Opinión

¿Tenemos remedio?

El país completo se ha inundado de violencia y la manera de dirimir las diferencias está siendo desastrosa. | Roberto Remes

  • 21/08/2019
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Casi todas las banquetas de la Ciudad de México están invadidas por autos y otros obstáculos. Los esfuerzos de la autoridad por sancionar a los irresponsables son prácticamente nulos. Entre los movimientos peatonales se ha dado la tendencia a “informar” a los conductores mediante la colocación de calcomanías en el vidrio del conductor o el parabrisas con leyendas como “La Banqueta Se Respeta” y “Multa”. Nunca falta, por cierto, el evento en el que el dueño sale en el justo momento de la colocación de la calcomanía y, además de decir “No te quejes, por ahí cabes”, en referencia al espacio peatonal que con misericordia infinita nos deja, sino que además enfurece por la “violencia” que representa esta calcomanía.

¿Funciona la calcomanía para corregir conductas? Lo que se recomienda entre los colectivos peatonales es hacer brigadas pues, digamos, hacerlo individualmente es un acto peligroso, por decir lo menos. Aún así, hay quienes sacan una calcomanía de su mochila y con discreción las colocan en el estorbo en turno. Yo lo he hecho, confieso, como también he brincado autos que ocupan todo el espacio de circulación peatonal. Pero también me he preguntado ¿es ese el mejor método para corregir conductas?

La respuesta analítica es negativa. Este activismo peatonal interpela a muy pocas personas. No poseemos capacidad para marcar las decenas o cientos de miles de vehículos que permanecen en áreas peatonales, frente a la indolencia de autoridades locales por aplicar la ley. Entonces, sólo pueden ocurrir dos cosas: o escalamos la protesta, es decir, peatones colocando estampas al 100% de los autos invasores todos los días, o logramos que los Policías de Tránsito hagan su trabajo.

Menciono esto en absoluta empatía con las protestas de los últimos días: violaciones y feminicidios, errores de la Jefa de Gobierno Claudia Sheinbaum, errores de procedimiento en la denuncia y manifestaciones que terminan en actos violentos. Hay violencia de infiltrados, entre ellos un hombre golpeando al periodista Juan Manuel Jiménez, pero también un grito generalizado: basta de violencia contra las mujeres. Sí hay voces de reclamo por el vandalismo, pero veo también voces empáticas: esto es una revolución de las mujeres en demanda de respeto, de reivindicar que su cuerpo es solo suyo. Las revoluciones no tienen por qué ser actos pacíficos.

Sin embargo vuelvo a la pregunta que me hacía con el tema peatonal ¿es el mecanismo de transformación de las conductas? Recién Jesús Silva Herzog Márquez expresaba “No le pidamos protocolos a la rabia”. Habrá quienes reclamen en paz y sólo expresen clamores verbales, pero también quienes estallen en medio de una ira contenida, también habrá infiltrados y quizá también en el futuro haya manifestaciones donde las organizadoras y la autoridad establezcan mecanismos para evitar la presencia de infiltrados con otros fines.

¿Qué es lo que transforma? El caso peatonal lo tengo claro. Necesitamos campañas informativas, necesitamos sensibilizar a los conductores en lo referente al respeto de los espacios peatonales. Necesitamos también sanciones de la autoridad a los infractores. Necesitamos ordenar el estacionamiento de colonias completas, como el Pedregal, en las que el área de estacionamiento se volvió la banqueta misma. Son acciones distintas a la colocación de calcomanías, pero éstas generan camaradería entre los colectivos peatonales, base para presionar a la autoridad.

Algo está pasando que mientras más se habla de feminismo, se realizan campañas, se visibiliza la problemática, se discuten temas como aborto, se fortalece el marco institucional en pro de las mujeres, los delitos contra las mujeres se incrementan a una tasa superior a la que se ha elevado la violencia en general en nuestro país, marcando sobre todo ciertas regiones.

Sin minimizar el peso relativo y absoluto de la violencia contra las mujeres, no hay que olvidar que el país completo se ha inundado de violencia y la manera de dirimir las diferencias está siendo desastrosa. Lo mismo en la disputa por la presidencia del Senado, que en la vida cotidiana.

Un taxista destruye un automóvil a golpes, días después una joven azuzada por sus padres hace lo mismo, conductores de camionetas amenazan o golpean a ciclistas que reclaman la no invasión de sus espacios. Hace unos días un chofer de Metrobús se bajó a golpear a un ciclista. No sé quién haya tenido la razón en términos de tránsito, pero del conductor de Metrobús habría esperado otra conducta. Semanas atrás dos hombres pelearon por un cajón de estacionamiento y uno de ellos terminó con un cuchillo clavado en el ojo. Son sólo ejemplos. La violencia nos ha penetrado hasta el tuétano y la solución no puede ser más violencia, pero estamos llenos de injusticias, menores y mayores, que nos encolerizan.

¿Tenemos remedio? Francamente no lo sé, pero tampoco parece mejor camino seguir conteniendo el coraje para ocultar las violencias de nuestra sociedad. Algún día conoceremos el desenlace, no será pronto. Quizá, como lo mencioné en el caso de la invasión a los espacios peatonales, necesitaremos explorar otras rutas, construir espacios, esperar a que nuevas generaciones, sin la herencia machista del pasado, construyan otros diálogos. De momento, recibamos con tolerancia estas expresiones: daña más una violación que un graffiti, una muerte que un vidrio roto, una desaparición que un baño en diamantina rosa.