Opinión

Virus Acquirit Eundo

En algún momento se irá dando una nueva normalidad, quien sabe cuál, ni cuándo y cómo se instale. | Ricardo de la Peña

  • 06/04/2020
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Parafrasear a Virgilio, con cierta ironía, es recordar que la fuerza se gana al avanzar, pero el veneno se adquiere yendo por ahí. El peligro es para todos, aunque no es igual el riesgo. El avance de la pandemia cobró víctimas primero entre población privilegiada, pero paulatinamente penetra en capas sociales desprotegidas. Como paradigma, las escuelas públicas del mundo retrasan programas y quitan alimentos, mientras la capa superior continúa navegando para educarse. El comportamiento no es uniforme y quién sabe si el estado-nación sea la unidad de análisis relevante. Las cosas pueden ser menos serias que los escenarios más pesimistas: se pudiera disponer pronto de alguna suerte de remedio o los modelos de recaídas por ciclos no ser correctos. También pudieran ser peores, pues los casos graves colapsen los sistemas de salud y se eleve la mortalidad, además de que la situación política, económica y social se complique en demasía, más allá de lo imaginado.

La danza de las cifras

El mundo se detiene, lo que permite a sismólogos detectar las vibraciones menores ante la supresión del ruido urbano. Sin embargo, hoy no sabemos cuántos contagios y muertes ha habido, pues quién sabe qué significan los acumulados disponibles y no se puede confiar ciegamente en modelos que se generan y a partir de los que se toman decisiones para buscar controlar la más grave pandemia en un siglo. Gobiernos y organismos internacionales pudieran reconocer estos límites y dejar de aplaudirse para esconder la situación. Mientras, aunque el sector real de la economía pudiera mantenerse intacto, es clara la desestabilización de los mercados financieros, la ruptura temporal de cadenas productivas y de abastecimiento de básicos, el desempleo exorbitante, el decremento de ingresos familiares, empresariales, fiscales, y la creciente amenaza de hambrunas.

El avance del autoritarismo

La pandemia es oportunidad para quitarse la careta democrática que, aún con rasgos de iliberalismo, algunos habían mantenido. No sólo es perseguir vía celulares o drones para evitar concentraciones o adoptar prácticas de eutanasia obligatoria, sino poner en jaque estructuras construidas en décadas: la Unión Europea pudiera desquebrajarse ante expresiones fascistas entre naciones y la erección de gobiernos autócratas; la Unión Americana fracturarse con fronteras interestatales activadas por el pánico y la pérdida de autoridad del gobierno federal. Más adelante puede la miseria e incertidumbre llevar a oleadas de asaltos a comercios y revueltas populares; imponerse gobiernos militarizados; desatarse conflictos entre naciones; darse oleadas de migrantes y movimientos separatistas mesiánicos, sobre todo en naciones pobres. Todo esto, cual película post-apocalíptica, pudiera ocurrir, pero no será el fin. En algún momento se irá dando una nueva normalidad, quien sabe cuál, ni cuándo y cómo se instale. No es lo mismo que se levante una cuarentena que duró un trimestre que tener que reconstruir las instituciones, reinventar las reglas de convivencia y levantar la economía desde el abismo. Quién sabe qué será lo que enfrentemos.