Opinión

¿Vivir en concordia?

La comunicación política es, básicamente, un espacio de confrontación. | José Antonio Sosa Plata

  • 14/07/2021
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El llamado a la concordia y la unificación que Enrique Krauze hizo al presidente Andrés Manuel López Obrador es muy importante y oportuno. La confrontación en tiempos del escenario multicrisis ocasionado por la pandemia afecta el humor social. También puede desviar la atención sobre las prioridades que aún debe tener la población para atender la emergencia.

Sin embargo, lo que resulta muy difícil es que el primer mandatario responda afirmativamente a dicho llamado. Primero, porque el enfrentamiento cotidiano con sus adversarios es uno de los elementos centrales de su estrategia. Segundo porque la diferencia, el disenso y el debate civilizado son características invaluables de la democracia. Y tercero, porque los medios de comunicación y las redes sociales son instrumentos útiles y valiosos en la lucha por el poder.

Dominique Wolton lo define con claridad: “La comunicación política es el “espacio en que se intercambian los discursos contradictorios de los tres actores que tienen legitimidad para expresarse públicamente sobre política: los políticos, los periodistas y la opinión pública”. El consenso y la unidad son aspiraciones que casi nunca se alcanzan, y cuando se logran, duran muy poco porque responden a necesidades y momentos específicos.

Por si no lo leíste: "El odio no construye": Krauze llama a AMLO a la concordia y la unificación.

En contraste, el rechazo al odio o la polarización sí son pertinentes. La concordia, el respeto y la tolerancia son valores que se pueden mantener en un marco de opiniones divergentes. La discrepancia no tendría que ser obstáculo para que la actividad política cumpla con los diversos objetivos de los actores y grupos que están en competencia. Todo lo contrario. Se puede decir, incluso, que un Estado democrático tiene la responsabilidad de alentar la pluralidad y la libre expresión de las ideas, sin más límites que los establecidos por la ley. 

Un país no es democrático si el gobierno controla a todos los medios, censura al margen de la ley o castiga, amenaza o intimida a quienes se expresan libremente.  Cuando se llega a estos extremos no hay duda de que se trata de una dictadura. Al analizar con objetividad lo que sucede en México, estamos muy lejos de lo que hoy está sucediendo, por ejemplo, en Cuba o Venezuela.

Consulta: María Belén Mendé y Cintia Smith. "La comunicación política: un espacio de confrontación". Comunicar [en línea], Número 13, 1999, pp. 201-208.

Los gobiernos, como los partidos, tienen adversarios y hasta enemigos. Aunque parezca obvio es necesario recordarlo. Sin embargo, promover la discordia es peligroso. Con base en lo que nos ha enseñado la historia, Krauze advierte en forma contundente que la discordia puede conducir a la guerra civil. En principio, a una guerra civil cibernética, misma que en algunos lugares ha derivado en violencia física hacia los periodistas, columnistas y comunicadores.

Aún más. Por sus características, las redes sociales facilitan y aceleran los procesos de polarización que se generan desde el poder político. En su origen, no se concibieron de esta manera. Pero con su inusitado crecimiento —y los amplios márgenes de libertad que han tenido— han contribuido a potenciar las divisiones que siempre ha habido en la sociedad. La diversidad, anonimato y el uso político que se les ha dado provocaron también fenómenos nunca antes vistos de desinformación, difusión de noticias falsas, discriminación y discursos de odio.

Te puede interesar: Jorge Carpizo. "Los medios de comunicación masiva y el Estado de derecho, la democracia, la política y la ética". UNAM, Boletín Mexicano de Derecho Comparado, UNAM, [S.I.], Enero de 1999.

Sin embargo, no todo es tan negativo ni catastrofista como parece. Los medios de comunicación y las redes sociales siguen formando parte del modelo de pesos y contrapesos de un sistema político democrático, siempre y cuando sean libres, responsables e independientes y se mantengan elevados sus niveles de libertad. Solo así están en condiciones de exigir la transparencia y rendición de cuentas a las que están obligados los poderes políticos. 

Desde esta perspectiva, tampoco se puede ignorar o minimizar la importancia que tiene el ecosistema de comunicación para el proceso de resolución de conflictos entre los distintos grupos y actores políticos. Las leyes y códigos de ética fijan los límites que tiene cada actor al momento de expresar sus posturas, opiniones y diferencias. El lenguaje y la persuasión son, entonces, recursos invaluables —casi siempre suficientes— para avanzar en el desacuerdo y también para alcanzar o mantener cualquier espacio de poder.

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Por lo anterior, tenía razón el Dr. Jorge Carpizo cuando afirmaba que ningún poder “debe ser limitado o absoluto”. En este principio está la esencia del Estado de derecho. Y para mantenerlo, es responsabilidad de todas y todos protegerlo. La discordia radical, la violencia física, la corrupción o el abuso de poder, entre otros factores, lo debilitan o ponen en riesgo. De ahí la importancia que tienen los estadistas mientras tienen la responsabilidad de legislar, juzgar o gobernar.

En el mismo sentido, los medios de comunicación en particular y la sociedad en general tienen que esforzarse más en respetar los límites legales que se establecen para la libertad expresión y el derecho a la información. Ciertamente, además, deben ser cuidadosos y respetuosos con los derechos humanos. Si la democracia funciona, el ejercicio indebido de las libertades no debería ser pretexto, parafraseando a Carpizo, para “quebrar al Estado de derecho” o alentar la división extrema en la población. 

Recomendación editorial: José María Maravall. La confrontación política. Madrid, España, Editorial Taurus, 2008.

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