Estamos a punto de entrar en la renegociación del TLCAN. Formalmente inicia el próximo 16 de agosto y los negociadores mexicanos ya tienen sus boletos en la mano para ir a Washington. Si es que no se encuentran ya por allá.

Quienes crean que el gobierno mexicano simplemente se subordinará a lo que digan los gringos están muy equivocados. Hace 23 años el TLCAN nació en un mundo donde la expansión del libre comercio ofrecía espacios inmensos al crecimiento económico y se hizo una negociación en la que se pensaba que todos ganarían.

El TLCAN ofrecía no descuidar a las mayorías. El campo mexicano estaría protegido, durante un tiempo, por altos aranceles que garantizarían rentabilidad e inversiones, que sumadas a los programa gubernamentales elevarían la competitividad, permitirían afrontar la globalización y ofrecer una vida digna a sus pobladores.

Un acuerdo paralelo de cooperación laboral prometía el mejoramiento de las condiciones laborales y de vida de los trabajadores mexicanos.

Pero los instrumentos del TLCAN que ofrecían beneficios a los trabajadores del campo y la ciudad fueron incumplidos por el gobierno de México.

Ahora nos aprestamos a una negociación en la que nuestro gobierno quiere defender una situación que para la mayoría de los mexicanos es insoportable. Se quiere negociar en lo oscurito; pero tal vez no salga la jugada y el gobierno podría tener que negociar allá, con los gringos, y también acá, con la sociedad mexicana.

Si el contexto interno es delicado, el norteamericano no se queda atrás.


La globalización ha dejado a millones de nuestros trabajadores en la pobreza y el desamparo. Nuestros políticos le quitaron al pueblo sus medios de vida y de sostén de sus familias"


Esto no lo digo yo; lo dijo Donald Trump, y con ese discurso ganó la elección. Su defensa de los trabajadores es hipócrita y superficial. Sin embargo, lo poco que está dispuesto a defenderlos quiere cargarlo a la cuenta del pueblo de México. El juego es ahora suma cero; unos ganan, otros pierden.

La renegociación será dura y puede fracasar. Hay tres escollos en el camino que rebasan el nivel de empresas y sectores para convertirse en torpedos bajo la línea de flotación del modelo económico que sigue el país.

El primer torpedo es la exigencia norteamericana de equilibrar el comercio para que sea justo, reciproco y equilibrado. Es decir que no aceptan continuar una relación comercial en la que ellos nos compran mucho y nosotros les compramos poco. Dicho sea en términos relativos.

Acabar con su déficit solo puede hacerse de tres maneras: que ellos nos compren menos y con ello se vea destruida buena parte de la planta manufacturera ubicada en México, aunque sea transnacional. Es una amenaza contra sus propios conglomerados y en realidad no desean llegar a tanto. Nosotros tampoco.  

Lo que realmente quieren es que México sea un mejor cliente de su producción. Lo que solo es posible de dos maneras. Una es que les compremos más substituyendo producción nacional a un costo social terrible. O que les compremos más a costa de comprarle menos a... China. Lo que solo funciona si nos hacemos proteccionistas y le ponemos trabas a las importaciones chinas para obligarnos a preferir las norteamericanas. Tal vez es la mejor salida; pero va en contra del catecismo que aprendieron nuestros negociadores en las universidades de aquel lado, y en el ITAM.

El segundo escollo es la postura norteamericana de que se mejoren las condiciones laborales en México, incluyendo una elevación salarial substancial. No quieren que sus trabajadores de 58 dólares al día compitan con mexicanos que ganan cuatro.


La teoría del TLCAN era que habría una gradual convergencia de los niveles de vida entre México y los Estados Unidos. Eso realmente no ha ocurrido en el lado mexicano"


De nuevo no lo digo yo; lo dijo Wilbur Ross, el secretario de comercio norteamericano y tiene razón, esa era la teoría. Pero en la práctica lejos de cumplir con el acuerdo paralelo preferimos el camino fácil de competir con trabajo semi esclavo.

Ahora los gringos quieren que lo laboral sea obligatorio y eso significa que de este lado haya verdadera democracia sindical, salario digno y buenas condiciones de seguridad e higiene. Algo que reduciría las tentaciones populistas, disminuiría la emigración y crearía demanda para la producción de los tres países del TLCAN.

Lo que sin embargo no puede ocurrir de un día para otro. Podríamos no obstante, plantearnos un programa ambicioso pero razonable para recuperar, en digamos diez años, el ingreso real perdido en los últimos 38 años en México. Dudo sin embargo que nuestras elites quieran dejar atrás la inequidad extrema que tanto les beneficia.

El tercer escollo es que quieren que les compremos más productos agropecuarios. Resulta que los agricultores norteamericanos se encuentran en crisis a pesar de que reciben grandes subsidios. Los precios están bajos y tienen grandes excedentes de producción; su solución es exportarnos más.

Pero aceptarlo va directamente en contra del objetivo oficial de conseguir, para el 2018 la seguridad alimentaria, definida como un 75 por ciento de abasto interno de los seis granos principales. Los negociadores mexicanos podrían pensar que de cualquier manera su gobierno no piensa cumplir esa promesa. Pero lo cierto es que los campesinos se están preparando para, esta vez sí, con la experiencia ganada, exigir que la agricultura se excluya del Tratado.

Tal vez este será el punto de mayor confrontación. No podemos darle otra puñalada al campo; sobre todo cuando se cierran los caminos para que la mano de obra mexicana se escape a los Estados Unidos y desde allá sostenga a sus familias.

En suma, substituir las importaciones chinas por norteamericanas y mejorar las condiciones laborales no sería nada fácil; pero si es viable cambiar de rumbo y lograrlo gradualmente. Pero profundizar el deterioro del campo es política y socialmente inaceptable. Estos serán los grandes escollos de la negociación que empieza la semana que entra.

@JorgeFaljo




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