Opinión

Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa: Sheinbaum

Estamos sin lugar a dudas frente a un grave problema de salud pública. | Leonardo Martínez Flores

  • 01/08/2019
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Para los que no estábamos al tanto resultó sorpresivo el amparo obtenido por Greenpeace, a principios de este mes de julio, contra los niveles de activación del Programa para Prevenir y Responder a Contingencias Ambientales Atmosféricas que se aplica en la Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM). Entiendo que el propósito de Greenpeace es que las contingencias ambientales sean declaradas cuando los niveles de contaminación lleguen a los 100 puntos Imeca, que es el valor de referencia utilizado en las normas de salud ambiental, y no cuando los niveles llegan a 150 puntos, tal y como está actualmente establecido.

Según la información difundida en medios, Claudia Sheinbaum declaró que “Ahí hay una confusión, porque una cosa es una norma ambiental y otra es una contingencia. Contingencia es precisamente cuando estás en una situación extraordinaria” y rechazó que la política ambiental pueda ser fijada por una organización gubernamental. La Comisión Ambiental de la Megalópolis (Came) anunció que se suspendían las contingencias y Greepeace replicó que ese nunca fue el propósito, pues lo que pide es que se declaren usando los límites de las normas de salud. No tengo información de tras bambalinas pero supongo que la discusión está vigente.

Sheinbaum empieza bien diciendo que una cosa es una norma ambiental y otra es una contingencia, pero pierde completamente la brújula cuando remata diciendo que “Contingencia es precisamente cuando estás en una situación extraordinaria” como si ambos instrumentos fuesen comparables y sólo se diferenciaran porque uno corresponde a una situación extraordinaria y el otro no.

Lo que sucede es que una norma de salud es un estándar al que se llega después de un largo y complicado proceso en el que se toman en cuenta referencias internacionales y participan muchos actores, desde los científicos especialistas hasta los representantes de muchos institutos de salud, del gobierno federal y de gobiernos estatales y locales.

Por su parte el programa de contingencias es un documento elaborado básicamente por la Sedema, difundido por la Came para dar una imagen de consenso, en el que los valores de activación (hay que decirlo con todas sus letras) se deciden arbitrariamente y con criterios políticos en función de factores como la correlación de fuerzas entre el gobierno local y el sector privado, y el número de contingencias de años anteriores.

Los límites de concentraciones de contaminantes establecidos en las normas de salud son evidentemente mencionados en el programa de contingencias, pero casi como un dato anecdótico pues realmente no se usan para determinar los niveles de activación. La dinámica de la determinación de dichos niveles es otra y obedece a distintas combinaciones de factores, por ejemplo, a mayor fuerza del sector privado y menor número de contingencias en años anteriores, menor presión para bajar los niveles de activación.

Nótese cómo hay una lógica perversa en el afán de mantener altos los niveles de activación: con niveles altos hay menos contingencias, la gente cree que la contaminación atmosférica está más o menos controlada y que por lo tanto los daños sobre la salud no son todavía tan graves como para alarmarse. Pero como he comentado en otras entregas, la verdad es otra pues estamos sin lugar a dudas frente a un grave problema de salud pública.

Sheinbaum ha demostrado en varias ocasiones que ni conoce ni está al tanto de la gravedad de los efectos crónicos de la contaminación del aire sobre la salud de la población y de los ecosistemas naturales.  Ha reiterado públicamente que el incremento de las concentraciones de contaminantes causa enfermedades respiratorias y otras molestias menores. Pero la evidencia científica muestra que aparte de los efectos de la exposición aguda (que se da cuando hay picos de contaminación) hay efectos muy graves por la exposición permanente a niveles que están muy por debajo de los niveles de activación de las contingencias. Esos efectos son, por ejemplo, cáncer de pulmón e incremento de muertes por enfermedades isquémicas del corazón; enfermedades cerebrovasculares, diabetes y enfermedades mentales, ansiedad, depresión e incremento de probabilidad de suicidios. Es importante estar conscientes de que la esperanza de vida de muchas de las personas que habitamos en las ciudades mexicanas se ha ido reduciendo por causa de la contaminación del aire, simplemente por vivir ahí, sin necesidad de llegar a concentraciones de contingencia.

Regresando al tema del amparo, la Came reaccionó diligentemente para respetar la orden del juez, canceló la activación de contingencias y nos espetó, para cuando se rebasen los 100 puntos del índice de calidad del aire, la misma serie de medidas inefectivas e insusbstanciales de siempre, con las que las autoridades de la Came siguen dándonos atole con el dedo.

Entre otras, las siguientes son algunas de las medidas publicadas: evitar la exposición al aire libre de los grupos susceptibles, que incluye a todas las niñas y niños (nos preguntamos si eso significa dejarlos encerrados sin ir a la escuela, porque para irse a la escuela hay que exponerse al aire libre y para muchos implica tomar vehículos de transporte público, dentro de los cuales suele haber mayores concentraciones de contaminantes que afuera); reducir el uso del vehículo particular, compartir el auto y utilizar el servicio de transporte público (como si las enormes complicaciones de movilidad se resolvieran mágicamente al llegar a los 100 puntos y la gente pudiera modificar sus destinos y  modos de viaje sin grandes costos adicionales, y como si el transporte público, ya de por sí rebasado, pudiera absorber incrementos súbitos de demanda); y revisar y reportar fugas de gas de manera inmediata (como si la gente supiera cuál es el protocolo para hacer la revisión y qué reportar, y como si el gobierno de la ciudad tuviera sistemas de reacción y atención inmediata suficientes para esos casos).

Nos queda claro que los responsables de la política ambiental, con y sin amparos de por medio, siguen demostrando una muy baja y deplorable capacidad de respuesta ante los retos que enfrentamos. Entre una y otra cosa, los habitantes de la ZMVM seguiremos de rehenes ante los embates sin cuartel de la polución atmosférica.