Opinión

Un barrio proletario sin comas

Siento la fuerza de ese barrio proletario donde la vida no se achica. | Manuel Fuentes

  • 18/09/2019
  • Escuchar

Recorro calles y veredas para llegar a la fábrica donde trabaja mi amigo Ernesto. Debo estar a las siete de la mañana en el cambio de turno; estoy a cinco minutos, aprieto el paso; en las cercanías empiezo a ver a decenas de obreros que salen corriendo hacia la calle que me dirijo, algunos en bicicleta, otros caminando.

Todos parecen iguales, vestidos de azul. Veo sus rostros, unos meditabundos, otros empujándose entre ellos, alegres, salen con rapidez y desaparecen como si fueran fantasmas.

A Ernesto lo espero en esa tienda que se encuentra frente a la fábrica. El día anterior me llamó y me urgió que lo fuera a buscar porque ya les avisaron que los del tercer turno serán despedidos a menos que acepten la mitad de sus salarios. Me meto a la tienda sabiendo que allí lo encontraré.

Mientras espero, dos trabajadoras cuentan entre ellas que pasado mañana todo se acabará.

-¿Qué vamos a hacer?

Se preguntan entre ellas.

-Nos quieren bajar el salario a la mitad, eso no lo podemos aceptar y dicen que, si no queremos, nos van a dar nuestro finiquito, y sólo una parte.

Voltean a verme y bajan la voz. Veo angustia en sus caras. Escucho que ya fueron al sindicato.

-Con el líder, ese bueno para nada. Hasta nos amenazó que nos quedaremos sin nada si no aceptamos la propuesta de bajar nuestro salario o el mugre finiquito.

Ya son las siete y diez, y Ernesto no aparece. Entran y salen más obreros de esta tienda, el tiempo sigue corriendo.

Salgo de la tienda a buscarlo y ya son pocos los obreros que salen de la fábrica.

Afuera hay otros que se reúnen en grupos de cuatro y cinco, y entre ellos dicen que desde la noche anterior despidieron a veinte de sus compañeros.

-Ya los esperaban en la puerta, a todos los del área de pinturas ya no los dejaron entrar.

Mientras conversan, uno de ellos les dice que se vayan a la casa de Pancho, que los supervisores ya empezaron a salir y no les gustan las bolitas.

-Vámonos, vámonos...

Dice uno de ellos y se dispersan cabizbajos, pero de prisa.

Observo el reloj y son las siete y media. Decido retirarme y al entrar a la bocacalle una trabajadora aparece corriendo y me pregunta si soy amigo de Ernesto, y si la reconozco. Le respondo que sí.

-Usted ha estado en las reuniones junto con Ernesto.

Ella me responde también afirmativamente.

Me dice que despidieron anoche a Ernesto y le prohibieron pararse en la fábrica. Me muestra un recado de puño y letra de él, dónde dice vaya a la casa de Pancho, que su amiga me llevará.

Nos encaminamos entre calles empedradas y tierra suelta, casi todas angostas; es un barrio obrero donde pasan señoras caminando a toda prisa, con sus hijos que van jugando y brincando, mostrando sus enormes sonrisas, y sus perros sin correa, libres, como fieles acompañantes. Se mandan saludos las señoras, otras carcajean y otras que aparecen de alguna puerta y gritan:

-¡Que les vaya bien!

Se siente la vida.

Como si fuera un mundo distinto en el mismo camino, mi acompañante guarda silencio mientras camina; se le nota preocupada, voltea, de vez en cuando, a todos lados para saber si no nos siguen. Me dice:

-Ya estamos cerca.

Mientras sigue su paso apresurada.

Parece que las calles que pasamos van quedando atrás, se esfuman por lo rápido que caminamos, pero se quedan en mi mente esos dos mundos: algarabía y preocupación.

Estos espacios, que son como un encuentro, escribía Octavio Paz:

-Allá dónde los caminos se borran, donde acaba el silencio...

Llegamos a la casa de Pancho. Hay como cuarenta personas que hablan entre ellas. Cuando llegamos guardan silencio, aparece Ernesto y me confirma la noticia que escuchaba calles arriba frente a la fábrica:

-Anoche al iniciar el tercer turno, nos despidieron a veinte. Nos dijeron que saldrán otros cuarenta. Nos ofrecen la mitad de liquidación. La mayoría de nosotros tenemos entre cuarenta y cincuenta años de edad, será difícil encontrar otro empleo similar. ¿Qué hacemos?

Cierran la puerta, la reunión se prolonga por horas buscando alternativas. Acuerdan unirse con los compañeros del primero y segundo turno y hacer a un lado al líder que no los defiende.

Salgo de la reunión, me encamino por las calles angostas y aparecen otra vez los niños que encontré temprano. Van de regreso a casa, gritando, riendo, brincando y con sus perros que no se les separan. Parece una fiesta.

Siento la fuerza de ese barrio proletario donde la vida no se achica.

Siento el lugar y la sensación que describía Octavio Paz en sus textos:

 

-Caminar entre la gente

con el secreto de estar vivo

(...)

Volando silbando volando

(así, sin comas, como el poeta lo sentía)