacidad de atención lenta. Para facilitar la cobertura médica, se había arraigado la costumbre de pagar seguros de gastos médicos mayores. Todo esto fue cancelado y considerado un dispendio. No lo es, y de hecho contribuye a la productividad, amén de que no se ha valorado la posibilidad de que los sistemas privados y los públicos trabajen de la mano aprovechando capacidad ociosa.

Cuando uno es cabeza en una organización, terminar el ciclo tiene un impacto adicional. He tenido la oportunidad de ser delegado federal y titular de un órgano descentralizado. La salida fue más difícil en esos trabajos que en todos los demás, por dos razones; la primera es que si uno llega con el entusiasmo de lograr cambios, al salir, quienes nos remplazan suelen aplastar nuestro esfuerzo sin juzgar con objetividad logros y fracasos; la segunda es aún más complicada y exige madurez al ser cabeza de una oficina, pues tarde o temprano se extraña que las cosas giren en torno a uno.

En 2019, cuando exploraba nuevos proyectos, busqué ayuda profesional: coaching. Es decir, alguien que lo acompañe a uno en el proceso de formulación de un plan de carrera. También me apoyé en amigos. Mi mente estaba muy dispersa. Durante este tiempo he trabajado haciendo consultoría, pero también busqué dejar todo atrás, ya no dedicarme a las ciudades, buscar una fuente de ingresos diferente y sustentable.

Hasta hace unos meses, mi conclusión era que no volvería al gobierno. Apoyé a un candidato durante su campaña, pero con la ilusión de detonar un cambio en mi alcaldía, Coyoacán. El proyecto en el que participaba ganó. Aún así, mi intención era mantenerme al margen del gobierno. Vino la invitación y fue tentadora.

Este 1 de octubre toman posesión los nuevos alcaldes. Estaré de vuelta en el gobierno. Tendré el trabajo perfecto: un jefe al que admiro, jerarquía, equipo, funciones de planeación, a la vuelta de mi hogar. Aún así, con franqueza, puedo expresar cierto temor:

Las transformaciones exigen mucha mística, dejar el corazón en el cargo, pero este se termina tarde o temprano. Después vendrán otros, con o sin mística, que menospreciarán a las personas salientes, en un ciclo que parece infinito.

Hay mucho por hacer, hay buenas posibilidades, pero también me identifico con la canción de Juan Gabriel, “No me vuelvo a enamorar”, pues padezco cierto temor de volver a poner todo el entusiasmo en un proyecto, como lo hice hace 5 años al llegar a la Autoridad del Espacio Público. En buena medida, la solución al dilema está en valorar más a quienes estuvieron, encontrar su mística, incluso más allá de su desempeño; descubrir qué puede ser rescatado. Siempre sumar.

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