Opinión

Un duelo

¿Cómo se transita un duelo? Cada quien tiene su particular manera. Sus ceremonias, sus rituales para despedirse. Sus tiempos. | María Teresa Priego

  • 05/11/2019
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Hay, en la espera,

un rumor a lila rompiéndose.

Y hay, cuando viene el día,

/una partición de sol en pequeños soles negros.

Y cuando es de noche, siempre,

una tribu de palabras mutiladas

busca asilo en mi garganta.

-Alejandra Pizarnik

La muerte. Sus ceremoniales públicos, compartidos. Después cada quien atraviesa –hacia adentro– el umbral de la casa. Recorrer el espacio que fue suyo. Sentarse en el sillón preferido del ausente y mirar desde allí. ¿Cómo se miraba desde donde él miraba? ¿Cómo se vivía desde donde él vivía? Quizá las preguntas de siempre, que se agudizan. Abrir los armarios. Ayer, hace apenas unos días, esa camisa, esa corbata, tenían una razón de existir. Los cuadernos en los que escribía. Su letra. Sus espacios y sus objetos deshabitados de golpe.

La vida nos arrancó a alguien muy amado. Eso es un duelo. Esa persona a la que una/o pierde y esa parte nuestra, que, por un tiempo, se va con ella. La herida. Con el tiempo, con los rituales, si logramos transitar el duelo, la herida cicatriza. Desde el psicoanálisis, hay un momento en el que logramos “retirar nuestra energía libidinal” de la persona a la que perdimos. La recuperamos, esa “energía”. Podemos después invertirla de nuevo en otros objetos de amor. “Integrar en nosotros una característica de la persona perdida”.

Pero, ¿cómo se transita un duelo? Cada quien tiene su particular manera. Sus ceremonias, sus rituales para despedirse. Sus tiempos. “Memoria iluminada, galería donde vaga/ la sombra de lo que espero. No es verdad que vendrá. /No es verdad que no vendrá”, escribió Pizarnik.  Las flores amarillas en los altares para los muertos. Las fotos. “Los muertos que regresan esa noche”. Es casi imposible pensar que alguien “regresa” en los comienzos de los duelos. ¿Cómo regresaría quien no se ha ido? Aún no es el tiempo del cempasúchil. Aún es el tiempo de esa confusión que lleva a marcar el número de teléfono de alguien que ya no está. Esa confusión de seguir pensando y hablando en presente. Una travesía complejísima el tiempo en el que se habla. ¿Una dice “Le gusta” o “Le gustaba”? No llega el cambio en automático. “Eso le hubiera gustado”.

El duelo es ajeno al calendario. Sumerge en un tiempo otro. El tiempo subjetivo. El desamparo nos habita. Una cierta errancia. Comenzamos a errar por los espacios de la memoria. Por los imaginarios. Por las ciudades. Por los rincones de la casa. Una batalla entre la realidad y la invención. Entre la herida y sus paliativos. “En el duelo encontramos que la inhibición y la ausencia de interés (por el exterior) se explican por el trabajo de duelo que absorbe al yo”, escribió Freud. Y allí vamos. “No es verdad que vendrá/ no es verdad que no vendrá”. Porque vuelven a caminarse las calles de la persona amada. Sus fragmentos de vida. Se reavivan sus misterios y las preguntas que guardamos. Las que le estuvieron y le están dirigidas.

Leía un cuaderno de mi padre y mi hijo mayor me dijo: “no puedes resolver el misterio que te representa. No tienes manera de conocer sus indecibles y sus secretos. No puedes, mamá. Las personas se van con sus secretos”. Renunciar a un cierto “saber acerca del otro” amado, que casi nunca es posible, de todas maneras. Ni siquiera cuando está vivo. Quizá es su infancia lo que más me duele. Quizá son esos hoyos negros de una infancia y de una adolescencia de la que siempre le costó demasiado trabajo hablar. Mi padre nunca se curó de su infancia. ¿Si no pude ayudarlo antes, cómo podría ahora? El duelo es el intento de recuperar para una misma. “Integrar” una partecita del otro.

“La existencia del objeto perdido se persigue psíquicamente”, Freud. Si tan solo pudiera integrar su fuerza. Su lucha contra la muerte los últimos días. No se quería morir, no. Y su manera de aferrarse era intentar repetir los gestos indispensables, con un esfuerzo inmenso. Parecía pensar: “si recupero ese gesto, me recupero a mí mismo”. “Si no abandono mis hábitos, no me abandono a mí mismo”. Apenas pudo, ya en su casa, rechazo ese pijama, la ropa cómoda. Quiso vestirse “para salir”. Sentarse en la sala. En el comedor. Intentar escribir. Las más modestas rutinas. Con esa voluntad suya tan tenaz que le permitió construirse una vida tan distinta a la de su infancia.

Ya casi nada era posible. La expresión de sorpresa en su rostro. Ya no valen ni la voluntad, ni la disciplina. Cuerpo traidor. Cuerpo traidor de quien sólo quiere comer una sopa en una mesa. Cuerpo traidor de quien sólo quiere unos minutos sin dolor. Marco el número en el que sé que nadie va a responderme. Tiene razón Pizarnik: “las palabras mutiladas” y una “partición del sol en pequeños soles negros”. Cargamos a cuestas esos “solecitos negros”. Y las palabras terminan por desatarse y salir de la garganta. Porque es un ritual. Indispensable. Regreso a mi infancia y te miro pateando un “sol negro” que hace las veces de un balón. Invento. Invento. Invento. Acá todos bien papá, sólo que extrañamos nuestro mundo de “toda la vida”. Ese mundo en el que estabas vivo. Una cierta errancia nos acompaña.