Opinión

Toledo no debió morir

Tenía facha de un ser etéreo, sin edad, siempre echando un ojo a la creación y el otro a la promoción cultural. | Sergio Martínez Estrada

  • 07/09/2019
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Se fue a dormir en paz el hombre marrón, el que vestía camisa arrugada, de pelo entrecano, bigotes de los señores de las nubes y barba blanca de chivo, el que aprendió los secretos de los chamanes para pintar con colores naturales, el niño que a los diez años por primera vez miró un cuadro y a partir de ese instante los símbolos ya no lo dejaron en paz.

En cuanto se supo la noticia de su silencio, los personajes de sus cuadros, en sentido pésame, entrelazaron lo invisible con lo visible, lo humano con las leyendas de lo inconsciente, las líneas y formas primigenias que le fueron reveladas se pusieron de negro.

Toledo podía fundir la materia con el espíritu, los instintos con la razón, a veces trazaba caminos, compartía consejos y relatos heredados de antepasados remotos para que al mirar sus obras uno pudiera encontrar su alma propia, hallar identidad al mirar a un conejo, seguir un camino observando a un zapato, a un insecto, encontrase con seres dormidos -como lo está él ahora- hamacas para reflexionar con una mujer encima, aprender de los peces, gatos, grillos, perros, humanos, elefantes, lagartijas...

O bien adentrarse en el instinto sexual, el que se lleva sobre las espaldas, relámpagos del deseo oscuro y antropomórfico. O también un culto al hervor de la sangre entre penes, vaginas y anos. Imágenes de catálogo realizadas por un místico eropornógrafo en búsqueda del apaciguamiento de la tensión, de la realización plena del ser.

Toledo no debió morir, pero el muy cabrón no hizo caso. A nadie. Era terco, impulsivo. Se murió a la edad de 79 años, ¡carajo! Tenía facha de un ser etéreo, sin edad, siempre echando un ojo a la creación y el otro a la promoción cultural. Un activista político, pero qué se le puede pedir a un hombre que no escuchó a Tamayo, que le pidió menos grilla y más creación. Nada.

Como pocos, adquirió el arte de la transmutación de las cosas, de un trazo un pie se vuelve animal. Alquimista del espacio, el fondo de repente es figura y esta es el interior del cuadro.

Se agradece su legado, su bipolaridad creativa que nos deja el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca, donde las paredes de cal gruesa llenan de páginas personales, intimas, permanentes en la esquina de un párrafo o en la tapa de libro de arte sobre las meninas de Picasso. Luego le siguieron el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo y el Centro de las Artes de San Agustín.

Supo escoger sus escaramuzas, ya sea para para impedir que McDonald’s abriera una sucursal en el corazón del centro histórico de Oaxaca, o para protestar contra el Tren Maya. 

Las estelas de sus 43 papalotes en honor de los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa no se apagan. ¡Ah qué hombre mono! Su delgada y correosa figura se distinguía cuando había que salir a organizar la defensa de los pueblos y la protección de plantas, animales, ríos. Corría de aquí para allá, como los conejos que pintó  para Henestrosa, su paisano igual que el embebido por su tierra. Le perseguían los rojos, ocres, amarillos, algunos sienas o violetas ladrando como perros tras su dueño… ahora están tristes y en silencio, pobres se han quedado sin amo, como nosotros sin Toledo.

Sergio Martínez Estrada es periodista y autor de temas culturales.