Opinión

Una buena idea

La drástica reducción al monto de financiamiento de los partidos políticos supone aniquilar al sistema institucional. | Ricardo de la Peña

  • 01/05/2022
  • Escuchar

No se puede ir en contra de algo por lo que se ha propugnado durante años. Y ese es mi caso respecto a la propuesta de reforma al mecanismo de elección y asignación de curules para el legislativo.

Desde luego, son muchos los aspectos contenidos en la propuesta de reforma en materia electoral presentada por el Ejecutivo federal al Legislativo inadmisibles por las oposiciones. Varias de ellas fueron previamente comentadas, pero habría que añadir que la drástica reducción al monto de financiamiento de los partidos políticos supone aniquilar al sistema institucional construido por décadas y pareciera que no convendría ni siquiera a los aliados del partido mayoritario. Sin embargo, retomo, hay un aspecto que pareciera una buena idea: la modificación del tamaño de las cámaras federales y de los mecanismos para la asignación de curules.

Lo realmente propuesto

Aunque la exposición pública de la propuesta, que apuntó que se desaparecerían las posiciones asignadas por vía plurinominal, provocó un desgarre de vestiduras por muchos opositores y críticos, eso respondió más al discurso políticamente conveniente y no al contenido mismo de la propuesta. En realidad, lo que se propone es disminuir el tamaño de las cámaras federales a 300 diputaciones y a 96 senadurías, asignadas proporcionalmente a la votación lograda por los partidos a partir de listas cerradas por entidad federativa. Eso supondría más bien la desaparición del sistema de distritos uninominales existente desde hace un siglo y la adopción de un sistema plurinominal por entidad federativa que aproximaría el reparto de curules a la votación lograda.

Lo que la propuesta propicia

Si se revisa la desproporcionalidad que supone en el caso de la diputación federal el actual mecanismo de asignación de curules, se encuentra que dicho desacuerdo entre votación lograda y asientos asignados es de más de diez por ciento, con desajustes hasta de casi seis puntos porcentuales en el caso de algunos partidos. Si la distribución se cambiara por la que se propone, la desproporcionalidad total que se tendría sería menor a dos y medio puntos porcentuales y ningún partido se afectaría por más de 1.1 por ciento de desacuerdo entre votación y asientos, además de que la coalición gobernante en conjunto no lograría una mayoría absoluta de los asientos. Así este reparto supondría la preservación de la distribución equitativa de posiciones respecto de la población electoral por entidad federativa, lo que hoy día no se resguarda, a la vez que se evita la creación de divisiones artificiales en distritos electorales, pudiendo mediante el sistema de listas cerradas garantizar la equidad de género y el respeto a la representación de minorías.

Esta propuesta es luego una muy buena idea. Pero dado que va de la mano con muchas malas ideas, lo más factible es que sea rechazada junto con lo demás, al no alcanzar la propuesta presentada la mayoría calificada que se requiere para su aprobación. Eso no impide, sin embargo, que luego de que se dé curso a la propuesta actual, los propios legisladores puedan iniciar un procedimiento para una reforma constitucional que modifique el tamaño de las cámaras y los mecanismos de elección y asignación de curules para la representación federal, lo que pudiera concitar un acuerdo de las principales fuerzas partidarias. Ojalá se intentara, pues resulta siempre conveniente para una democracia acercar la distribución de curules a la votación realmente obtenida.

Para La Silla Rota es importante la participación de sus lectores a través de  comentarios sobre nuestros textos periodísticos, sean de opinión o informativos. Su participación, fundada, argumentada, con respeto y tolerancia hacia las ideas de otros, contribuye a enriquecer nuestros contenidos y a fortalecer el debate en torno a los asuntos de carácter público. Sin embargo, buscaremos bloquear los comentarios que contengan insultos y ataques personales, opiniones xenófobas, racistas, homófobas o discriminatorias. El objetivo es convivir en una discusión que puede ser fuerte, pero distanciarnos de la toxicidad.