Opinión

Un año de claroscuros

Los retos son muchos y los resultados concretos escasos. | Agustín Castilla

  • 28/11/2019
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A unos días de que se cumpla el primer año de gobierno del presidente López Obrador, nos encontramos con visiones radicalmente distintas respecto a lo que ha ocurrido en nuestro país a partir del 1º de diciembre. Mientras que un importante segmento de la población está convencida que desde entonces se han registrado cambios significativos que auguran un futuro promisorio, para muchos otros vivimos tiempos sombríos que irremediablemente nos llevarán al precipicio. Pareciera que los espacios para asumir posiciones moderadas que permitan reconocer aciertos y señalar errores sin que ello provoque una descalificación automática o de plano el feroz embate de unos y otros son cada vez más reducidos.

En este enrarecido ambiente marcado por la polarización, no resulta fácil formarse una opinión que cuando menos procure un mínimo de objetividad, pero es necesario hacer un esfuerzo para no caer en posturas maniqueas. No cabe duda que han cambiado las formas, López Obrador ha impreso un estilo distinto de gobernar al conservar su cercanía con la gente y una conducta austera rechazando el boato al que nos tenían acostumbrados en torno al poder. También estamos ante un nuevo modelo de comunicación política en que el presidente da a conocer sus posiciones en forma directa a través de las conferencias mañaneras.

Es de reconocer que en este gobierno se ha mantenido la disciplina en las finanzas públicas y por ende la estabilidad macroeconómica, se incrementó el salario mínimo como nunca antes -que ya se había venido discutiendo desde la administración anterior-, se aprobó una reforma laboral para democratizar la vida sindical, se pusieron límites a los abusos de la alta burocracia y se han abierto investigaciones contra algunos políticos involucrados en casos emblemáticos como la estafa maestra. Pero quizá su mayor acierto sea priorizar la lucha contra la pobreza y la desigualdad social.

No obstante, los resultados distan de ser satisfactorios en dos rubros fundamentales: crecimiento económico y seguridad. De acuerdo con información emitida por el Banco de México, el pronóstico de crecimiento para 2019 es de -0.2 y 0.2% y para el próximo año estima un rango de 0.8 y 1.8%, muy lejos del 4% anual que prometía AMLO, e incluso según los datos actualizados del INEGI nuestro país estaría entrando a una recesión técnica por la caída del PIB durante tres trimestres consecutivos.

Probablemente uno de los factores que más ha incidido en este preocupante escenario, sea la incertidumbre que han provocado algunas decisiones gubernamentales, así como el clima de polarización y las descalificaciones constantes a todo aquel que exprese alguna inconformidad o disenso con esta administración, lo que ha desincentivado la inversión privada. Tampoco abona mucho a la confianza la alta concentración de poder, la aplicación selectiva de justicia, el debilitamiento de las instituciones -particularmente de las que pueden representar un contrapeso-, el menosprecio a los perfiles técnicos, la falta de planeación y excesos en la aplicación de las medidas de austeridad, así como la continuidad de la política de designación de cuates que en ocasiones ni siquiera cumplen con los requisitos de ley.

En cuanto a los niveles de violencia e inseguridad no hay mucho que decir, lamentablemente la realidad es contundente. Los índices en delitos de alto impacto siguen incrementándose y el crimen organizado impone su dominio en diversas zonas del país en tanto que hasta ahora la Guardia Nacional sólo ha mostrado su efectividad en la detención de migrantes. Los retos son muchos y los resultados concretos escasos, por lo que sería deseable que el presidente aproveche el gran capital político que aún conserva para superar las animadversiones y convocar a todos al diálogo y a sumarnos en un propósito común.