Opinión

Virginidad del Presupuesto 2020

La administración López Obrador ha impuesto una calidad virginal, intocable, a los rubros de gastos planteados al Congreso de la Unión. | Roberto Rock L.

  • 13/11/2019
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Al cierre de este año podremos confirmar que el ejercicio del presupuesto gubernamental en la era López Obrador responde a claves que hasta ahora han resultado un enigma. En los hechos, es probable que se concluya que Palacio Nacional diseñó una ley de egresos 2019 para luego ignorarla sin rubor alguno, y acumular ahorros (que los expertos llaman subejercicios) para permitir, a última hora, una asignación discrecional sujeta a las personalísimas prioridades del Presidente, en particular a sus esquemas de subsidios a clases populares.

Dentro de esta hipótesis que se ha ido validando, la clase política del país asiste a un proceso atípico en la confección del nuevo programa federal de gastos, ahora para el año 2020, que anticipa duros recortes en dependencias públicas, pasividad en el gasto en infraestructura y otros rubros que generan empleo y crecimiento, por no hablar de apoyos para la educación, la ciencia y la salud, que parecen anticipar un nuevo periodo de virtual inanición.

Para que este modelo se cumpla, la administración López Obrador ha impuesto una calidad virginal, intocable, a los rubros de gastos planteados al Congreso de la Unión, de cuyos integrantes sólo se espera que cubran el trámite de una aprobación automática, íntegra, sin que el cambio de una coma se atreva a manchar la pureza del documento germinal.

El miércoles pasado, el presidente López Obrador citó a los integrantes de su gabinete legal y ampliado para extenderles una sola y única instrucción: ni un minuto, ni una frase, una llamada, ni siquiera un café deben empeñarse en cabildear ajustes a los dictados de gasto establecidos en el plan de egresos. Basta de tan infértiles afanes.

El jueves tocó el turno a las bancadas completas de Morena y sus aliados (PT, PES, Verde) en las cámaras de diputados y senadores. Todos fueron convocados, lo que no necesariamente quiere decir que todos acudieron, pues se vieron muchas sillas vacías.

Como había ocurrido la víspera, primero vino una dosis del mensaje presidencial afecto a las citas históricas, a las admoniciones contra la corrupción, y a la palabra que anticipa la buena nueva de la Cuarta Transformación, en la que todo se modificará para bien de la Patria.

Frente a sus legisladores aliados, López Obrador narró las bondades de los programas sociales, y no cejó en su narrativa pese a que, aquí y allá, surgieron voces de que el dinero no llegaba a los jóvenes, a las comunidades; que hacían falta muchos recursos por doquier. El Presidente porfiaba y se bien decía que el Congreso tiene el poder de modificar el presupuesto, “les sugiero –dijo- que no lo hagan”.

A medida en que parecía acercarse al final de su sermón, el mandatario empezó a ver ante sí manos levantadas pidiendo la palabra, gestos irritados, un rumor que anticipaba, quizá, una tímida revuelta.

La mesa de presidium, que ocupaban el propio López Obrador, los líderes de bancada Mario Delgado y Ricardo Monreal, junto a funcionarios de la Secretaría de Hacienda, quizá no tomó registro de que un discreto pero implacable grupo de asistentes de Palacio ordenaban secamente diputados o senadores a apagar sus celulares o al menos no usarlos mientras el Presidente hablaba, como muestra de respeto. “O quizá prefiera mejor salir del salón, señor”, se le dijo a un senador chiapaneco.

Las primeras preguntas fueron atajadas por López Obrador con gesto de escepticismo, con sonrisas condescendientes. Por fin se animó y planteó que quizá los presentes echaban de menos los “moches” del pasado; que tal vez se han vuelto conservadores, o sea corruptos. Y acto seguido, abandonó la reunión.

El grupo de legisladores de Morena y sus aliados se fue deshilvanando. Algunos recurrieron a su coordinador, Mario Delgado, en busca de explicaciones, o buscaron a Tatiana Clouthier en pos de consuelo.

La tarde pardeaba ya en ese jueves desconcertante. La virginidad del Presupuesto había sobrevivido una vez más.

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