Opinión

Un mundo que desapareció

“Ya nada nos pertenece: nos quitaron nuestra ropa, nuestros zapatos... nos despojaron hasta de nuestro nombre".

  • 08/12/2015
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“Ustedes que viven seguros/ En sus cálidos hogares/ Ustedes que al volver a casa/ Encuentran la comida caliente/ Y rostros amigos/ Pregúntense si es un hombre/ El que trabaja en el lodo/ El que no conoce la paz/ El que lucha por medio pan/ El que muere por un sí o un no/ Pregúntense si es una mujer/ La que no tiene cabello ni nombre/ Ni fuerza para recordarlo/ Y sí la mirada vacía y el regazo frío/ Como una rana en invierno/ Piensen que esto ocurrió:/ Les encomiendo estas palabras./ Grábenlas en sus corazones”, Primo Levi.

           

 

Ese pequeñito con su sonrisa de hoyuelos, con su bufanda y su abriguito. Ese niño que sonríe a la cámara en el año de 1938. Cuando su familia, su casa, su pueblo aún existían. Adolf Hitler fue elegido canciller de Alemania en 1933. Los adultos sabían. Sí, el antisemitismo pateaba a la puerta. Lo sabían desde siempre. Ahora pateaba la puerta con una minucia y una ferocidad particulares. ¿Hasta dónde estarían dispuestos a llegar? ¿Acaso era posible la destrucción de todo un mundo? La aniquilación. Lo inimaginable. ¿Acaso el resto de los habitantes del planeta estarían dispuesto a permitirlo? Bebés, niños, adolescentes adultos, ancianos.

 

Culpables de nada. Culpables de ser judíos. Eso bastó. Y allí están esas imágenes de la exposición “Un mundo que desapareció”, las fotografías de Roman Vishniac, expuestas en la Galería del Centro Comunitario Nidjei Israel (Acapulco 70,  colonia Condesa.) Un pequeño grupo de muchachos de secundaria la visitan ese mediodía. Son tan jóvenes. Estudian en una secundaria pública en Xochimilco. Traen sus cuadernos. Es una tarea que les encargó un maestro después de escuchar a uno de ellos decir: “Hitler tenía razón”. El muchacho no sabía ¿razón en qué? Pero repetía una frase escuchada en el comedor de su casa.

           

 

 

La necesidad de saber y de intentar entender. Esa obligación de memoria que nos humaniza, que nos arranca de los prejuicios, que nos libera de ignorar la repetida “banalidad del mal”. “¿El diario de Ana Frank?”. “Es una manera, sí, de comenzar”. Y un día Primo Levi: “Si esto es un hombre”,  “Los hundidos y los salvados”. “La especie humana” de Robert Antelme. “Los días de nuestra muerte”, de David Rousset. El poeta Paul Celan.

 

Los testimonios muy cercanos (aunque parafraseando a Publio Terencio, ¿qué de lo humano podría sernos ajeno?): el libro “El último sobreviviente”, escrito por Aaron Gilbert, es la historia de su padre, Shie Gilbert, sobreviviente de tres campos de concentración y exiliado en México. 

 

"Mi nombre es Aaron Gilbert y soy, de alguna manera, sobreviviente del Holocausto. Nací en la ciudad de México en el año de 1949, cuatro años después de terminada la Segunda Guerra mundial… (mi padre) cruzó los Alpes, navegó por la inmensidad del mar y voló a tierras desconocidas hasta conseguirlo, al llegar en 1947, a ese mundo nuevo, que él bautizó como 'el Paraíso' y es conocido por todos los demás como México".

 

 

 

Recuerdo esa escena que narra el regreso de Shie Gilbert con su familia, al pueblo polaco en el que vivió y del que él y todos los judíos fueron arrancados. Recuerdo ese momento en que explica cómo su familia construida en México, la felicidad, el amor, la vida que se continúa: “son mi mejor venganza contra Hitler”. El libro: ¿Quién hablará por ti? de Arnoldo Kraus, la memoria de la vida de sus padres, judíos polacos exilados en México. Testimonios. Esa obsesión de los deportados: sobrevivir para testimoniar. “Los narradores de Auschwitz”, de Esther Cohen.

 

Mirar las fotos de Roman Vishniac, la mayoría de las ahora expuestas en el Centro Comunitario son de 1938. ¿Qué fue de esos adultos que atraviesan la calle, se muestran en sus distintos oficios, sonríen, leen? ¿Qué fue de esos niños que miran a la cámara?  Mirar las fotos así, en su presente eterno. La aniquilación de todo un mundo es ya inminente. ¿Cuántos de ellos sobrevivieron? ¿Cuántos regresaron de la deportación?  ¿Hacia dónde fueron? ¿Alguien en el mundo reconoció su rostro de infancia en estas fotos?  ¿El rostro de un ser amado y muy suyo? Pero, ¿quién podría no reconocer algo de su propio rostro en ellos?

 

“Ya nada nos pertenece: nos quitaron nuestra ropa, nuestros zapatos, y hasta nuestros cabellos: si habláramos, no nos escucharían… nos despojaron hasta de nuestro nombre, y si queremos conservarlo, deberemos encontrar en nosotros la fuerza necesaria para que detrás de ese nombre, algo de nosotros, algo de lo que fuimos, subsista”, Primo Levi.

 

 

Roman Vishniac nació en 1897 en el pueblo de Pavlovsk, Rusia. Creció en Moscú y estudió zoología y biología. A los siete años su abuela le regaló una cámara. Ante el creciente antisemitismo postrevolucionario, la familia emigró a Berlín. Entre 1935 y 1938 viajó por Europa central y oriental recogiendo las escenas de la vida cotidiana de los judíos. Fue arrestado en París en 1940 y trasladado a un Campo francés de deportación del que lograron salvarlo. Ese mismo año pudo llegar a Nueva York.

 

De los más de 16, 000 negativos contenidos en el archivo de Vishniac (hasta ese momento), sólo pudo rescatar 2,000 a su huida de Europa. De esos negativos recatados nos llega la entrañable exposición en el Centro Comunitario de Acapulco 70.

 

“Un hombre mata a otro… La humanidad retrocede. Un hombre salva a otro…La humanidad progresa”, Primo Levi.

 

(Para quienes no vivan en la ciudad de México o no puedan visitar la exposición, la obra del fotógrafo se encuentra con facilidad a través de internet).

 

@Marteresapriego