Opinión

Trump devorando a sus hijos del Tea Party

Muchos miembros del Tea Party verán a Donald Trump como un personaje de caricatura alejado de la religión y con principios políticos excesivamente maleables.

  • 07/11/2016
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Cabe preguntarse si Donald Trump era el candidato preferido por los miembros del Tea Party. Lo que no admite tantas dudas es la constatación de que la derrota del televisivo magnate inmobiliario supondrá un pesada losa sobre este movimiento, y quizás su rápida conversión en una reliquia de los años de Obama.

 

Recordarán que el Tea Party es un movimiento de derechas que adquirió fuerza durante los primeros años de la presidencia de Obama, justo cuando la Gran Recesión estaba en pleno apogeo. Frente a las medidas del presidente para aliviar los efectos económicos de la crisis sobre las familias y empresas endeudadas, grupos de ciudadanos se movilizaron contra el intervencionismo gubernamental de Obama, ya que según ellos, esas medidas estaban violentando los principios constitucionales de la nación.

 

En defensa del gobierno limitado, con su corolario de cero déficit y bajos impuestos, más una agenda social conservadora, el movimiento del Tea Party se convirtió rápidamente en una de las facciones más influyentes dentro del Partido Republicano.

 

No es nada nuevo que las crisis produzcan movilizaciones críticas contra el gobierno. Lo hemos visto en España, con el 15-M, en Egipto, con la ocupación de la Plaza Tahrir, o incluso en México con el “yo soy 132”. Lo que convirtió al Tea Party en una amenaza formidable es que su genérico discurso contra el “establishment” (el equivalente norteamericano de nuestro PriAn), fue alimentado con millones de dólares de los llamados super PACs (comités de acción política). La controvertida decisión en 2010 de la Corte Suprema de Estados Unidos alrededor del caso Citizens United supuso el levantamiento de los límites al dinero que los ciudadanos y las empresas pueden gastar en las campañas electorales.

 

Al hilo de esa medida, numerosos PACs conservadores financiados por grandes empresas empezaron a gastar en las primarias cantidades inmensas a favor de candidatos desconocidos que desafiaban a los congresistas republicanos acusados de adoptar posiciones débiles frente a los demócratas. La cosecha “revolucionaria” del Tea Party se materializó así en numerosos congresistas declarando su fidelidad a los principios del movimiento.

 

El Tea Party tuvo tres grandes victorias, todas ellas disparos en el pie para el Partido Republicano y antecedentes en una forma u otra de la llegada de Trump. La primera victoria de los radicales conservadores fue el famoso cierre del Congreso en octubre de 2013, cuando la mayoría republicana en la cámara de representantes bloqueó la aprobación de la entrada en vigor de Obamacare. Como es sabido, esta ley ofrecía cobertura pública sanitaria para millones de personas que no tenían acceso a seguros privados de salud; para los sectores más belicosos del Tea Party la ley suponía una intromisión gubernamental inadmisible en la libre decisión de los ciudadanos.

 

El bloqueo entre poderes acabó cuando los líderes republicanos de la cámara se echaron atrás y aceptaron elevar el techo de la deuda y autorizar los fondos para la ley de salud. La opinión pública culpó a los republicanos por el cierre, y los miembros del Tea Party seguramente aprendieron la lección: si juegas al juego del gallina (ese en el que dos carros aceleran el uno hacia el otro, con el interrogante de quién aguantará más tiempo sin desviarse), tienes que llegar hasta el final.

 

El segundo éxito de los candidatos “insurgentes” del Tea Party fue derrotar en 2014 en la primaria republicana a Eric Cantor, entonces el líder del partido en la cámara de representantes. A pesar de ser conservador en religión, defensor de la bajada de impuestos y del derecho a portar armas, los votantes republicanos de su distrito lo vieron como demasiado propenso a aprobar legislación con los demócratas, algo reprobable para el nuevo movimiento. De nuevo, tanto los candidatos adscritos al movimiento como sus financiadores apostaron por romper las normas no escritas de la política, y sustituir a un experimentado legislador por un gris profesor de universidad.

 

Finalmente, el tercer éxito de los partidarios del Tea Party fue conseguir la cabeza de John Boehner hace apenas un año, cuando el entonces presidente de la cámara de representantes fue presionado para dimitir de su cargo y sustituido por uno de los héroes del movimiento, Paul Ryan. La caída de Boehner por su propensión a colaborar con sus colegas demócratas para que la administración siguiera funcionando fue la principal piedra en su zapato.

 

Y así llegamos a Trump. Muchos miembros del Tea Party verán a Donald Trump como un personaje de caricatura alejado de la religión y con principios políticos excesivamente maleables. Pero no todos: de hecho, Ted Cruz, el otro ídolo del Tea Party por su recordado discurso de 21 horas en el Senado para paralizar la entrada en vigor de Obamacare, ha elogiado repetidamente a Trump, a pesar de que Trump no ha sido especialmente generoso en la devolución de los halagos.  En cualquier caso, no es arriesgado pensar que el camino para la llegada del magnate fue abierto por las huestes del Tea Party.

 

En primer lugar, por su desprecio de los políticos profesionales, republicanos sumisos ante las grandes corporaciones y propensos a la negociación en vez de defender las demandas de sus votantes. En segundo lugar, por su mensaje simple y directo: cuanto menos gobierno, menos deuda y menos impuestos. Y en tercer lugar, por su actitud electoralmente suicida, dispuesta a adoptar cursos de acción abiertamente rechazados por la mayoría de los votantes.

 

Ese elogio infinito del diletantismo, la desempatía y la tozudez es exactamente lo que transmitió Trump en los tres debates, en los que presumió de ignorancia del estado de derecho (al querer encarcelar a su rival), de astucia por no pagar impuestos y de valentía por no aceptar el resultado de la elección. Si a esto le añadimos las gotas de racismo y machismo, más el ejemplo del empresario que cae pero es capaz de rehacerse y volver a triunfar, tenemos el cóctel electoral que los republicanos han decidido presentar a esta elección. Pero ese cóctel no es suficiente, como veíamos la semana pasada.

 

La derrota de Trump será posiblemente el fin del obstruccionismo legislativo republicano, sobre todo si pierden el Senado y son incapaces de bloquear la designación de un juez liberal para la Corte. El republicanismo necesita desactivar la coalición ganadora demócrata y a la vez, construir los cimientos de una ideología más comprensiva. No parece que el Tea Party y Donald Trump cuenten con el cemento necesario para realizar esa obra.

 

@OpinionLSR