Opinión

Una jovencita muy enojada

Al lado de Greta encentramos entusiastas que expresan su esperanza en las nuevas generaciones; pero la esperanza de ellas está en nosotros. | María Elena Estavillo

  • 07/10/2019
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Greta Thunberg comenzó a llamar la atención al hacer su protesta regular una vez a la semana frente al parlamento sueco, acompañada de su mamá

Poco a poco fue ganando apoyos de otras niñas, niños y adolescentes alrededor del mundo. El mes de mayo pasado ese impulso se había convertido en un movimiento amplio más allá de las fronteras de Suecia, que llevó a estudiantes en ciudades de 150 países a dejar la escuela y salir a las calles para exigir una acción decidida para proteger el medio ambiente y luchar contra el calentamiento global.

Después, fue recibida en el parlamento francés y, más recientemente, bajo los reflectores de todo el mundo, cruzó el océano Atlántico para llegar a América. Sin usar transporte aéreo, para no contribuir al calentamiento.

Greta ya es toda una celebridad. Pero no pierde de vista su causa, la razón de ser de su activismo. Y por eso en el discurso reclama y señala la gran responsabilidad que tenemos los adultos para detener el daño al medio ambiente y posibilitar un futuro para las generaciones que vienen

Quizá era de esperarse que este mensaje tan fuerte y sin medias tintas, despertara resistencias. Pero aún así me ha sorprendido la virulencia de algunas y algunos detractores, tanto de países ricos como pobres, de derecha e izquierda, progresistas y tradicionales.

Estamos frente a una adolescente que decidió no quedarse callada, que muestra su enojo libremente, desafiando a quienes siguen pensando que las mujeres calladitas nos vemos más bonitas o que tenemos que ganar todo a punta de sonrisas y concesiones. Una niña enojada es la mayor afrenta a las buenas consciencias de la rancia sociedad.

Le dicen que no sabe lo suficiente, que es antipática, que se muestra demasiado enojada, que no sabe sonreír, que es catastrofista.

Yo la he escuchado pedir que pongamos atención a los científicos, que no dejemos pasar más tiempo y tomemos acciones decididas para cambiar el curso de las cosas. La he oído reclamar por su presente y por su futuro, hablar de la responsabilidad que tenemos las actuales generaciones.

Me impactó su discurso. Sobre todo, exclamar que le hemos robado su infancia, que ella debería estar en la escuela y no cruzando el mundo para concientizar a las personas que supuestamente están a cargo de la situación.

Y la entiendo. Veo esa desesperación también, aunque en otro contexto, en las mujeres jóvenes de nuestro país, que sufren en especial la violencia de género, que se ven limitadas para moverse libremente por nuestras ciudades, en el transporte público; con escasas perspectivas de un mejor futuro debido a la persistencia de usos y costumbres violentos y discriminadores.

Ellas también deberían estar en la escuela o en el trabajo; y también en las calles, paseando sin miedo solas o acompañadas de quienes elijan por gusto y no por miedo.

Al lado de Greta y de otras jóvenes que exigen un mundo mejor, frecuentemente encontramos entusiastas que expresan su esperanza en las nuevas generaciones.

Pero la esperanza de ellas está en nosotros.

Cuando fincamos en la juventud nuestros anhelos de un mundo mejor, validamos un discurso que deposita la responsabilidad de transformarse en las generaciones que apenas se asoman al mundo y que no están en posiciones de poder. Es una sutil manera de evadir nuestras obligaciones.

¿Es que ya no nos acordamos de haber sido alguna vez tan jóvenes como Greta, ansiando llegar a adultos para cambiar el mundo?

La protección del medio ambiente, la inclusión de los excluidos, la igualdad para mujeres y hombres, exigen acciones hoy para que sean una realidad mañana. Cada generación debe hacerse cargo de los desafíos que le toca vivir.

Estos retos demandan sacudir a nuestra sociedad. Para el medio ambiente: cambiar la forma de relacionarnos con el entorno, qué y cómo consumimos y producimos; replantear comodidades y modelos de desarrollo. Para la igualdad: estar dispuestos a compartir espacios, concientizar sesgos, reconocer privilegios, revisar procesos, conducirnos y relacionarnos de otra manera. No se trata sólo de adaptaciones cosméticas, sino de estar dispuestos a participar plenamente en una transformación real.

Si no somos nosotros, ¿quiénes? Si no es ahora, ¿cuándo? Podemos elegir ser parte del problema, o ser parte de la solución.

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