Opinión

Un día de Alejandra Cuevas en Santa Martha Acatitla

“No hay nada peor que la cárcel, no puede existir nada en el cual te denigres tanto como vivir en la cárcel, no existe nada”: Alejandra Cuevas. | Lourdes Mendoza

  • 29/09/2021
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¿Qué les dirías a tus hijos? –con la voz entrecortada la escucho–. “Lo único que les diría, y que les seguiré diciendo toda mi vida, es la lucha sin cuartel que han tenido, que no les ha importado nada, no les ha importado su seguridad, no les ha importado el qué dirán… mi hija tiene tres hijos (...) y ellos me dicen ‘mamá, todos harían lo mismo’ y no, no todos harían lo mismo”.

Hace unos días tuve la oportunidad de platicar con Alejandra por teléfono y esto fue lo que me dijo sobre sus días en Santa Martha; hoy cumple 348 días encarcelada.

Soldados de plomo: Alonso, Gonzalo y Ana Paula

“Y les digo, no, no todos harían lo mismo, no todos darían la lucha. A mí cuando me dicen, ‘es que te van a sacar, tienes muy buenos abogados’, les digo, a mí nadie me va a sacar más que mis hijos; mi mamá me dice, ‘es la Virgen de Guadalupe’, le digo, ninguna Virgen me va a sacar de aquí, me va a sacar la lucha que han dado, que siguen dando, es increíble, son increíbles”.

El sistema, me dice, está diseñado para destrozarnos –”cada día estoy menos entera”–, pero no se permite flaquear, pues sabe que el hacerlo significa un efecto dominó en sus hijos.

“Cuando caigo aquí digo, ‘no hay nada peor que la cárcel, no puede existir nada en el cual te denigres tanto como vivir en la cárcel, no existe nada’... y cuando no tuve sus visitas, ahí sí casi me muero”.

Bienvenido al inframundo

Su día a día inicia a las 7 am para recolectar agua que calienta con una resistencia y se baña a jicarazos; a las 7:30 es el pase de lista y luego se va con algunas amigas a hacer pesas hechas de garrafones de 5 litros rellenos de agua, no de tierra, porque está prohibido excavar por aquello de que se puedan escapar.

“Es para enloquecer, esto es el inframundo. Pero desde que te despiertas, tú decides cómo quieres que sea tu día. Aun en la cárcel o en París, y decidí pasármela lo menos mal”.

“Por el covid todo está cerrado, no podemos ir al centro escolar que dicen que existía aquí y había clases de todo, entonces, aunque nunca bailé, me dije, ‘es el momento de bailar’, y organicé un grupo de baile y ya somos 15?.

“Luego llega la hora de la comida. A mí me traen comida mis hijos de la casa e invito a mis dos amigas a comer”.

“Les pido a mis hijos un rompecabezas y no se los dejan pasar, porque dicen que es un juego de azar. Entonces voy, discuto y finalmente me autorizan a ingresarlo. Y ha sido una maravilla, ya son como 35 internas las que se ponen en el comedor a hacer sus rompecabezas, y los gritos, las mentadas de madre, los golpes, todo eso, todo eso, acabó a la hora en que los están armando”.

“No sabes la satisfacción que me ha dado, y lo bien que me siento en saber que sí se pueden hacer cosas, pero las mujeres aquí, en Santa Martha, no tienen voz, y mientras no se tenga voz, esto no va a cambiar”.

“Hice también un grupo de lectura. En un principio, me mandó una amiga un libro para cada una de ellas, y cada quien leía en su estancia, y luego lo comentábamos; pero a la segunda vez que intentaron meter seis libros les dijeron que no, que porque seis libros con el mismo título era pa’ que los vendieran. Entonces, que sólo podía entrar uno. ¿Y ahora cómo hago mi club de lectura? Es la cárcel, es lo que hay y tenemos que ver cómo nos amoldamos. Entonces, cada una lee una o dos páginas”.

“Así son mis días, pero pues tú imagínate el desgarre de mis hijos. Eso me tiene loca, porque éramos una familia normal. O sea, éramos una familia de trabajo, de gente buena, que no hacíamos nada”.

Estamos entre las sombras y la arbitrariedad, un sistema que está lejos de ser de reinserción social.

Comparte celda con una secuestradora y dos mujeres que cuidaban a una persona y su hijo las acusó de rateras. Al llegar a Santa Martha tuvo que dormir en el suelo, a falta de colchones… y empatía.

Convive –y sobrevive– en un entorno donde los golpes y pleitos son el pan de cada día: “Todo el tiempo, ¿por qué me viste feo?, ¿por qué me estás haciendo esto? Los teléfonos; hay cuatro teléfonos para 200 internas… se impone la ley de la selva”.

No hay diferencia entre una reclusa y otra. Las jóvenes y mayores conviven por igual que las acusadas por fraude, homicidio o por el robo de un atún. No hay distinción ni privilegios en Santa Martha.

Lo que más extraño es abrir la regadera y jalarle al escusado.

En su tercer piso no han detectado casos covid; sin embargo, según las custodias: “Palabras textuales: ‘hay un Dios y entonces Dios no las va a dejar que se mueran así rapidito, por eso no les manda covid, Dios las trajo aquí para que paguen todo lo que hicieron y así se pudran en la cárcel’”.

“Nuestra vida es menospreciada. En el temblor del pasado 7 de septiembre nadie las fue a ver ni preguntó sobre su estado y menos las dejaron salir, pues de acuerdo con otra custodia: ‘Es más fácil recoger cadáveres que buscar fugitivas’”. Sin palabras.

El fin pasado, en pleno covid, decidieron limpiar las cisternas, y como no llegaron las pipas de agua, las dejaron sin agua dos días.

“No me voy a romper, ni a doblar y aun con mis 68 años seguiré dando la batalla. Yo ya acabé de aprender, ya no tengo que aprender nada, yo soy inocente”.

El 4 de octubre sabremos si el fiscal Gertz Manero mete la revisión del amparo que obtuvo, pues fue inconstitucional la sentencia que confirmó el auto de formal prisión. Entonces, o le vuelven a dictar sentencia y podría salir en un mes, o se envía el caso a un Tribunal Colegiado de Circuito y, de menos, se aventaría presa seis meses más.

Ma

Estos 348 días sin ti me has dado, como siempre, las lecciones más importantes que puede tener un ser humano: valentía, actitud ante la vida, adaptación al cambio, convicción, bondad, empatía, solidaridad y la humanidad que te caracteriza, sin importar dónde estés y con quién.

Gracias por ser un ejemplo a seguir. Estoy seguro que esta experiencia nos llevará a seguir llevando conciencia a la realidad que se vive en el sistema penitenciario de nuestro país. La sociedad civil no puede seguir siendo indiferente a las mujeres invisibles que dejan sus vidas en el abandono y el destierro.

Te adoro y, como siempre te digo, soy tu admirador número 1.

Alonso

Ma, nunca imaginé que dentro de la tragedia se esconderían tantas bendiciones. Como te lo dije la última vez que te vi en Santa Martha: no hay honor mayor para mí que luchar por ti.

Gonzalo

Mami, cada día es un día menos. Sabemos que esto es una injusticia y que pronto estarás de regreso con nosotros.

Eres un ejemplo de valentía y resiliencia. Yo sabía que te amaba, ¡pero no de lo que sería capaz de dar por ti!

Gracias a ti soy la mujer que soy.

Gracias por cada uno de tus consejos.

Gracias por el apoyo que siempre me diste.

Gracias por tu amor incondicional.

Gracias por tu alegría y sonrisa.

Gracias por compartir tu vida conmigo.

Gracias por ser mi mamá.

Ana Paula

La columna de Lourdes Mendoza Peñaloza se publicó originalmente en El Financiero, reproducida aquí con autorización de la autora.

* Lourdes Mendoza Peñaloza es una periodista mexicana especializada en finanzas, política y sociales, con más de 20 años de experiencia en medios electrónicos, impresos, radio y televisión.

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