Opinión

Una habitación propia

"’Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si va a escribir ficción’ decía Virgina Woolf”. | María Teresa Priego

  • 02/02/2021
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Una de las más célebres frases de la literatura y de los feminismos. La respuesta que ofrece Virginia Woolf a la pregunta que hace ella misma: "¿Qué necesita una mujer para escribir?" "Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si va a escribir ficción”. La "habitación propia" es, por supuesto, el espacio físico en el que una persona se encierra, alejada del bullicio de la casa, de las/os hijas/os, del ruido de "allá afuera" para sumergirse en el viaje interior que permite la escritura. No son, escribe Woolf, las condiciones con las que las mujeres contaron a lo largo de la historia. Ni la educación formal, ni la independencia económica, ni el derecho al silencio formaron parte de la vida de la gran mayoría de las mujeres

Pero no es, claro, el único significado posible de la frase. "Una habitación propia" es también la metáfora de un objetivo en la vida: el tránsito de una mujer, de un cuerpo femenino cercado por los mandatos culturales, por las estrictas definiciones de cómo y para qué debe vivir una mujer, hacia una libertad que le permita singularizarse. Elegirse. Habitar su propio cuerpo. Conocerlo. Reivindicar el ritmo de su propia sensualidad, sus caminos. Habitar sus deseos. Habitar su independencia y sus proyectos. Habitar la libertad de elegir a quién ama y si la maternidad forma o no parte de sus anhelos de vida. El sueño de "la igualdad en la diferencia". Que las mujeres pudieran dejar de lado el más antiguo de sus oficios: ser el espejo de los hombres. “Las mujeres han vivido todos estos siglos como esposas, con el poder mágico y delicioso de reflejar la figura del hombre el doble de su tamaño natural”. 

Virginia Woolf escribe en el siglo XIX. Tanto ha cambiado, podríamos decir. Y tantísimo queda por cambiar. Las oleadas en todo el mundo de los feminismos jóvenes y muy jóvenes nos indican que los cambios se esparcen, se aceleran. Los feminismos toman la palabra en las plazas. Las mujeres asumen su voz. Las mujeres cada vez escriben más. Poco a poco se estalla el abismo entre feminidad y conocimiento. Pero en México como en el mundo, cuando a la educación de las niñas se refiere, cohabitan el siglo XXI y el X!X. El siglo XXI y la barbarie. “Durante la mayor parte de la historia, Anónimo era una mujer”, escribió Woolf. Refiriéndose a las obras femeninas ocultas, no firmadas, firmadas con pseudónimo. A las aportaciones femeninas relegadas a los fogones mientras alguien: ¿un marido? ¿un hermano? ¿un padre? firma el producto de aquellas ideas que no pueden sino pertenecerle, ¿de quién más serían?

La escritura de Virginia Woolf. El monólogo interior. "Mrs. Dalloway" sucede en términos cronológicos en un día. Pero el tiempo lineal no es -en el fondo- lo propio de lo humano. No vivimos solo en el tiempo que marcan los calendarios y los relojes, porque el tiempo de la subjetividad es muy otro. "La procesión va por dentro", dicen. ¿Cuántos tiempos recorremos en un día? ¿cuánto "pasado"? ¿cuántas edades? La confinamienta (sí, en femenino) agudiza esta realidad de los tiempos que corren paralelos. Es una experiencia limítrofe y como tal nos arroja con una fuerza inusitada hacia nosotras/os mismas/os. Las mujeres, decían, deben de permanecer "en su interior". El interior de una casa. El interior de ellas mismas. Woolf no asistió a la universidad como sus hermanos varones. Las niñas fueron educadas como sucedía, con tutores en su casa

A los 13 años Virginia era huérfana de madre. Después -a los 13- perdió a su hermana Stella. Unos años después a su padre. Las depresiones comenzaron. Insomnio. Migrañas. Un "mal" la alejaba de su lucidez y de sí misma. La "ola" como ella le llamaba llegaba de golpe. Sin anunciarse. Sin que su voluntad pudiera actuar contra ella. El "horror" pateaba la puerta y se instalaba. Su cercanía con su hermana Vanessa, su amor por Leonard Woolf, su amistad con Vita Sackville-West la acompañaban. El "Círculo de Bloomsbury", esa fascinante reunión de inteligencias y sensibilidades. Pero los episodios regresaban. Más frecuentes. Virginia se perdía en ellos. Y no, no quiso perderse más. A los 59 años se cubrió con su abrigo -como sabemos- esa escena tan citada: lleno los bolsillos con piedras y caminó haca el río Ouse. "Orlando", "Las olas", "Al faro", "Mrs. Dalloway", "Una habitación propia". Había nacido el 25 de enero de 1882. El 28 de marzo de 1941 eligió su muerte. Un ícono de la literatura escrita por mujeres. Un ícono de los feminismos y sus anhelos.

Su carta de despedida a su compañero Leonard Woolf es un entrañable mensaje de amor y gratitud. Que un día, nuestras habitaciones interiores, por fin sean nuestras.

"Querido:

Estoy segura de que me vuelvo loca de nuevo. Creo que no puedo pasar por otra de esas espantosas temporadas. Esta vez no voy a recuperarme. Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme. Así que estoy haciendo lo que me parece mejor. Me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todos los aspectos todo lo que se puede ser. No creo que dos personas puedan haber sido más felices hasta que esta terrible enfermedad apareció. No puedo luchar más. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y sé que lo harás. Verás que ni siquiera puedo escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte que… Todo el mundo lo sabe. Si alguien pudiera haberme salvado, habrías sido tú. No me queda nada excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo. No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que lo hemos sido nosotros".

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