Opinión

Un domingo -casi- con mi papá

No sé explicar ese abrazo. Esa intensidad de la pérdida y los reencuentros. | María Teresa Priego

  • 23/06/2020
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“¿Cómo se ve la luz de una vela cuando está apagada?”. -Lewis Carroll

Mi padre murió en el mes de septiembre del 2019. Fue un hombre longevo. La frase anterior es un esfuerzo por remitirme a un dato duro, racional. Vivió casi 93 años. Si me concentro podría decir que para entonces, su cuerpo lo traicionaba con una crueldad tal, que no había manera de imaginar o desear prolongaciones. Si me desconcentro diría que aún no logro entender que también a él, lo traicionara hasta matarlo, el cuerpo. Se aferró a la vida, luchó por ella. Hasta el último día quiso salir a la sala y recorrerla –un viaje larguísimo- de un sofá al otro. Pidió su cuaderno para intentar escribir. No recordaba cómo. Miró desolado su cuaderno de rayitas, como un niño extraviado. Sabía que ya no sabía escribir. Sabía que alguna vez había sabido. 

Esta consciencia que por momentos él tomaba ante la dimensión de sus pérdidas fue de un desamparo avasallante. Suponía que si retomaba sus rituales, la vida se quedaba con él. Unos días, unos meses más. Quiso bañarse, vestirse, ponerse su camisa bonita. No creía en ningún más allá. Estaba solo ante su muerte, así a como estamos. Desamparada y valientemente solo. Decía: “me estoy muriendo” y planeaba futuros. Tenía razón. Las personas tenemos un futuro hasta ese último segundo en el que es un hecho que dejamos de tenerlo. No hay nada que una hija pueda hacer para proteger a su padre que no quiere morirse y que a la vez entiende que es inevitable. No hay nada que nadie pueda hacer. Su pecho comenzó a hacer “ese ruidito”. Tan reconocible. Aunque una nunca lo haya escuchado. Esa especie de gemido que sale de la garganta y se va apagando. 

Pasó sus últimos días yendo y viniendo (como desde hacía tiempo) entre la realidad y sus mundos otros, que también eran muy suyos. Anoté fragmentos de sus viajes. Sin papel y sin lápiz. Adentro mío. No podría haber nada en el delirio que sea ajeno a quien delira. Versiones distintas de una persona, de una historia de vida. Una escucha que alrededor murmuran: “ya no sabe lo que dice”. Solo es una parte de la verdad. Digamos que en esos tránsitos ya no funcionaba esa parte de él que solía controlar de manera ordenada lo que decía, pero ese dato no retira ni un segundo de verdad a los contenidos de sus palabras. Como sucede en los sueños: los delirios nos hablan de verdades muy profundas. 

Fue niño y tuvo miedo. Fue niño y llamó a su mamá. Fue un adolescente triste que me decía: “quiero ir a la universidad y no puedo, hay que trabajar”. Le preocupaban muchísimos sus hermanas. En la realidad, ya solo le quedaba una. Y sus hijas. Fue un adulto en medio de una ventolera, así decía él: “ventolera”, me pedía que nos sacara de la intemperie. Me confundía con mi hermana, con sus hermanas, con su madre. Les hablaba a través mío. Y yo le respondía como si fuera una de ellas. Como si en medio de la ventolera me iniciara en el oficio de medium. No fue difícil, nos daba por ser chalados cuando estábamos juntos.

Ahora es el domingo del Día del Padre, nada más arbitrario y hechizo que esta fecha. Y, sin embargo, hoy mi padre tomó la casa. Mi vecino chef hizo paella para celebrar. A la una de la tarde me senté ante la mesa con una copa de vino y le dije: “te amo mucho, papá”. No es que me haya respondido  como responden los vivos, sino a su manera de ahora. No sé explicar ese abrazo. Esa intensidad de la pérdida y los reencuentros. Mis hijos le decían Pepé. Cuando les dije: “Pepé les mandó saludos”, ellos saben que no es la realidad, pero que no estoy mintiendo. Es una verdad alternativa y rotunda.

Cuando era niña mi papá no deliraba, solo le encantaba inventar historias. Aún las más improbables. Esas historias tejían nuestra relación. Sé que fui su hija preferida porque no lo juzgaba, porque adoraba esa  sinrazón que nos unía: podíamos ser niños juntos. Podíamos inventar. Podíamos jugar. Éramos libres para hacerlo. Mi padre tuvo una vida muy ruda y ese jugar con su hija era su forma de resarcimiento. Su manera de escapar de esos dolores hondos que no resolvió. Hay heridas suyas que nunca sanaron. Yo las guardo. Las que sé y las que no. Hay cantidad de transmisiones inconscientes. 

No le dio por ser el padre atento a las vicisitudes de mi vida, él se ocupaba de las suyas. Era el padre que llamaba para decir: “hay una mamá pato en el lago paseando feliz con sus patitos, me recordó a ti”. “¿Ya aprendió tu hijo a pronunciar otorrinolaringólogo?” “Los libros en tu casa son como ladrillitos, ¿te das cuenta que con esos ladrillos tus hijos van a construir su casa?” “Ayer tú y yo atravesamos el estrecho de Gibraltar. Qué viajes hacemos hija, qué viajes”. “¿Con qué rima ‘tiempo’, ¿a ver? ¿a ver?” “No vayas a escribir en el periódico que soy un viejito baldado que mira a sus vaquitas desde una camioneta, me desprestigias”. Y se reía. 

Al casi final no se rió para preguntarme: “En ese cuaderno rojo, ¿escribes de mí?” “Sí, en varios cuadernos escribo de ti”. “Ahora que me muera escribe más de mí”. “Tienes el resto de mi vida para apersonarte y dictarme”. “Así me muero, pero no completito”. Mi papá era muy sordo, nuestras conversaciones eran a veces, murmullos casi a gritos. Frases que le repetía cerca de la oreja, un poquito más lejos. Había que calcular la distancia para que pudiera escuchar. Era una distancia variable. Como ahora. Va y viene. Pasan horas del día en las que no lo recuerdo, pero no pasa un día en el que no lo recuerde. A veces con suavidad, a veces en plena ventolera. Como hoy.

Tengo la sensación de que tengo que “salvarlo” de algo. Salvarlo de las traiciones tan brutales que tuvo que vivir.  “Salvarlo” de haberse muerto sin ganas. Nombrarlo. Hacerle “justicia”. Sanarlo a destiempo. Inventar una historia que terminé así: “Ya no te duele más nada. Tú y yo juntos derrotamos al mal”. Mi papá se llama Marco Antonio. Es yucateco de padres tabasqueños. Ama el mar, el maya, la selva, los animalitos. Creo que me ama mucho a su errática manera. Escribo su nombre: Marco Antonio. Para que nunca se mueracompletito”.

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