Opinión

Un largo y sinuoso camino hacia el 18

Por Gustavo Ferrari Wolfenson

  • 13/06/2017
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Domingo  4 de junio, 9 pm. Un par de amigos del círculo más cercano y miembros del  grupo Atlacomulco, se comía las uñas esperando el resultado electoral del estado de México. Los números aún eran confusos.  Más de uno,  en exceso pesimista,  comentaba que el futuro estaba en irse todos con Alejandro Murat a Oaxaca en calidad de exiliados para los próximos años. Otro amigo que tenía que viajar, subió al avión y más tarde me confesó que fueron las dos horas más intranquilas de su vida por la ausencia de noticias y el poder aterrizar conociendo  una decepción. De pronto el Instituto Electoral del estado de Mexico, en un horario tempranero y poco convencional para hacer declaraciones, salió al aire informando que los resultados del conteo rápido daban una ventaja al candidato oficialista y que la tendencia seguiría en esos niveles de diferencia. O sea, había ganado Alfredo del Mazo y que uno de cada seis electores votaron por él.

Estando con un celular que ardía en la mano, los uffff de respiro que aparecían en la pantalla, parecieron enfriar de pronto las recalentadas baterías. La respiración había vuelto, se ganaba el estado de México, se conservaban las cuotas de poder y se mantenía un posible aguantadero para lo que vendrá a partir del 18.  Por su parte Morena, como es su costumbre, salió a impugnar lo posible e imposible. Ya está un tanto gastado su libreto, pero evidentemente más allá de la típica denuncia partidaria, lo que ellos estaban midiendo era su comportamiento electoral sin alianzas hacia el 2018.

La elección en el estado de México, como en Nayarit, como en Coahuila representó asimismo, a mi juicio, la última intención de poder aceitar un aparato o maquinaria electoral que ya está oxidada y decadente. El 50 por ciento de participación en Edomex, la baja también en los otros estados, nos están mostrando que la tropa, despensa, tinaco, playera, mandil y algunos pesitos, ya no funcionan. Los triunfos electorales no pueden celebrarse con  un promedio del 35 por ciento de los votos y la  gente ya no sale a cumplir con el sufragio  porque ya no cree, le parece todo lo mismo y realmente no hay nada que los excite a tomar una decisión que supuestamente les cambiará la vida, cuando ya han visto y comprobado que el bolsillo está cada vez más vacío y los tan mentados slogan de empleo y seguridad son una utopía que nadie se las cree.

Estas elecciones terminaron con tres palabras que son fundamentales en la vida democrática de un país: participación, credibilidad y confianza. No existió ninguna de las tres y en aquellos estados en donde se produjo una alternancia de colores partidarios, venció más el hastío hacia lo que estaba,  que hacia una propuesta concreta de esperanza.

El escenario que nos lleva ya en camino hacia el 2018 será, como dice  la canción de Paul McCartney, “un largo y sinuoso camino”. Los partidos tendrán que empezar a tejer sus alianzas. Solos saben que no podrán con el paquete y que los números no les permitirán alcanzar la ansiada presea hacia el trono. Muchas corrientes se están preguntando cuando se instaurará la segunda vuelta electoral, porque ya no podemos asumir que el poder absoluto lo tendrán candidatos que apenas alcanzan el tercio del total del porcentaje electoral.

Sin embargo, ese escenario de poca representatividad y legitimidad parece no inmutarles a los partidos políticos que siguen aferrados al repetir más de lo mismo.  Cabría preguntarnos en tal caso ¿Los dirigentes políticos son conscientes de la enorme brecha que se ha generado entre el accionar de los partidos y las demandas de la población? ¿No se han dado cuenta que la ciudadanía se siente cada vez menos representada por ellos? No creo que existan diferencias de colores partidarios frente a esta crisis de representatividad, ya que parece que en general se busca poner un “remiendo” en vez de corregir toda la prenda. Dichos “remiendos” se han presentado –como la mayoría de las cosas en política- de una manera muy diplomática, y se pueden dividir en dos posiciones. La primera ha consistido en seducir a la ciudadanía presentándose como ese partido que está cambiando de acuerdo a las inquietudes sociales, mientras en su interior continúan las mismas figuras bajo idénticas estructuras. La segunda salida, ha consistido en imputar todos los males del descreimiento a los demás grupos, eximiéndose de todas las responsabilidades sobre la conducción del país.

Se está atravesando por una situación que muchos han dado en llamar “analfabetismo político”, analfabetismo que no debe ser entendido como la ignorancia de la ciudadanía sobre el acontecer, sino como el desinterés de la población hacia la política, lo cual hace peligrar en cierta medida el funcionamiento democrático de una nación. La historia nos muestra cómo el desencantamiento político muchas veces ha traído aparejada la confusión y el desorden social.

El 2018 está a la puerta de la esquina. El domingo pasado tuvo su primera escala. Para quieres sienten que salieron a flote, aun el barco no se estabiliza, para quienes piensan que remando un poquito más se llegará a buen puerto, todavía hace falta mucho por recorrer. ¡Santa elección Batman! diría el recordado y recién fallecido Adam West.  Sin embargo, es tiempo de pensar que allá afuera hay mucha gente que la está pasando muy mal y necesita una inyección de responsabilidad republicana y confianza institucional.

¿Y para eso que remedio hay?

Gustavo Ferrari Wolfenson | Consultor internacional en temas de fortalecimiento de gobiernos.

@gferrariw





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