Opinión

Una nueva vida en México, la travesía y el exilio: Testimonio

“Nunca me sentí exiliado, con una diferencia con respecto a mis compañeros, que en la casa se hablaba alemán”. | María Teresa Priego

  • 26/11/2019
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Un niño de dos años y medio, su hermanita de cinco, y sus padres llegaron a territorio mexicano en junio de 1938. La familia de orígenes judío austriacos, logró escapar del nazismo dos meses después del Anschluss, la anexión de Austria por la Alemania nazi. Viajaban ya con pasaportes sellados con la esvástica. Alguna vez me mostraron una foto donde muy serios, los dos niños posan junto a sus compañeros en ese barco que les permitió llegar a salvo a Ellis Island (la puerta de entrada a Nueva York), tras un largo periplo por la Alemania nazi.

Ese registro fotográfico del viaje. Ese segundo de una primera infancia arrancada de sus raíces. Los adultos no están en la foto. Una los imagina atisbando el horizonte en esa travesía intermedia entre la destrucción inminente y una vida nueva. Tan desconocida y tan ajena. Esa fuga que el padre, supo prever. El 15 de septiembre de 1935, el Congreso anual del NDSAP (Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán) había aprobado las leyes de Núremberg.

¿Consideras que creciste en una circunstancia emocional de exilio?

“No. Yo casi nací aquí”.

Casi. Pero llegaste a los dos años

“A los dos y medio. Era 1938. En una primera ocasión estuvimos a punto de salir, pero me enfermé de sarampión. Se retrasó el viaje que era ya urgente, hasta que me curé. Salimos de Viena, que ya era una capital provincial anexada a Alemania, una provincia a la que llamaron: Ostmark para borrar toda huella de Austria. Para llegar a Hamburgo tuvimos que atravesar toda la Alemania nazi. Fue un viaje muy tenso. Mi padre logró conseguir un camarote en el último viaje que hizo un barco de la línea Hamburg America Line hacia Nueva York. Curiosamente se llamaba Deutschland que significa: Alemania. Llegamos (como miles de refugiados) a Ellis Island, recibimos el sello de entrada a EU. Mi padre tenía un amigo de Viena que vivía en Long Island y nos hospedó. Una semana después, tomamos el tren desde Nueva York hasta Laredo, Texas y allí cruzamos a Tamaulipas. Nos esperaba el hermano menor de mi papá que tenía como quince años en México. También a la Ciudad de México llegamos en tren”.

¿Cómo entendió tu papá que era indispensable salir de Viena?

“Supo leer lo que estaba sucediendo. Atacaban a todo lo que oliera a judío. Mi papá tenía otros hermanos viviendo en México. Había la oportunidad de migrar a Turquía, el escogió México”.

¿A qué se dedicaban en Viena?

“Mi papá era abogado, mi mamá era pianista. Llegamos a México en julio del 38, poco después de la expropiación petrolera por el presidente Cárdenas”.

¿Te contaron como fueron planeando el exilio? ¿por qué México?

“El único país del mundo que denunció la anexión de Austria por la Alemania nazi, fue México. El único. Para viajar tuvimos que sacar pasaportes alemanes y los nazis habían decretado que, en todos los pasaportes alemanes para judíos, todas las mujeres tenían que añadir a sus nombres Sara y todos los hombres Israel. Así, para identificarnos como judíos de inmediato.

Lo primero que hicieron al llegar a México mis padres fue ir al consulado alemán que todavía existía y aventarles sus pasaportes sobre el escritorio. Quedamos como una familia de apátridas. Mis padres no podían vivirse como “ciudadanos” del Tercer Reich”.

¿Parte de tu familia se quedó allá?

“Algunos sí. Tampoco era tan fácil la migración a México para nosotros. Mi padre se asoció con otro emigrado y abrieron una fábrica de mayonesa, con esa inversión se consiguieron las visas. Fue anterior a la llegada de los republicanos españoles, quienes entraron sin mayores condiciones, los centroeuropeos –en su mayoría judíos– para ingresar a México tenían que demostrar que podían hacer una inversión económica, crear un negocio. Con esa misma inversión mi padre todavía pudo arreglar los papeles para traer a familiares que habían permanecido en Austria y pudieron llegar a México. Justo antes del holocausto.

No así a mi abuela materna, no quiso venir cuando viajamos, decía que estaba ya muy vieja para recomenzar, que no iba a pasar nada. “Siempre ha habido antisemitismo, esto no pasa de allí”. Sí pasó. Ella no podía creerlo, se sentía una ciudadana austriaca. No sé cómo se comunicó después con mi padre, quizá por telegrama, las circunstancias ya estaban muy graves, pidió venir a México, pero fue demasiado tarde, no supimos más de ella y años más tarde, después de la guerra, supimos que la deportaron al campo de concentración donde perdió la vida. Theresienstadt. Allí la mataron. Lo supimos mucho después, cuando mis padres como tantos miles de familias, lograron investigar”.

¿Cómo les llegaban las noticias durante la guerra?

“En 39 vino la invasión de los sudestes. Y luego comenzó la guerra, la persecución, las deportaciones, el holocausto”.

¿Cómo se sintieron tus papás ante la aprobación de la anexión de Austria?

“Cuando Austria fue anexada ya había tenido una serie de gobiernos de derecha, fascistas. Pero era un pequeño país fascista que conservaba su vocación de país independiente. Cuando fue anexada por los nazis hubo un poco de todo. A los dos o tres días de la entrada de las tropas alemanas entró Hitler a Viena y se fue a la Plaza de los Héroes, una plaza gigantesca, bellísima y allí dio un discurso diciendo que finalmente estaban unidos todos los alemanes, ya no había austriacos. Ese discurso fue ante una entusiasta multitud. En Austria después se decía que fue la primera víctima del nazismo, no es cierto, fue una recepción apoteósica la que el pueblo vienés ofreció a Adolf Hitler. Hubo también, desde luego, los austriacos que se fueron al maquis (la resistencia)”.

¿Hubo un sentimiento entre los judíos austriacos de estar siendo traicionados?

“Un sentimiento de horror. ¿Cómo se huye de los nazis? ¿Qué va a suceder con un régimen fascista anti-todo? Anti-judío, anti-gitanos, anti-polacos, anti-demócratas. Así era la cosa”.

Entonces llegaron a México. Había toda una comunidad de habla alemana

“Había ya una comunidad austro-alemana. Judíos y no judíos. Aquí no se mezclaba entre ellos, eran dos grupos muy diferenciados, se manejaba la idea que creo que era básicamente correcta de que los alemanes y austriacos no judíos apoyaban plenamente a los nazis. El Colegio Alemán era entonces un centro de educación nazi al que mandaban a sus hijos”.

¿Cómo eran entonces las distintas comunidades judías?

“Había divisiones, los sefardíes, los askenazis, los judíos orientales, los judíos árabes”.

Se vivían como comunidades separadas.

Sí”.

¿Cómo?

Cada uno tenía su propio grupo. Los sefardíes no se mezclaban con los askenazis, ni con los libaneses, una cosa bastante racista diría yo”.

Todo esto en unos pocos kilómetros alrededor del centro. Las sinagogas casi puerta a puerta en la calle Justo Sierra. Frente a la plaza y a la iglesia

Se puede encontrar mucha información en los escritos de Jacobo Zabludovsky”.

¿Había una prohibición de casarse entre integrantes de distintas comunidades?

“Estaba permitido, pero no se hacía. Cada comunidad quería mantenerse leal a sus raíces. Creo. No perderlas en el exilio”.

¿En dónde se reunía la comunidad a la que pertenecían tus papás y ustedes?

“En la calle de Yucatán había un sitio de reunión sábados y domingos que se llamaba la Menorah, mi papá fue el primer presidente. Menorah es el candelabro de siete velas. Allí se reunían los judíos de habla alemana para comentar las noticias, sobre todo en los años de la guerra, cada quien daba las noticias del teatro de la guerra en Europa. Aquello de lo que cada uno se iba enterando. El local desapareció hace mucho tiempo. Era una casona vieja. Específicamente de la comunidad judía de habla alemana”.

¿Cómo era el ambiente en tu casa en espera de las cartas?

“Durante la guerra no llegaban cartas. No había comunicación posible, salvo las raras ocasiones en las que llegaban telegramas. La gente se reunía y comentaban las noticias que llegaban a través de los medios. No llegaban noticias familiares. Los periódicos publicaban sucesos del curso de la guerra. Había una asociación “Austria libre”, de facto la mayoría de los miembros eran judíos, no era una asociación propiamente judía, sino de gente de pensamiento democrático que había llegado de Alemania”.

¿Cómo vivían tus papás su exilio?

“Como todos los que habían salvado el pellejo huyendo del nazismo. Se adaptaron dentro de lo posible a una nueva vida en México, un país para ellos extraño. No hablaban español, evidentemente mi padre no podía ejercer su profesión de abogado. Murió joven mi papá, tenía males cardíacos. De ese grupo de la Menorah fue el primer presidente, tuvo que dejarlo porque estaba muy enfermo. Murió a los 63 años de edad. En cambio, mi madre aprendió bastante rápido el idioma, lo dominaba hasta un cierto punto. Se fueron adaptando, como todos. Hicieron nuevos amigos”.

¿Había una ola pro nazi en México?

“Definitivamente, se llamaban “Los Dorados”, “Los Camisas Doradas”, eso mientras todavía hubo relaciones con Alemania. México cortó relaciones con la Alemania nazi cuando el caso del Potrero del llano, un barco que llevaba petróleo a Estados Unidos y la versión oficial es que lo bombardeó y lo hundió un submarino alemán. Entonces México rompió relaciones con Alemania, fue a diez minutos de que comenzara la guerra. La versión no oficial es que fue hundido por los mismos estadounidenses para que México abandonase la neutralidad y le declarase la guerra a Alemania porque se temía que la Alemania nazi abriese un nuevo frente contra los aliados desde la frontera mexicana”.

En tu casa hablaban alemán

“Sí, pero yo fui a escuela hispano-mexicana. Mis papás jamás me hubieran inscrito al Colegio Alemán”.

¿Padecieron ellos el antisemitismo en México?

“Siempre lo hubo, un antisemitismo muy ignorante: ¿por qué los judíos crucificaron a Jesucristo? El otro era y es un antisemitismo ideológico. La pregunta era sobre todo de tipo religioso”.

¿Cómo vivían no saber de la familia en Europa?

Mi mamá estaba muy triste. Vivió la guerra muy triste. Como te dije, cuando quisieron salvar a su madre ya fue imposible. De la familia de mi madre algunos migraron a Australia o Nueva Zelanda. Era una familia de siete, dos hermanas, Hilda y mi mamá. Hilda se casó con un checo no judío, no sé qué fue de ellos, su hijo sobrevivió y después se carteaba con mi mamá. No sé qué fue de sus hermanos”.

Ustedes no eran religiosos

No. Cómo te dije iba en la escuela de republicanos españoles. Los compañeros eran hijos de republicanos o de familias liberales mexicanas”.

¿Cómo vivías el cambio de lengua entre el exterior y la casa?

“Si bien mi idioma original el que tenía en el oído era el alemán, cuando llegamos a México empezaba yo apenas a hablar. Comencé a hablar en español excepto en la casa”.

¿Te sentías integrado a México?

“Totalmente. En ese sentido te dije al principio que nunca me sentí exiliado, con una diferencia con respecto a mis compañeros, que en la casa se hablaba alemán. Cosa que agradezco, después me fue muy útil hablar dos idiomas”.

¿Había redes de apoyo para los recién llegados?

“La familia, los hermanos de mi papá. Uno de los hermanos llegó a México antes de la Revolución. Cuando nosotros llegamos ya había muerto”.

¿Cuál es tu relación emocional con Austria y con la lengua alemana?

“De muy joven me convertí en un súper nacionalista austriaco, todo lo austriaco me parecía maravilloso, sin mucho conocimiento de causa, en realidad. Hoy día pienso que era un poco una forma de defensa contra las posibles manifestaciones hostiles que pude haber tenido por parte de los compañeros, de algunos antisemitas. Fue menguando poco a poco. Sobre todo, cuando me di cuenta de que Austria clamaba ser la víctima del nazismo, lo que no es históricamente cierto. Austria resurgió como país independiente y se restablecieron las relaciones, mi mamá tuvo una iniciativa en el momento en que llegó el primer Encargado de Negocios del gobierno austriaco: corrió al consulado para que nos regresaran nuestra nacionalidad austriaca. Para que ya no fuéramos apátridas. Estuvimos ya aquí en calidad de inmigrados”.

¿Y tu relación con la lengua?

“La aprendí con muchas faltas, la gramática del alemán es muy complicada y nunca fui a una escuela en alemán. Decir que es mi lengua materna es muy relativo, comencé a hablar las dos al mismo tiempo, las dos las considero lengua materna, excepto que el alemán no lo aprendí en una escuela. Mi alemán se fue corrigiendo con el tiempo”.

¿Sin ser religioso, como entiendes tu pertenecía al pueblo hebreo?

“Nunca negué mi judaísmo, pero tampoco me consideraba miembro de ninguna comunidad judía. Fue muy favorable una educación liberal. Muchísimos judíos mandaban a sus hijos a las escuelas judías. Yo estoy muy contento de haber ido a una escuela hispano-mexicana”.

Pero es innegable qué hay una historia específica que es la tuya y que incluye la persecución, los guetos, las deportaciones, la shoa.

“Sí. Tuvimos la suerte de escapar del nazismo. No tengo recuerdo alguno de Austria en mis dos años en los que viví allá. Mis primeros recuerdos son ya de nuestra vida en México. Me gusta la literatura en lengua alemana. Me impresionó muchísimo El Tambor de Hojalata”.

¿A qué edad regresaste a Austria?

“Alrededor del 59. Me invitó un tío a visitarlo, era todavía una Austria ocupada por los aliados: la zona rusa, la estadounidense, la inglesa y la francesa. Viena estaba en medio de la zona rusa, pero tenía un estatus internacional. Estaban allí los cuatro poderes extranjeros. Era una Viena muy triste. Mucha destrucción todavía, la famosa catedral de San Esteban que es una de las joyas góticas de Europa no tenía techo todavía, había sido bombardeada. La gente estaba muy triste. Era una ciudad partida. No pasaba nada. No se reconstruía. Las calles de noche vacías y mal alumbradas”.

¿Tus papás regresaron?

“No. Nunca. Mi papá murió en el 50. Y mi mamá nunca quiso volver. Años después cuando Viena había resurgido le ofrecí un viaje a esa Viena que ella amaba y odiaba. No quiso. Ni por un día. Viena significaba mucho para ella: la Ciudad de su juventud, la de sus estudios de piano, donde formó a su familia y también, la manera en la que tuvo que huir de allí”.

¿Te hablaba de Viena?

“Algunas veces. Sus conversaciones con sus amigos austriacos eran: “¿Te acuerdas de aquel café, de aquella plaza? Ese tipo de conversaciones”.

¿Crees que ella vivió con mucha nostalgia?

“Eran sentimientos mixtos, nostalgia por una parte y un verdadero odio por otra parte”.

¿Cuál es tu palabra preferida en alemán?

“Una palabra que es de una longitud como de dos renglones completos”.

Cuando has ido a Viena ¿te imaginas cómo hubiera sido tu vida? ¿Una vida paralela?

“Realmente no. La sentía ajena y a la vez no demasiado. Reconocía espacios de las pláticas que había escuchado. Pero mis referencias estaban en México. Mi país es México”.