Opinión

Un respirador para López-Gatell

Es de temerse que el equipo de salvamento haya llegado tarde. | Roberto Rock L.

  • 28/05/2020
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Contra la aseveración del presidente López Obrador (“no estás solo”, le dijo el 4 de mayo, con el estribillo que la vieja izquierda dedicaba a los luchadores sociales bajo acoso), Hugo López-Gatell se halla cada vez más aislado, posiblemente en el rumbo de su propia agonía.

El subsecretario de Salud rompió los puentes que lo ligaban al titular del sector, Jorge Alcocer, del que alguna vez fue alumno en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición. Su estrecho equipo de directores generales, arietes en la dependencia contra otros funcionarios, no han tenido mayores alcances que causar una indignación generalizada dentro y fuera del señorial edificio de la calle Lieja, a las puertas del bosque de Chapultepec en la Ciudad de México.

Sus alianzas con Mauricio Hernández, funcionario del IMSS, y con Raquel Buenrostro, ahora en el SAT, no le suman a López-Gatell lo necesario. Nadie quiere nadar en el mar agitado de la política mexicana con un fardo atado a los pies, como acabará convertido el también vocero de la estrategia gubernamental en contra de la pandemia.

Sus colegas en la medicina, que antes de esta historia le reconocían rigor técnico y conducta austera, toman distancia de este personaje que parece suspendido a doble montura entre la ciencia y la política, lo que es moral y profesionalmente incompatible. Nadie ha tenido en el ámbito académico diploma alguno, o la distinción que merecen los sabios, por el estrafalario mérito de ser cómplice de un gobierno que jugó a ocultar a una nación una verdad que podía marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

Ya epidemiólogos serios y matemáticos respetados han alertado de cómo la administración de López Obrador, su estrategia y la operación consecuente de López-Gatell con el manejo de las cifras arrojadas por la crisis sanitaria, chapotean hoy en un lodazal de contradicciones que el mundo juzga cada vez más como una farsa.

En este esquema la aritmética es bastante sencilla: el número de contagiados fue mantenido bajo control gracias a la escasez de pruebas (poniendo en riesgo a millones de personas), pero la estadística de muertos ofreció mayor resistencia a ser maquillada. Así acabó resultando que la cifra de decesos como proporción de los contagiados acabó entre las más altas del mundo, por razones que pertenecen a lo que no se puede explicar oficialmente. A ello se añade que el número de muertos por cada millón de habitantes se colocó también en el “top ten” planetario… al tiempo que se ignoraban nuevos llamados, propios y ajenos, para hacer pruebas masivas, porque aun pueden ser claves, se asegura, para evitar nuevos brotes de covid-19.

A estas alturas la imagen del doctor López-Gatell ha parecido escaso de tono, como que palidece, acaso por la falta del oxígeno que en la vida pública sólo es provisto por lo que provee la credibilidad y el respeto ciudadano.

Luego llegó, también desde el atril presidencial, el nombramiento de “orgullo de México” al difundirse que la mismísima Organización Mundial de la Salud había invitado a López-Gatell, por sus méritos de campaña contra la pandemia, para dar lustre a un comité de expertos que, seguramente, resultará iluminado con las aportaciones de nuestro compatriota. El mundo entero no podrá hacer otra cosa más que nombrarlo benemérito de la salud global.

Documentos publicados por La Silla Rota nos han revelado ya que la OMS envió al gobierno mexicano una sencilla comunicación en la que, con lo que parece la mejor de las voluntades, informa que López-Gatell podría pasar eventualmente a formar parte de un panel técnico, pero no garantiza nada ni replica, en ningún momento, el lenguaje que podría darnos a entender que esa institución se halle conmovida hasta sus cimientos por el privilegio de contar de vez en cuando con la aportación, quizá vía Skype,  de las opiniones de nuestro hombre en esas grandes ligas.

A estas alturas los estrategas de Palacio posiblemente estén diseñando el equivalente a un espacio de terapia intensiva para el vocero-médico que diagnosticó al Presidente con la condición de inmunidad ante el covid-19, lo que puede transferir a todo aquel con el que se tope gracias a su condición fisiológica de “fuerza moral”. Acaso vaya en camino ya también un respirador que, tras ser intubado, dote de al menos un poco de sobrevida social a la eminencia médica que nunca se permitió al menos matizar una frase, un posicionamiento del señor-presidente. Porque también, puede decir, es-un-honor-mentir-por-Obrador.

Pero es de temerse que el equipo de salvamento haya llegado tarde. Ayer el señor López-Gatell quedó al desnudo, abrazado solo a la bandera de la 4T, mientras insultaba a senadores de oposición que en una videoconferencia le demandaban aplicar más pruebas en el país.

Con el muy original argumento de acusarlos de que encarnan la culpa del desastre actual del sistema de salud, el funcionario quedó reducido a una ficha de cambio por parte de bloques políticos en el Congreso, que legítimamente argumentarán que no reconocen la interlocución de un gobierno que envía a un empleado de segundo nivel a insultar a legisladores. A servidores públicos cuya investidura emana del mismo lugar que la del presidente de la República: la voz de las urnas.

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