Opinión

Tres pasos para combatir los constantes abusos que vivimos en la sociedad

Mientras unos se desinteresan otros nos indignamos y actuamos.

  • 30/03/2016
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Vivimos en una sociedad donde el abuso es normal. Debemos reconocer que poco nos sorprende ver autos estacionados en doble fila "por cinco minutitos” o que invaden los carriles de la ciclovía; que, a sabiendas que el semáforo está por cambiar, invaden el paso de los vehículos que cruzan. Poco sorprende que los ciclistas olvidan las mínimas reglas de civilidad; que los peatones exponen sus vidas al cruzar en lugares indebidos generando tráfico y potenciales problemas para los conductores de vehículos; no sorprende que la autoridad no respete los reglamentos que ella misma impone a los ciudadanos ni que los poderosos hagan lo que quieren en completa impunidad. Es más, es común escuchar la justificación "como el otro no respeta, ¿yo por qué debo hacerlo?”.

 

Los abusos viven al cobijo de la corrupción en sus diferentes formas, de la ineptitud de las autoridades por hacer respetar la ley o, de plano, de la franca impunidad. Muchos toleran, justifican o se desinteresan; "para qué hacer algo si al cabo no pasa nada", "a mí no me toca hacerlo, que lo haga la autoridad". Y mientras que unos se desinteresan otros nos indignamos y actuamos.

 

Dentro de la categoría del "hacer algo" hay una amplia gama de posibles acciones: Tratar de ser ejemplo con su actuar para otros, activismo social en materia de construcción de ciudadanía, enfrentar a quienes violentan los derechos de una comunidad, exhibir las conductas inapropiadas.

 

La confrontación al abusador es la manera más inmediata de actuar y de la cual es difícil medir impacto. Generalmente ésta es visceral y a veces tiene resultados peligrosos ya que muchos de los abusivos también son violentos y confían en la impunidad. Confrontarlos nos puede llevar a ser insultados o incluso agredidos.

 

Me permito hacer unos ejemplos: Hace años, en Tijuana, el confrontar a dos jóvenes que desde un auto arrojaron latas de cerveza a la calle, me llevó a ser amenazado con pistola. Hace dos años, en la Condesa, una señora arremetió contra mí y mi árbol genealógico con una serie de insultos muy ingeniosos por pedirle que recogiera las heces de su perro. A una querida amiga, una señora “muy distinguida” la amenazó y le dio un bolzaso por decirle que no se podía estacionar en un lugar para discapacitados. A otra, la semana pasada, en la Colonia Del Valle, un policía de la Ciudad de México, estacionado en la ciclovía mientras esperaba que su compañero hiciese unas compras en una tienda de autoservicio, contestó al llamado de atención con un "pues me muevo pero por su culpa ahora me voy a estacionar en segunda fila y voy a hacer más tráfico".

 

Todos cometemos errores y faltas, todos hemos hecho algo indebido en algún momento. Es casi imposible ser un ciudadano perfecto. Lo preocupante es cómo respondemos cuando alguien pone en evidencia nuestra falta, qué tan dispuestos estamos a enmendar nuestra conducta. También es importante resaltar buenas experiencias al respecto: en otra ocasión, una señora a la que le evidencié que daba un mal ejemplo para su hijo al tirar basura en la calle, me respondió que tenía razón, se disculpó y agradeció y dijo que no lo volvería a hacer.

 

Con la masificación de los teléfonos inteligentes, exhibir públicamente la conducta indeseada se ha vuelto común, así en pocos años hemos visto cada vez más el surgimiento de #ladys y #lords, sujetos que quisieron imponer su voluntad y mala conducta y que al ser grabados, se volvieron famosos.

 

Los casos han ido desde lo absurdo hasta lo grave; aparentemente exhibirlos ha ayudado a hacer justicia. Sin embargo, mi duda es qué tanto fortalece o debilita el Estado de Derecho esta práctica.

 

Pongamos el caso de #LadyProfeco, una joven abusiva, hija del entonces titular de esa institución. Ella trató de usar las influencias del padre y fue apoyada por servidores públicos crecidos en la cultura de "al jefe lo que pida”. A través de las redes, supimos que querían clausurar un restaurante de la Roma con cualquier excusa, sólo porque la jovencita no obtuvo la mesa que quería y cuando la quería. La joven fue exhibida y el restaurante defendido por ciudadanos. Lamentablemente, quien pagó con su puesto fue Humberto Benítez Treviño que ni se enteró del actuar de su hija y de los funcionarios que la acompañaron y quien venía haciendo un buen trabajo al frente de la institución.

 

En estos días pudimos seguir el caso de #LordFerrari, donde un distinguido gentleman aparentemente le pidió a su guarura, Sergio González Ibarra, que golpeara a otro sujeto, un joven conductor de Uber. De no haber habido alguien que grabara el evento, quién sabe si el señor le hubiese pedido a su guarura parar y si nos hubiéramos enterado del caso. Lo que raya en película policiaca es lo que ha sucedido después: la muerte de Sergio González, aparentemente suicida, donde acusa a Alberto Sentíes Palacios de ser el mandante de la golpiza en cuestión, de haberlo desprotegido y usado como carne de cañón tras despedirlo de su trabajo, mientras era crucificado en medios y perseguido por la Procuraduría del Distrito Federal. Cabe decir que Sentíes sigue hasta el momento impune.

 

Quiero ser claro, Andrea Benítez #LadyProfeco y Sergio González actuaron mal, la duda es si le toca a un ministerio público o a un órgano interno de control investigar, o le toca a las redes decir quién sí y quién no es culpable. Me reconozco como alguien que ha apoyado la labor del City Manager de la Delegación Miguel Hidalgo, Arne Aus den Ruthen y sostenido la importancia de lo que él hace, aunque toda vez que enfrento el tema no dejo de tener en la cabeza -usted disculpe- lo que sucede en un capítulo de Los Simpson.

 

En este capítulo a Homero, por una serie de malentendidos y la conveniencia de medios de comunicación poco éticos para fabricar culpables, le montan un caso de abuso sexual. Quien muestra la inocencia de Homero es el jardinero Willie, quien había grabado todo el evento y muestra que Homero quería agarrar un dulce y no tocar a la niñera de sus hijos. Todo se resuelve con la ironía de un Homero públicamente rehabilitado y Willie crucificado por los medios de comunicación al ser sospechoso de ser un pervertido que graba a la gente.

 

Este popular programa podría enseñarnos que no todo lo que vemos o escuchamos en medios y redes es verdad, que se pueden construir culpables, #ladys y #lords, a partir de fragmentos de historia sin que sepamos el fondo de la misma.

 

Sí a la confrontación, de manera educada y cuidadosa, sí al rechazo público a las malas conductas al punto que puedan llegar a exhibir los abusos, si sirven para que otros cuiden más su actuar, inhiben conductas indeseables, fortalecen a la comunidad. No a fabricar culpables y privilegiar el contenido de vídeos por encima de los procesos legales.

 

La experiencia me lleva a afirmar que la solución de fondo está en la construcción de ciudadanía, en el fortalecimiento de una Cultura de la Legalidad y del Estado de Derecho para garantizar que instituciones sólidas aplican la ley consistentemente y en pleno respeto a los derechos humanos para evitar que otros, de una manera u otra, se pongan en riesgo o cometan atropellos en la búsqueda de combatir la impunidad.

 

A quien le toca hacer cumplir la norma es al Estado, donde funcionarios íntegros sean los que vigilan que la conducta del individuo no vulnere ni los derechos de otras personas, ni del colectivo. El primer paso es, entonces, insistir que las autoridades cumplan con su labor sustantiva.

 

Paralelamente, se requieren espacios de reaprendizaje de por qué respetar al otro es necesario y conveniente y procesos que ayuden a resignificar el respeto de la ley. Por último, necesitamos que las instituciones y la sociedad se sumen en acciones que muestren que es real que el respeto de la norma y los derechos del otro tiene beneficios para el individuo y para el colectivo, si los mensajes que impulsan una Cultura de la Legalidad no se acompañan de muestras que ésta tiene efectos positivos en la vida cotidiana, lo demás no sirve.

 

El objetivo es generar personas comprometidas con el bien común y no sólo personas temerosas de instituciones y castigos. La tarea requiere de un trabajo en conjunto de toda la sociedad para que en un mediano-largo plazo genere un cambio real y duradero en favor de una mejor forma de convivir en sociedad.

 

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